EMILIO CARRÈRE, EL BOHEMIO FUNCIONARIO

emilio carrere

Emilio Carrère

Nuevamente vuelvo a traer a las páginas de este blog a un escritor cuya relación con el mundo del bolsilibro muchos pensaréis que es gratuita, pero en mi opinión, cuando entre los años 1916 y 1922 publicó de forma habitual en la popular colección La Novela Semanal, se convirtió en uno de los precursores del Pulp, en unos años en los que esa palabra aún no se había inventado. A diferencia de la mayor parte de escritores que se asoman por este blog, Carrére es un escritor sobre el que se encuentra fácilmente abundante información, pero aún así, a punto de cumplirse 70 años de su muerte, me gustaría rendirle un pequeño homenaje, pues le considero un adelantado a su época, merecedor de ocupar un lugar mucho más destacado dentro de la historia de las letras españolas del que ha tenido hasta el momento.

La lectura de los relatos de Carrère me hace dudar sobre si realmente el escritor era un loco, o simplemente se burlaba del lector, sin tomarse demasiado en serio sus propias historias, plagadas en la mayoría de los casos de ironía y humor sin disimulo. A mi personalmente me han sorprendido gratamente. ¿Quién puede resistirse a una criatura con extremidades de murciélago, pico de lechuza, cráneo de cristal y cabellera de algas, que asegura llamarse Selenito de la Blanca Isis y ser habitante de la Luna; un ser  que come manzanas reineta, y que acaba procesado por la Inquisición tras una visita a un prostíbulo?.

Pero cuidado, no todos los relatos del escritor buscan el absurdo. En ocasiones nos encontramos con cuentos como “La Casa de la Cruz“, que a diferencia de otras historias, no contiene ni rastro de humor; tan sólo horror, dolor y muerte. Una historia que transcurre en el Madrid del siglo XVII, durante el reinado de Carlos II “El hechizado”, en la que el propio autor se convierte en personaje y es testigo junto al lector de los espantosos sucesos que allí se narran.

Como en muchos otros casos tratados en este mismo blog, Carrère es un escritor de gran calidad que por distintos motivos ha caído en el limbo de la memoria literaria, y sólo gracias a que la editorial Valdemar ha reeditado desde hace unos años parte de su obra, ha recuperado un cierto prestigio, aunque dudo mucho que si preguntáramos por la calle a diez personas al azar más de uno supiera quién es.

Emilio Carrère Moreno (Madrid, 18 de diciembre de 1881-Madrid, 30 de abril de 1947), nació en el número 7 de la calle Plaza del Matute, calle corta ubicada entre las de Atocha y Huertas, en el actual Barrrio de las Letras.

Tras cursar estudios en la escuela Politécnica y en la Universidad, obtuvo el título de Licenciado en Filosofía y Letras

Fue periodista, escritor y poeta, perteneciente a la llamada corriente poética del decadentismo, que consiste en encontrar la belleza no sólo en las cosas hermosas, sino también en lo prohibido, el crimen, en lo desgradable y en todo lo extraño que puebla la realidad.

emilio carrere padre

D.Senén Canido Pardo

Su madre fue Eloísa Carrere Moreno, madre soltera de veintinueve años, edad muy avanzada para tener hijos en esá época, que murió al mes de dar a luz. Su padre, Senén Canido Pardo, era un abogado con una importante proyección política (fue senador vitalicio, magistrado del supremo, diputado, y Presidente del Tribunal de Cuentas) que se desentendió de él, pues le consideraba un obstáculo para su carrera. De este modo Emilio fue confiado a su abuela materna, Manolita Moreno, con la que permaneció hasta que en 1901 cayó gravemente enferma, cuando el escritor apenas tenía 19 años, momento en que su padre, aprovechando su cargo en el Tribunal de Cuentas (desde 1895 tenía un alto cargo y llegó a ser Presidente de 1915 a 1922), acudió en su ayuda colocando a Carrère como funcionario en dicha institución, puesto para el que aprobó una oposición, sobre la que caben ciertas dudas sobre la limpieza del proceso (menos mal que hoy en día eso no ocurre, ¿no?). El padre, que había estado ausente desde el momento del nacimiento, quiso tener cierto contacto con el niño cuando este contaba unos 10 años de edad, momento en el que empezó una compleja relación paterno filial, hasta el punto que D. Senén, viendo que su hijo precisaba de autoridad paterna y que iba por mal camino, intentó llevárselo a su casa, pero Emilio siempre escaba para volver con su abuela Manolita, con la que tenía más facilidad para hacer lo que le viniera en gana. Con el tiempo se suavizarían las relaciones entre ambos, de modo que el padre, más tarde, le reconoció como hijo en su testamento, aunque Emilio jamás adoptó el apellido paterno, firmando siempre su obra con el apellido materno Carrere, unas veces castellanizado, y otras con el afrancesado Carrère.

