MAURICE PROCTER Y EL CARNICERO DE HALLIFAX

Maurice Procter

Maurice Procter (4 de febrero de 1906 – 28 de abril de 1973) fue un novelista inglés nacido en Nelson, Inglaterra. Sus padres fueron Rose Hannah y William Procter, un artesano del sector textil, que tuvieron otros dos hijos, Edward y Emmot. Maurice asistió a la Escuela Primaria Nelson antes de huir para unirse al ejército a los 15 años. Consigue alistarse mintiendo sobre su edad (algo bastante habitual en esos años), lo que hizo que sus padres intentaran revertir la situación a toda costa, tarea en la que no tuvieron éxito. Tras su servicio en el ejército, Maurice trabajó brevemente como tejedor en una fábrica de algodón de Lancashire.

Nuevamente la colección Rastros es una excusa para traer al blog una de esas historias más propias del argumento de una película o novela de serie B que de la vida real. Pues bien, la historia objeto de este artículo no solo ocurrió tal y como veremos a continuación, sino que llenó páginas y páginas de los diarios de la época. Y en el medio de este escabroso suceso nos encontraremos con uno de esos escritores de los que suele hablar este blog: Maurice Procter.

En 1927, Maurice ingresó en la policía. En ese momento, a un policía no se le permitía servir en su ciudad natal, por lo que tuvo que buscarse plaza en otra localidad, y la elegida fue Hallifax, una pequeña ciudad situada en el condado de Yorkshire del Oeste, en Inglaterra, a 272 km de Londres, que creció alrededor de la industria de la lana durante la revolución industrial, y que en la actualidad no alcanza los 90.000 habitantes. Una ciudad por cierto con un largo historial de extraños crímenes, y que sería un buen escenario para una novela de Stephen Kimg. Allí tenía Maurice su base en la comisaría de policía de King Cross, donde no sólo trabajaba, sino que también residió durante un tiempo. Más tarde se alojó en el 24 de Cromwell Street, alquilando una habitación en la casa propiedad de un electricista llamado Arthur Edwin Blakey y de su esposa Isabella, una pareja con tres hijas llamadas Phyllis, Eve y Winifred. Maurice se casó con la hija menor, Winifred, en 1933, en la Iglesia de Santa María, Lister Lane, Halifax.

La ciudad de Hallifax

Pues bien, Maurice prestaba en esos años su servicio policial como parte de la patrulla motorizada, que eran un grupo de agentes que cumplían sus labores de vigilancia encima de sus motos; labores absolutamente rutinarias, dado que Hallifax era una de esas poblaciones casi rurales en las que apenas se producían incidentes, al margen de pequeñas trifulcas entre vecinos, o algún que otro robo sin importancia. 

Todo eso cambiaría radicalmente en 1938, con el agente Maurice Procter patrullando tranquilamente con su moto las calles y caminos de Hallifax, sin sospechar que la tranquila población se iba a convertir en un infierno.

El 16 de noviembre de ese año, de noche temprana, dos mujeres de 21 años llamadas Mary Gledhill y Gertrude Watts volvían a casa a la salida del molino donde trabajaban, a unas seis millas de Hallifax, cuando fueron repentinamente golpeadas por lo que parecía ser un mazo o un hacha. Tras conseguir huir de su atacante, corrieron con sus cabezas llenas de heridas y llegaron aterrorizadas a la cabaña de Mr y Mrs Helliway. Lo único que recordaban del misterioso atacante que se desvaneció en la niebla es que era un hombre de unos 30-40 años, que iba con un abrigo largo y una capucha que le tapaba la cara, y del que solo consiguieron destacar que tenía una boca enorme y que llevaba unas llamativas hebillas metálicas en los zapatos.

Este hecho causó de primeras bastante inquietud, especialmente porque en Hallifax ya habían sufrido en 1927 los ataques de un psicópata llamado James Leonard que fue condenado a 6 meses de cárcel por acechar y cortar la ropa a seis mujeres de la ciudad. La figura de Leonard como sospechoso fue rápidamente desechada por la policía porque tenía rasgos físicos que le hacían muy reconocible (una nariz descomunal), y las mujeres atacadas lo descartaron de inmediato.

