LANDRÚ EN EL BOLSILLO

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Monsieur Landrú

La fascinación popular por el horror es una condición intrínseca del ser humano. Claro ejemplo de ello es la insana atracción que sentimos por conocer la vida y obra de los más famosos asesinos en serie de la historia, y nuevamente la novela popular española vuelve a ser un excelente reflejo de este hecho.

Se podría pensar que en los años de la dictadura de Franco, la censura no permitiría a las editoriales mostrar al público temas tan morbosos y siniestros como los asesinos en serie, pero la realidad es que la edad de oro de la novela popular trató en múltiples ocasiones tan delicada cuestión, y no estoy hablando tan sólo de obras de ficción- que también-  sino de bien documentadas biografías.

landru n 13 coleccion pildoraAparte de la colección “Galería Siniestra” de Rollán, tratada en otro artículo, todo un homenaje a los más célebres asesinos de la historia, otras colecciones de novela popular de temática variada sacaron diversos títulos dedicados a famosos asesinos en serie, como es el caso de la Colección Pulga, ya comentada en un artículo dedicado al doctor Crippen, o en la biblioteca Píldora, de la editorial Gráficas Espejo, desconocida colección a la que en algún momento dedicaré una reseña.

Dentro de esta última colección, de tamaño un poco menor que la de Pulga, se publicaron diversos títulos dedicados a famosos asesinos en serie, como son los casos del Vampiro de Düsserdolf, Rasputín o a Landrú, personaje objeto de esta reseña, todos ellos a cargo de una tal Elena Clemens, de la que no he conseguido obtener ninguna información (y como siempre, agradecería la amable colaboración de cualquiera que sepa algo al respecto).

Henri Désiré Landrú (París, 12 de abril de 1869 – Versalles, 25 de febrero de 1922) fue un famoso asesino en serie francés, más conocido como el “Barba Azul de Gambais”.

Landrú nació en una familia modesta obrera parisina que vivía al lado de la catredal de Notre Dame. Su padre, un hombre severo y religioso, trabajaba como fogonero en una fundición industrial mientras que su madre era costurera. El pequeño Henri demostró ser un brillante estudiante con grandes ambiciones para su futuro. Un joven que decía admirar al relojero Pel y al envenenador Liebez, dos asesinos que se especializaron en no dejar rastro de los cadáveres.

En 1889, cuando había iniciado una carrera en el ejército, alcanzando el rango de sargento, sus compañeros militares aseguraban que el carácter obsesivo de Henri llegaba hasta el punto que se dedicó a recortarse la barba en medio de la batalla del río Marne.

Pronto Henri se ve forzado a casarse con su prima hermana Marie Reny a causa de un embarazo no deseado. Con ella, tendría tres hijos más. Durante esa época, Landrú trató en un principio de ganarse la vida honradamente como vigilante de garaje y comerciante de muebles, pero su ambición por alcanzar un nivel de vida más alto lo empujaría hacia la delincuencia. Entre 1902 y 1914, algunos delitos menores por estafa le valieron tres penas de cárcel sucesivas, lo que acarreó que su padre, avergonzado por el comportamiento de su hijo, se quitara la vida ahorcándose en un árbol del Bois de Boulogne.

Una tarde de 1909, Landrú acudió a la cita de una viuda llamada madame Izoret, que ofrecía en un anuncio de prensa su patrimonio a cambio de un varón que le hiciera compañía. El estafador se presentó en su casa y le engatusó a base de falsas promesas de matrimonio, para luego llevarse 20.000 francos. Con el tiempo, Madame Izoret empezó a sospechar y acabó denunciando a Landrú, que fue arrestado y condenado. Durante esa condena por estafa, Landrú comenzó a trazar siniestros planes de futuro, madurando la idea de seguir siendo el perfecto compañero de viudas solitarias, pero asesinándolas para que no pudieran acusarlo más.

En 1914, favorecido por el estallido de la I Guerra Mundial y por la falta de pruebas,  Landrú escapa de una condena de varios años por el último de sus fraudes.

La Gran Guerra proporcionó además a Landrú la oportunidad de perfeccionar su talento de consolador de jóvenes viudas. Dado que las bajas que a diario se producían en el frente de batalla aumentaban constantemente el número de viudas que colocaban en los periódicos anuncios matrimoniales, Landrú comprendió que un hombre como él, atractivo y joven aún, podía aprovecharse de esta situación.

Y así fue como el futuro asesino volvió a publicar anuncios en la prensa. El de mayor impacto fue uno que apareció en Le Journal en el que decía: “Viudo, dos hijos, cuarenta y tres años, solvente, afectuoso, serio y en ascenso social desea conocer a viuda con deseos matrimoniales”. En seguida centenares de mujeres respondieron a su propuesta. Landrú fue descartando a todas aquellas con pocas posibilidades. A las otras, les enviaba una respuesta para recoger más información y asegurarse de la rentabilidad del idilio.