La primera vocación artística de Emilio fue la pintura; después se interesó por el teatro, lo que le llevó a inscribirse en la escuela de declamación del Centro Instructivo Obrero, donde se impartían clases a los pobres. En la escuela conoció al compositor de zarzuela Federico Chueca.

El propio Carrère explica su breve aventura en el mundo del teatro en la compañía de Juan Casañer:

“Me gustaba la vida de la farándula, de inquietud y aventura, que armonizaba con mi rebeldía espiritual. Cuando apenas tenía bozo, entré en una compañía de melodramas domingueros que dirigía D. Juan Casañer, un viejo actor de la época romántica… Algunas veces hicimos obras de Zorrilla y del Duque de Rivas, y declamando los versos de Don Álvaro en el escenario o por las calles y jardines, a la luz de la luna, comencé a sentir la emoción de la poesía… Don Álvaro o la fuerza del sino es la obra que más me gusta de esa escuela. Además, me recuerda la adolescencia, cuando yo era un niño muy triste y muy pobre -¡siempre la Miseria, desde las primeras horas de mi vida!- tenía entonces una novia que se burlaba de mi traje deslucido, y a la que nunca besé en los labios… A fuerza de dolor comencé a ser poeta… Recuerdo que mis primeros versos los escribí para recitarlos en público. Estaba la compañía de Casañer en Barbieri. Me repartieron un papel de Rey mago en El nacimiento del Mesías. La obra era detestable; yo tenía que decir dos quintillas realmente repugnantes… Yo abomino de las quintillas: son ramplonas, rellenas de ripios y latiguillos, son versos dignos de los poetas del siglo pasado -Camprodón, Rodríguez Rubí y demás paladines del cascote poético-. Pues bien; entonces escribí ocho endecasílabos y se los di al apuntador, y ya en escena, cuando tenía que decirle mi pequeño parlante al Niño Dios, me equivoqué; el público me largó una grita enorme, me echaron a la calle y… me hice poeta. “

Carrère publicó sus primeros versos en los semanarios “La Avispa” y “La Chispa”, y comenzó a frecuentar las tertulias literarias, donde hizo amistad con el pintor Julio Romero de Torres. En 1902 publicó su primer libro, “Románticas”, un poemario de tono becqueriano. Bajo la influencia de los poetas malditos franceses (en especial, Verlaine, cuyos Poemas saturnianos tradujo y publicó en 1928), se sintió fascinado por la vida bohemia.

En 1903 publicó en El Imparcial «La Musa del Arroyo», un poema modernista, que le otorgó renombre entre los literatos, aunque, al no tener gran difusión, de inicio no llegó a demasiada gente.

emilio carrere elvira

En una fiesta conoce a la que sería su futura esposa, Milagro Sáenz de Miera, con la que se casó en 1906, y con la que tuvo 5 hijos. En ese mismo año, su amistad con el librero y editor Gregorio Pueyo le llevó a preparar una antología de poesía modernista, que se publicó con el título de “La corte de los poetas”, en cuyo prólogo defiende la nueva estética y a su mentor, Rubén Darío. En 1908 se reedita el poema “La musa del arroyo“, incluyéndolo en su segunda colección de versos, “El caballero de la muerte”, libro en el que plasmó su concepción bohemia y decadente de la vida, obteniendo una enorme popularidad desde ese mismo instante. En 1907 comenzó a publicar en revistas novelas cortas sobre el inframundo madrileño de la época: “La cofradía de la pirueta”, “La tristeza del burdel”, “La conquista de la Puerta del Sol”,  o “Un hombre terrible”.