No sólo eso, la prensa local ya se encargó de empezar a sembrar el pánico al ligar este extraño suceso con el asesinato de un niño llamado Phyllis Hirst en la próxima localidad de Bradford tan solo unas semanas antes. El Hallifax Daily Courier publicó un artículo en primera página alertando de que nadie dormiría tranquilo hasta que el culpable fuera detenido.

El 21 de noviembre de ese mismo año, tan solo cinco días más tarde, otra mujer de 21 años llamada Mary Sutcliffe denunció que un hombre había intentado atacarla con un cuchillo cuando volvía de trabajar de la fábrica de chocolates Mackintosh a la altura de la calle Francis, donde se encuentra una iglesia que 15 años después sería protagonista del asesinato de una nña de 6 años. Tras lograr huir de su atacante, Mary descubrió al llegar a casa que tenía un corte en la muñeca que requirió 4 puntos de sutura. La descripción de su atacante: un hombre de 25-35 años, de 1,80 de estatura, vestido con un abrigo militar, y con unos ojos especialmente saltones.

El pánico se extendió por todo Hallifax, con la gente encerrada en sus casas, las mujeres saliendo a la calle con silbatos de policía y botes de pimienta, y los negocios con la persiana bajada, hasta el punto de que inmediatamente se organizaron patrullas ciudadanas por las noches para vigilar las calles. La policía local (con nuestro autor Maurice Procter entre ellos) inició sus primeras investigaciones, pero las descripciones de las mujeres atacadas eran muy confusas y totalmente inútiles.

El 24 de noviembre, otra mujer llamada Clayton Aspinall acudió aterrorizada a la comisaría a denunciar que un hombre armado con una navaja de barbero le había perseguido cuando estaba buscando fieles para la misa nocturna de la iglesia de St Andrews, alcanzándola a la altura de la escuela de arte situada en Jasper Street. Aspinall pudo ver a un hombre joven corriendo hacia ella, que la empujó y empezó a hacerle cortes en un brazo que empleó para protegerse la cara.  El hombre siguió corriendo, desapareciendo rápidamente de su vista. La descripción del atacante: un hombre de unos 30 años y 1,75 metros de altura, bien peinado, y tirando a pelirrojo. Importante que la víctima insistía en que el hombre debía ser de Hallifax, pues parecía conocer muy bien las calles al huir.

El Daily Courier de Hallifax emplea por primera el nombre de Hallifax Slasher para referirse al misterioso atacante, que yo he rebautizado como el carnicero de Hallifax, porque en castellano la palabra Slasher, derivada de Slash/cuchillada, no tiene una traducción adecuada (acuchillador no suena demasiado bien). La policía local ofrece las primeras recompensas a cambio de cualquier información.

El 25 de noviembre, al día siguiente del ataque a Clayton Aspinall, Un hombre llamado Percy Waddington apareció en la comisaría con cortes en una mano y en la espalda, gritando que había sido atacado por un hombre con una navaja de barbero cuando salía de su tienda, en Elland Lane.

Ese mismo día, otras tres mujeres fueron atacadas: Mrs Annie Cannon dijo haber sido atcada a las 6:20 de la tarde en Highroad Well; Mrs Alice McDonald en Ovenden pocos minutos más tarde; y finalmente Hilda Lodge, una mujer de 35 años, informó que también había sido atacada cerca de allí, en Green Lane, a las 22:00, cuando salió a comprar vinagre para hacerse unas patatas. Lodge se presentó en casa de un vecino con la cara y el antebrazo llenos de cortes. La descripción del atacante volvía a ser en todos los casos completamente inútil.

Hallifax en la actualidad

La misma noche del 25 se produce el segundo herido, pero en esta ocasión por una paliza que un grupo de vigilantes propinan por error a un hombre llamado Clifford Edwards, que lo único que hizo era acudir en ayuda de Hilda Lodge al oírla gritar. La policía tuvo que escoltarlo de vuelta a su casa porque la turba quería matarlo.

Esta noche disparó definitivamente el pánico, ya que era la primera vez que alguien presenta heridas importantes,  y porque el atacante, de carácter casi sobrenatural, parecía ser capaz de encontrarse en varios sitios a la vez. Se decide solicitar la ayuda de Scotland Yard ante la presión de una población que ahora ya se encontraba al borde de la histeria.