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Jeanne Cuchet, primera víctima de Landrú

La primera seleccionada fue Jeanne Cuchet, una hermosa mujer de 39 años, con un hijo de diecisiete (André), una mujer que contaba con unos ahorros de unos 5.000 francos. Landrú alquiló un piso en el barrio de Vernouillet y adoptó la identidad de Raymond Diard, inspector de correos, proveniente de Lille, que había tenido que huir debido a la ocupación alemana. Nuestro protagonista se comportó como un educado pretendiente, y evidentemente prometió matrimonio a madame Cuchet. En enero de 1915, madre e hijo desaparecieron para siempre. Landrú los descuartizó en el pequeño apartamento para luego quemarlos en la chimenea.

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Parte de la desgraciada galería de víctimas de Barba azul

Posteriormente, Landrú perfeccionó su siniestro método delictivo. Alquiló una casa en las afueras de París, a la que fue invitando a sus sucesivas conquistas, bajo la promesa de matrimonio. En una libretita negra escribía cada detalle de las citas, y anotaba por ejemplo: “infructífera” o “capital presumible” o “bienes sólidos”. Consiguió así su segunda víctima: de nuevo una viuda, con más dinero que la anterior, madame Laborde-Line. Con ella siguió la misma técnica que con madame Cuchet, se presentó como Dupont, empleado del servicio secreto, y al tiempo le propuso que se marchara a vivir fuera de París quedándose él con sus ahorros para invertirlos en aquella desastrosa época de guerra. Poco después, madame Laborde-Line sería asesinada e incinerada en el salón de la casa parisina.

Para la realización de sus espantosos crímenes, Henri dejó de usar su nombre y se convirtió en el doctor Fréymet, el geómetra Dupont, el ingeniero Lucien Guillet, o el viudo Raymond Diard, entre otras muchas falsas identidades.

Landrú disfrutaba felizmente de sus nuevas riquezas, sin levantar sospecha alguna por sus crímenes. Pero el hecho de cambiar constantemente de casa suponía un fastidio por el hecho de dar constantes explicaciones tanto al casero y a los vecinos por su marcha como a su propia mujer por sus constantes idas y venidas. Así que alquiló una casa en la localidad de Gambais, a la que llamó “Ermitage”.

De 1914 a 1918, Landrú siguió empleando el mismo método criminal, sin importar la edad de sus presas, que podía ir desde los 19 hasta los 51 años. Invitaba a las viudas para prometerles matrimonio y, cuando se aseguraba que disponía de su dinero para “inversiones futuras”, las asesinaba y las quemaba en el horno de la casa. Landrú logró reunir una fortuna con los bienes de sus novias. Entre 1915 y 1919 nada menos que 35.642 francos con 50 centavos.

Mientras todo eso pasaba, llevaba una vida casi normal. Visitaba a sus hijos con frecuencia, mostrándose con ellos como un padre atento y a su esposa le hacía regalos carísimos.

Pero, una vez acabada la guerra, los parientes empezaron a buscar a sus desaparecidos. Ese fue el caso de los familiares de Madame Collomb, que enviaron una carta al alcalde de Gambais, solicitando cualquier tipo de información sobre su pariente, a la que se había visto en ese pueblo en compañía de un tal Dupont.

Pero no fue hasta la intervención del inspector Belin, cuando el cerco a Landrú empezó a estrecharse. La clave la dio la hermana de madame Buisson que acudió a la policía cuando se cruzó con el “pretendiente” de su hermana desaparecida comprando obras de arte en una tienda de Rue Rivoli. La policía interrogó al comerciante y encontró que Désiré, había dejado su tarjeta “Lucien Guillet, 76, Rue Rochechouart”. Allí se dirigió la polícia para detener al asesino el 11 de abril de 1919 en compañía de su nueva “amante”, la actriz Fernande Segret.

Una vez en la prefectura se pudo conocer la auténtica identidad del asesino gracias a una agenda. En ella, también se pudieron encontrar once nombres, cuatro de ellas coincidían con desapariciones ya constatadas y también, con una meticulosidad asombrosa de ahorrador compulsivo, los precios de los boletos de ferrocarril de París a Gambais. Cada vez que una de las víctimas acompañaba a Henri a Gambais, éste anotaba la compra de dos billetes de de ida, y sólo uno de vuelta.

Al ser interrogado por la policía sobre estas muejres de la agenda, Landrú contestó: “Un hombre de honor no habla de sus relaciones íntimas con las mujeres; no comenta nada de ellas con extraños, y menos aún con agentes de policía”.

Si este hombre viera hoy en día Sálvame le daba un infarto.