emilio carrer caballeroEn algunas de las novelas posteriores del autor, como “El sexto sentido”, o “Un crimen inverosímil”, refleja su afición por determinados temas esotéricos como el espiritismo, interés que compartía con su amigo Mario Roso de Luna, un escritor y astrónomo que en 1893 avistó un cometa que desde entonces lleva su nombre, y que llegó a tener una calle con su nombre en Madrid (la actual calle del buen suceso).

En estos años el escritor era muy conocido en los círculos literarios. El propio Wenceslao Fernández Flores le cita en su autobiografía, cuando habla de un original café de Estocolmo, comparándolo con los que Emilio Carrere solía frecuentar en Madrid (entre ellos el actual café Varela).

En Madrid lleva una vida desordenada, en compañía de otros bohemios, como Pedro Barrantes, Alejandro Sawa (famoso por su frase “Yo no quise nacer, pero me resulta insoportable morir”), Ciro Bayo y Pedro Luis de Gálvez. Sobre este último escribió Pío Baroja en “La caverna del humorismo” que iba por los cafés con su hijo recién nacido muerto en una caja pidiendo dinero para enterrarlo. Sin embargo, el propio Gálvez atribuyó esa mentira a Emilio Carrère y asegura que lo único que le pidió a Carrère fue algo de dinero para alquilar un coche en el que llevar a su madre hasta el cementerio de la Almudena.

En pleno Madrid represivo frentepopulista, y pese a su militancia anarquista, Gálvez albergó en su propia casa al escritor Ricardo León y salvó la vida a Ricardo Zamora, guardameta internacional español y alertó a varios escritores, entre ellos Emilio Carrère, con lo que evitó su detención.

Cuando se habla de Emilio Carrere como de un bohemio, debe tenerse en cuenta que lo era de un modo peculiar, alejado del concepto popular que hay sobre esa palabra: curiosamente era abstemio, y no se dedicaba a sablear a los demás; todo lo contrario, prestaba dinero siempre que podía a aquel que se lo pidiese, aunque sí es cierto que vivía de noche, era jugador, y era mujeriego.  Respecto al juego, era un fervoroso creyente de los métodos para ganar siempre, “aunque se pierda”, como él mismo decía, en una muestra más de la genial incoherencia de este autor.

Su puesto de trabajo como funcionario del Tribunal de Cuentas provocaba que se burlaran de él llamándole “el funcionario bohemio”.

Entre 1910 y 1912 Emilio Carrère colaboró en “Vida Socialista”, llevado por su simpatía por los oprimidos. Allí escribe las iguientes líneas:

«Yo declaro con orgullo que entre los poetas de ahora soy el más sincero poeta de la miseria. No me importa que los próceres se mofen ni que el pueblo desconfíe de mis estrofas. Me basta con que las oiga mi propio corazón. No puede adaptarse ni venderse un hombre a quien no le importa morirse de hambre en el arroyo“.

Entre 1919 y 1922 se publicaron sus Obras completas.

En 1922 publica “El sacrificio”, una novela ambientada en las guerras de Marruecos.

emile carrere pelicula jorobados

Dos años antes, en 1920 se publica por vez primera la que es probablemente su obra más conocida, “La torre de los 7 jorobados”, libro de corte fantástico, considerada como una precursora de la novela policiaca en España, que se convirtió en todo un fenómeno en su época y que llegó a tener una adaptación al cine a cargo de Edgard Neville en 1944 (por los derechos el escritor recibió la desorbitante cantidad de 10.000 pesetas, unos 60 euros).

Sobre esta novela hay grandes discrepancias, tanto en la fecha de publicación (algunos expertos hablan de 1924, y otros de 1920) como en que ni siquiera podemos decir a ciencia cierta qué parte de la obra corresponde realmente a Emilio Carrère y qué parte a la persona que se encargó de acabarla, Jesús de Aragón,  pues la realidad es que el bueno de Emilio entregó al editor un manuscrito con la obra inacabada; eso sí, después de haber cobrado el correspondiente anticipo.