El 26 de noviembre otras dos mujeres denunciaron ataques similares, aunque sin daños personales: Leslie Nicholls, de 21 años, fue atacada a las 19:30 y Margaret Reynolds en Caddy Field sobre las 23:30.

El 27 de noviembre una joven de 19 años llamada Beatrice Sorrel entra gritando en la estación de bombreos gritando que ha sido atacada en un brazo (con heridas muy superficiales), y dice que tan sólo pudo ver un brazo con un guante blanco, y pocas horas después un hombre llamado Fred Baldwin recibe una brutal paliza por parte de otro grupo de vigilantes nocturnos que patrullaban en un lamentable estado de embriaguez.

El 29 de noviembre se produce una avalancha de sucesos:  Margaret Kenny denuncia haber sido atacada en Dean Clough a las 7:20 por un hombre bien vestido, de cara ancha, y con botas de agua, realizándole varios cortes en su brazo izquierdo. Margaret muestra una enorme sagre fría, pues asegura haber intentado sujetar al hombre durante casi tres minutos con la esperanza de que alguien viniera a detenerle. Mary Sutcliffe, que ya había denunciado un ataque el 21 de ese mismo mes, denuncia un segundo ataque, aunque esta vez se presentó con diversos cortes en el abdomen; y otra mujer llamada Winifred McCall informa que también había sido atacada. Lo más grave es que empiezan a recibirse denuncias de similares características en Manchester y en Bradford.

Ese mismo 29 de noviembre llegan a Hallifax el Inspector jefe de Scotland Yard William Salisbury (conocido como el terror de los bajos fondos del norte de Lodres) y el Sargento Harry Studdard, que en muy poco tiempo resolverían el caso. Estos dos agentes sin duda alguna impresionaron de forma extrema a Maurice Procter, y seguro que tuvieron mucho que ver con su serie policiaca más conocida, protagonizada por el Inspector jefe Harry Martineau.

Cuando la cosa parecía estar más complicada, ese mismo día el caso daría un inesperado giro, cuando Percy Waddington, el hombre que resultó herido por el carnicero, confesó ante los agentes de Scotland Yard haberse inflingido las heridas a sí mismo con una navaja de afeitar, algo que por cierto le supuso una condena de tres años de cárcel. Esta sorprendente revelación hizo que 9 de las supuestas víctimas confesaran haberse inventado todo. Winnie McCall, Hilda Lodge (condenada a 4 semanas de prisión), Leslie Nicholls, Beatrice Sorell (pena de 4 semanas), y Lily Woodhead; todas ellas confesaron que todo había sido fruto de su imaginación. Beatrice Sorell dijo haberse hecho las heridas tras haber descubierto que estaba embarazada de su novio, con el que acababa de discutir. Hilda Lodge dijo que no entendía porqué lo había hecho, y que comenzó a contar todo tipo de mentiras a los periodistas fruto de los nervios producidos por las constantes noticias sobre el carnicero de Hallifax.

Sin embargo, hubo tres de las supuestas víctimas (Clayton Aspinall, Margaret Kenny, y la doblemente atacada Mary Sutcliffe) que jamás reconocieron haber mentido, así que cabe la duda de si realmente existió algún ataque, aunque fuera de algún perverso imitador que buscara satisfacer sus oscuros deseos. Respecto a Mary Sutcliffe, la policía dudó en todo momento de sus testimonios, llenos de incoherencias, pero no pudo probarse que mintiera.

Aún así, los días 30 de noviembre y 1 y 2 de diciembre, siguieron produciéndose en diversas ciudades inglesas denuncias por parte de personas que aseguraban haber sido atacadas por un hombre con una navaja de barbero.

Scotland Yard dictaminó que el supuesto atacante de Hallifax jamás existió, y que todo había resultado ser un extraordinario caso de histeria colectiva. El 2 de diciembre el Halifax Courier, cuyos titulares fueron posiblemente uno de los principales culpables del pánico creado, publicó un artículo en el que se explicaba la confesión de Percy y del resto de falsas víctimas, y se daba por zanjado el caso del inexistente psicópata de Hallifax, una especie de hombre del saco nacido de la mentira y el miedo.