El 29 de abril, Landrú, acompañado de los gendarmes, viajó a Gambais. Allí se pudieron encontrar 295 huesos humanos semicarbonizados, un kilo y medio de cenizas y 47 piezas dentales de oro que Landrú guardaba en un cajón. Poco después, se pudo confirmar que el psicópata había vendido ropas, muebles y enseres de sus víctimas.

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Landrú en el juicio

El juicio de Landrú duró dos años y fue uno de los más sonados del París de la época. Aunque reconoció haberlas engañado, jamás confesó la autoría de los asesinatos: “Me procesan por diez mujeres —dijo— cuando he conocido centenares… ¡Qué generoso es este tribunal!… Estafador, lo admito; pero asesino, no. Ellas estaban solas y yo les he dado un poco de esperanza. Las he amado, las he despojado, pero no las he matado. ¿Qué fue de ellas? No sé. Es increíble cómo pueden desaparecer tantas mujeres sin dejar rastros… ¡Que me traigan las pruebas!”.

Al final, el 30 de noviembre de 1921 sería condenado tan sólo por once asesinatos probados, aunque la policía calculó entre 117 y 300 el número de mujeres asesinadas por Barba Azul. Al oir impasible la sentencia, Henri se dirigió a su abogado: “Gracias, Su Señoría. Si alguien hubiera podido salvarme habría sido usted. Pero en toda batalla hay muertos“.

landru_guillotinaEl 25 de febrero de 1922, Landrú fue guillotinado en la cárcel de Versalles.

Algo debía tener este siniestro Don Juan, pues tras su ejecución, Fernande Segret, última amante y tal vez el verdadero amor de Landrú, se fue al Líbano como institutriz. Regresó a Francia 40 años después. Se suicidó el 24 de febrero de 1972 arrojándose al foso del castillo de Flers-de-l´One, con una foto de Landrú en el bolsillo. Dejó una breve nota que decía: “Aún le amo y sufro demasiado. Me quitaré la vida“.

Unos años después de la ejecución de Landrú, otro psicópata, Peter Kürten, más conocido como el Vampiro de Düsserdolf, se declaró un gran admirador de Barbazul.

En 1963, se descubrió por casualidad una carta de Landrú en la que reconocía ser el autor de los crímenes.

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Orden de ejecución de Landrú

Landru_film_posterLa vida de este psicópata fue llevada al cine en una famosa película llamada “Landrú”, dirigida por Claude Chabrol ese mismo año. Previamente, en 1947, Charles Chaplin hizo una película inspirada también en su vida, llamada Monsieur Verdoux.

museum-of-death-los-angelesHoy en día es posible ver la cabeza guillotinada de Barbazul en el Hollywood’s Museum of Death, curiosísimo museo abierto en 1995 por J.D. Healy y Catherine Shultz con el objetivo declarado de “hacer que la gente se sienta feliz de estar viva“. Desconozco cómo llegarían a Estados Unidos los restos del famoso criminal.

En la novela popular el personaje de Landrú tuvo, al menos que yo conozca, dos versiones:

La primera de ellas, en la mencionada biblioteca Píldora, de la editorial Gráficas Espejo, a cargo de Elena Clemens, autora especializada en esta editorial en la realización de biografías, especialmente de oscuros personajes de la historia.

Las segunda de ellas corresponde a la tantas veces mecionada colección Galería Siniestra de Rollán, en cuyo nº 20, “Monsieur Landru, el Don Juan Siniestro”, a cargo de H. Lindser (Mariano Rodríguez Tudela), se narraban de forma novelada, pero muy bien documentada, las andanzas de nuestro fascinante protagonista.

Como curiosidad, en una novela de terror de Curtis Garland, “Cámara de los horrores”, nº 20 de Selección terror de Bruguera, se hace también mención a Landrú, entre otros muchos monstruos que habitan un siniestro museo de cera.

Para la gente que opina que este tipo de literatura no tiene utilidad alguna, sirva esta reseña de advertencia a jóvenes viudas y divorciadas: mucho cuidado con las actuales páginas de contactos de internet, no vaya a haber un Landrú acechando.

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2 comentarios en “LANDRÚ EN EL BOLSILLO

  1. Interesantísimo artículo. Landrú y su físico, muy de la época con rasgos parecidos a Ramón y Cajal, Méliès o el pianista Satie. Por otro parte soy un gran entusiasta de las “rarezas literarias”, el pulp, el bolsilibro o la novela de a duro. Con esto quiero decir que soy fiel seguidor de este magnífico blog.

    Un cordial saludo

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    • Muchas gracias por tus amables palabras. Comentarios así son los que me animan a continuar escribiendo el blog, aún a sabiendas de la poca gente a la que le interesan estos temas. Es curioso que cuando vi la primera imagen de Landrú, me vino también a la cabeza Ramón y Cajal. Un saludo, amigo Francisco.

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