Recomiendo la lectura de un ensayo sobre el tema que puede encontrarse en http://revistadeliteratura.revistas.csic.es/index.php/revistadeliteratura/article/viewFile/180/190 del que he obtenido una buena parte de la información que figura en este artículo.

Cuando el editor instó a Carrère a que finalizara la obra entregada, éste se negó, a pesar de ser amenazado con que en caso contrario se le encargaría a otro escritor y que se publicaría con su nombre. Parece ser que Carrère le contestó que hiciera lo que le diera la gana, y por ese motivo se realizó el encargo a un hasta la fecha desconocido escritor llamado Jesús de Aragón, un contable de la editorial Aguilar con aspiraciones literarias que acabaría con el tiempo siendo conocido como “el Julio Verne español”, que aceptó el reto, estudiando según él mismo durante tres meses la obra completa del autor, con el fin de conocer al detalle su forma de escribir. A cambio del encargo, en el que no figuraría su nombre, le publicarían posteriormente dos obras de su propia autoría.

En palabras del propio Jesús de Aragón,  el propio Carrère felicitó personalmente por su trabajo, tras leer por vez primera la obra finalizada.

jesus de aragon una extraña aventura

La figura de Jesús de Aragón es francamente interesante, un autor por cierto de gran importancia en la novela popular española, que escribió con los seudónimos de Capitán Sirius y J. de Nogara.

Alternando su labor como poeta y escritor, Carrère participó en múltiples periódicos y en revistas literarias. Como gacetillero literario mantuvo una interesante sección en el semanario Madrid Cómico, titulada «Retablillo literario», en la cual, Carrère escribía y describía, en clave de humor, con gran ironía, la sociedad, los problemas de la época y por supuesto sobre los personajes mas representativos y conocidos de su tiempo.

Aunque Carrère ya era un poeta muy popular, y tras haber perdido su puesto de trabajo fijo en el Tribunal de Cuentas (de joven ingresó en 1901 como funcionario en el Tribunal de Cuentas de la calle Fuencarral, puesto que mantuvo hasta 1923, momento  en el que Primo de Rivera cesa a todos los funcionarios, dedicándose desde entonces a la literatura), la afición al juego y el despilfarro le forzaron a buscar una fuente de ingresos suplementaria en el teatro. Hay que tener en cuenta que la condición de funcionario de Carrere le proporcionaba una nómina anual de 6.000 pesetas, cifra nada desdeñable en la época, especialmente para alguien que no pisaba el trabajo, salvo para cobrar la nómina.

No obstante, su economía no se estabilizó hasta 1929, año en que murió su padre dejándole una sustanciosa herencia (175.000 pesetas, toda una fortuna), que tampoco sabría administrar.

Quiero señalar aquí una anécdota que se cuenta dentro del Tribunal de Cuentas, que como suele ocurrir en estos casos, es imposible saber si es cierta o no, pero que a mi me ha resultado muy graciosa, aunque poco creíble. Según este chascarrillo, Emilio iba a trabajar a la sede del Tribunal de Cuentas en la calle Fuencarral elegantemente vestido con su capa negra, y un día, cuando salía del edificio, comenzaron a sonar unas campanadas que parecían proceder de su indumentaria. Alarmados por el sonido, la sorpresa de los guardias fue mayúscula cuando le hallaron un gran reloj propiedad del Tribunal oculto tras la capa.

Imposible saber si hay algo de verdad en esta rocambolesca anécdota, pero la historia es tan buena, que debería ser cierta.

La realidad es que lo que sí parece cierto es que el escritor frecuentaba más la noche madrileña que su puesto de trabajo de funcionario, y prueba de ello es que el propio autor publicó en 1943 en el diario Madrid un artículo llamado “El encanto de no saber sumar”, donde justificaba su absentismo laboral:

Un poeta en el Tribunal de Cuentas es una cosa absurda. Ya lo sé, pero yo no tenía la culpa. Tuve esa desgracia igual que me podía haber dado el tifus o las viruelas. A los 20 años la vida se impone a la vocación. Yo era por temperamento lo contrario de un chupatintas….”