El suceso de Hallifax ha perdurado en la memoria, e incluso podemos encontrar una mención expresa en la obra From Hell, el famoso cómic de Alan Moore sobre los asesinatos de Jack el destripador, relacionando el suceso de Halifax con otros terribles hechos criminales de la historia de Inglaterra que se repetirían de forma recurrente: en 1788, el monstruo de Londres; en 1888 (100 años después), Jack el Destripador; en 1938 (50 años más tarde), el carnicero de Hallifax; en 1963 (25 años después) los crímenes de Ian Brady y Myra Hindley; y en 1976 (12´5 años después), los asesinatos de Peter Sutcliffe…

Es más que posible que la novela de Maurice Procter titulada  I Will Speak Daggers (1956), publicada también como Ripper Murders o The Ripper en Estados Unidos, esté basada en su experiencia en Hallifax con el carnicero. En esta novela, una de las protagonizadas por el Inspector jefe Phillip Hunter, un psicópata armado con una navaja de afeitar está asesinando mujeres en una pequeña población inglesa, sembrando el pánico entre los lugareños. La policía local se ve obligada a pedir la ayuda de Scotland Yard, que envía a Hunter para resolver tan siniestro caso.

Tras los sucesos de 1938, la vida de Maurice Procter cambió radicalmente. Durante la guerra, Maurice fue trasladado de King Cross a la comisaría de Mixenden. En aquellos días, Mixenden era solo un pequeño pueblo, por lo que Maurice era el policía del pueblo y él y su esposa vivieron en la casa de policía durante 5 años. Maurice y Winifred tuvieron un hijo, un hijo llamado Noel. En total, Maurice sirvió en la fuerza policial de Halifax durante 19 años, permaneciendo como agente durante todo ese tiempo.

Su experiencia como policía en ese periodo es lo que hizo que el autor tuviera conocimientos de primera mano acerca de los procedimientos policiales, lo que se tradujo años después en un gran realismo en su obra policial, algo que elogiaron muchos críticos.

Comenzó a escribir ficción estando todavía como policía en servicio. Su primer libro, No Proud Chivalry, se publicó en 1947 y tan pronto como empezó a ganar dinero escribiendo, renunció a la policía. Gran parte de su obra la escribió en el estudio de su casa en Willowfield Road, en Hallifax, aunque años más tarde él y su esposa acabarían pasando gran parte del año en España y Gibraltar.  El principal personaje de las novelas de Procter ya he comentado que es el inspector jefe Harry Martineau (15 novelas), de la policía de la ciudad de Granchester, una ficticia ciudad industrial del norte de Inglaterra basada en Manchester. Su novela Hell Is a City (1954), primera de la serie de Martineau, (que se publicó en los Estados Unidos como Somewhere in This City ) se trasladó al cine en 1960 con Stanley Baker como Martineau. El otro gran personaje del autor es Phillip Hunter, que protagonizó otras tres novelas entre 1951 y 1956. Almargen de estos dos personajes, el autor escribió otras 7 novelas policiacas sin protagonista fijo, entre las que se encuentra The sprahead death, publicada en Rastros como A punta de lanza, novela que me ha servido de excusa para traer al blog la fascinante historia del carnicero de Hallifax.

Maurice Procter murio en 1973, en -lo han adivinado- Hallifax.

Alberto Sánchez Chaves. Abril de 2022

CORÍN TELLADO, LA REINA DE CORAZONES

A partir de ahora el blog va a ponerse romántico, aunque quizás menos de lo que pensáis. Uno podría esperarse que al hablar de Corín Tellado empiece a sonar música de violines de fondo, y que el ambiente se llene de suspiros y corazones con alas, pero las cosas no son siempre lo que parecen.