Se cuenta también una anécdota del Sr. Catalina, jefe por entonces de Carrere en el Tribunal de Cuentas, que le dijo: “Emilio, ¿me ha hecho usted el balance?”. A lo que Carrere le contestó: “Sí señor, lo he hecho 5 veces. Aquí tiene si quiere los 5 resultados diferentes”.

Tras recibir de su difunto padre la importante suma monetaria mencionada antes y su biblioteca personal, Emilio se mudó a un piso de lujo en la calle de Rosales y se compró un automóvil. Por entonces, se había vuelto monárquico y antirrepublicano (curiosamente en cuanto mejoró su situación financiera).

Coincidiendo con esta herencia, la producción literaria de carrère sufre un importante parón, lo que viene a probar que realmente el autor escribía para vivir, pues casualmente volvía a crecer su trabajo en el momento en que sus finanzas volvieron a decaer.

Los que le conocieron siempre conceptuaron al escritor de extravagante y excéntrico, y cada vez que se habla de él es inevitable que surja la palabra bohemio. El propio Emilio Carrère definía del modo siguiente su forma de vida: «La bohemia es una forma espiritual de aristocracia, de protesta contra la ramplonería estatuida. Es un anhelo ideal de arte más alto, de una vida mejor. Eso de la bohemia ha llegado a fastidiarme por la falta de comprensión de la gente. Mi bohemia nunca ha sido la del andrajo y de la pipa. Es una indisciplina espiritual, falta de adaptación a los ambientes vulgares y antiartísticos. Yo he satirizado ferozmente a los grotescos polichinelas de la bohemia. Yo creo que la bohemia es, para los artistas jóvenes, una especie de puente, desde el anónimo y la pobreza, hasta el triunfo o el hospital.»

Entre 1935 y 1936 colaboró en Informaciones, una publicación ultraconservadora financiada por el banquero Juan March, desde donde criticó severamente a destacados políticos de la II República. Su nueva inclinación política provoca que fuera sentenciado por una checa. Cuenta la leyenda que se salvó del “paseíllo al comenzar a declamar poesía, aunque lo más probable es que esa versión fuera una exageración del propio autor, siendo la realidad que fue advertido por su amigo Pedro Luis de Gálvez, evitando así su detención.

Tras ser avisado del peligro, Carrere intentó que le dieran asilo en una embajada, y al no conseguirlo, pidió ayuda a sus amistades para encontrar un refugio seguro. Se comenta incluso que buscó unos días en compañía de José María Carretero refugio en un cementerio, siendo en una ocasión confundido con un fantasma por un sepulturero que huyó despavorido. Con idependencia de si esta última anécdota es cierta o no, la realidad es que el escritor ingresó voluntariamente gracias a la ayuda de un amigo médico en el manicomio del Dr. León de la Plaza Mariano de Cavia, con el falso diagnóstico de “psicosis de situación con manía persecutoria”. Allí permaneció recluido siete meses entre el 20 de octubre de 1936 y el 22 de mayo de 1937, periodo en el que fue dado por muerto, leyendo un día el escritor su propia esquela en el periódico. Su amigo Juan Puyol escribió una necrológica en el periódico que emocionó de tal modo a Carrere, que se comenta que la llevaba siempre plegada en el bolsillo.  Tras abandonar el sanatorio, vivió otros dos años enclaustrado, sin siquiera pisar la calle, en el piso de unos amigos en la calle Menéndez Pelayo, hasta el término de la guerra civil, en Abril de 1939. Fue el único modo de salvarse de un tiro en la nuca en un lugar de las afueras.

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El propio autor escribió un artículo periodístico a finales de 1939 titulado “Memorias de un resucitado”, en el que detallaba su experiencia en el manicomio.

«Fueron tres meses de sentirme muerto de un momento a otro. Cuando me refugié en un manicomio empecé a resucitar; ved qué paradoja en aquella fosa común de las almas».

Acabada la Guerra Civil, trabajó en el diario Madrid, adquiriendo de nuevo cierta notoriedad, aunque ya no volvió a publicar ninguna novela. Fue nombrado cronista oficial de la villa de Madrid el 11 de noviembre de 1943. (Figura por cierto la del cronista de la villa que sigue existiendo en la actualidad).

Gran defensor de régimen franquista, murió el 30 de abril de 1947, no sin antes haber escrito unas palabras premonitorias previas: “me muero con una estilográfica en la mano”.

PEDRO LUIS DE GALVEZ

Pedro Luis de Gálvez

Me gustaría hacer en este punto un inciso sobre un hecho que ha pesado injustamente siempre sobre la memoria  de Emilio Carrere. Se le ha acusado en diversas ocasiones de no haber hecho nada por salvar la vida de su amigo Pedro Gálvez, que fue condenado sin pruebas a muerte el 5 de diciembre de 1939 por el régimen franquista por «conspiración marxista y otros cargos más, entre ellos la muerte de varias decenas de monjas». Gálvez, que como ya comenté antes intervino en su momento para salvar la vida de Carrère, se negó a dejar España tras la guerra, pues estaba convencido de no haber cometido ningún delito. Cuando se vio detenido, sin que se le comunicaran los cargos, solicitó la ayuda de su amigo Emilio, para que testificara en su favor.

Aunque es difícil conocer la verdad, no considero justo dar por sentado que el autor no hiciera absolutamente nada para ayudar a su amigo y salvador, como he leído en más de una ocasión, cuando según la propia familia del escritor existen cartas que prueban que sí hizo diversas gestiones para interceder en favor de Gálvez, aunque no tuvo éxito.

Pedro Luis de Gálvez fue fusilado en la cárcel de Porlier el 20 de abril de 1940, pero previamente dejó a Carrère una última nota en la que le pedía que se hiciera cargo de su hijo Pepe. No parece muy creible que una última voluntad tan personal como el cuidado de su hijo se solicite a quien se considera un traidor.

Carrère se hizo efectivamente cargo del hijo de Gálvez, al que acogió en su casa hasta que consiguió emigrar a Venezuela.

Como en otros autores aparecidos en este blog, que se significaron a favor de la dictadura, la obra de Carrére cayó en un largo olvido, siendo redescubierta en los últimos años del siglo XX, coincidiendo con un interés renovado por la bohemia y la literatura fantástica.

De la mano de la editorial Valdemar se han reeditado recientemente diversas obras de este escritor, todas de corte fantástico, que merecen ser leídas:

  • Los muertos huelen mal y otros relatos espiritistas
  • El reino de la calderilla
  • La calavera de Atahualpa
  • La Casa de la Cruz y otras historias góticas
  • La Torre de los Siete Jorobados

No quiero finalizar esta reseña sin hacer hincapié en que Emilio Carrere fue probablemente, por encima de todo, poeta. También en esta faceta mostró el escritor su interés por lo fantástico, y me gustaría reproducir, a modo de ejmplo, un fragmento de su poema “Las casas deshabitadas”:

¿Qué ruido tienen de noche

las casas deshabitadas?

Es que vuelven los difuntos

de sus antiguas estancias.

Las tristes casas vacías

yo sé que tienen un alma,

Y en los ruidos misteriosos

Oigo su voz sin palabras.

Ya tejen en las vidrieras

sus telares las arañas,

y hay un silencio de siglos

en las polvorientas cámaras.”

emile carrere dolar

Para el pobre y sufrido aficionado al bolsilibro que haya conseguido terminar el artículo, comentar que en la colección Escritores Célebres de editorial Dólar se publicó “La torre de los 7 jorobados”, en una maravillosa edición para el coleccionista, aunque para leer al autor yo recomiendo particularmente las reediciones de Valdemar.

Para el que tenga interés en conocer de verdad al escritor, recomiendo fervientemente visitar https://aculturalemiliocarrere.wordpress.com/, página web de una meritoria Asociación cultural a la que desde aquí quiero agradecer su encomiable labor en apoyo de los jóvenes escritores y en recuperar la memoria del gran Emilio Carrére.

Desde aquí, mi modesto homenaje a un escritor que sin duda merece mucha más atención, y mi reconocimiento a sus familiares que conservan su memoria.

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