Debo reconocer que escribir sobre Corín Tellado me ha resultado una tarea complicada. En primer lugar, porque es una autora sobradamente conocida de la que creo que no puedo aportar nada que no se encuentre fácilmente a poco que cualquiera se ponga a buscar por internet (amén de varias obras notables sobre ella); y en segundo lugar, por la sencilla razón de que nunca había leído nada de ella (pero puedo afirmar que para redactar este artículo he tenido un empacho importante de su obra). Con el género romántico me ocurre lo mismo que con el Oeste, y es que tengo una predisposición negativa hacia estos géneros literarios, aún cuando soy perfectamente consciente de que no tienen por qué tener peor calidad ni resultar menos entretenidos que cualquier otro género de la novela popular. De hecho últimamente he encontrado algunas obras muy notables dentro de la mal llamada novela rosa que me han sorprendido muy gratamente, no sólo por tener tramas mucho más elaboradas de las que uno podría pensar, sino por una cantidad de referencias literarias e históricas muy superiores a las que he encontrado en otros géneros. El descubrimiento de Marisa Villardefrancos ha hecho que pulverice gran parte de los prejuicios que me impedían disfrutar de este tipo de obras.

Buena parte de la culpa del menosprecio que ha sufrido el género romántico en nuestro país se debe a los propios editores, que dirigían este tipo de publicaciones exclusivamente al público femenino, tanto en el nombre de las colecciones (Rosaura, Biblioteca de chicas, Alondra…) como en la forma en las que se le daba publicidad . Por ejemplo en la Biblioteca de Chicas de la editorial Cid el estandarte era “Un suspiro, una risa, una lágrima, un beso”. Lógicamente, en una sociedad en la que los hombres tenían que ser muy machos y las mujeres muy femeninas, hubiera estado muy mal visto que un hombre se interesara en este tipo de publicaciones, y no bastaba con que no las leyeran, sino que tenían que dejar claro que eran cosa de mujeres.

Es llamativo que buena parte de los actuales eruditos sigan considerando el género romántico como un sinónimo de mala calidad, en muchas ocasiones sin fundamento alguno, pues posiblemente -como he experimentado en mis propias carnes- no hayan leído nunca nada del mismo. Pueden alabar historias policiacas con enormes fallos en sus tramas, o libros de terror y ciencia ficción con escenas que rozan el ridículo; pero basta que una novela fuera publicada en su día en una de las múltiples colecciones de novelas romántica para que sea menospreciada sin darle ni siquiera una oportunidad.

Vuelvo a insistir que yo soy el primero que he tenido injustificados prejuicios hacia el oeste y el romántico, géneros que siguen sin contarse entre mis favoritos, pero de los que he aprendido que tienen los mismos defectos y las mismas virtudes que el resto de géneros literarios, y en los que es posible encontrar cosas buenas y malas en el mismo porcentaje que en otros géneros más “respetables”. Otra cosa es que te guste como género literario. No creo que a nadie le extrañe si una persona sólo lee novelas de Terror, o de ciencia ficción, pero si eso mismo se dice del género romántico, la gente tiende a menospreciar al que realiza esa confesión.

Sin ir más lejos, gran parte de la novela histórica actual son básicamente historias del género romántico a las que se da una ambientación histórica, y no creo que haya nada malo en ello: habrá unas que estén mejor escritas que otras, y gustarán más o menos, igual que en la literatura popular, en la que por cierto también se emplea con frecuencia el truco de ambientar las historias en otras épocas y en entornos exóticos.

Lo mismo se puede decir de algunos clásicos de la literatura universal, de los que no creo que haya mucha gente que dude de su calidad, como es el caso de “Cumbres Borrascosas”, “Jane Austin”, o “Romeo y Julieta”, sin ir más lejos.

Lo que sí que tenía claro desde un principio es que un blog de literatura popular no puede dejar de dedicar al menos una reseña exclusiva que ponga de manifiesto la importancia superlativa de Corín Tellado, una escritora considerada por la UNESCO en 1965 como la más leída en lengua española, tan sólo por detrás de Miguel de Cervantes.

María del Socorro Tellado López, nació el 25 de abril de 1927 en Viavélez, una pequeña localidad pesquera del concejo de El Franco, en Asturias, que no podía imaginarse que contaría entre sus vecinos con la futura reina de la novela romántica, una mujer que llegaría a vender más de 400.000.000 de ejemplares de su obra, traducida a 27 idiomas.

Socorrín, que es como la llamaban de pequeña, fue la única niña de los cinco hijos del matrimonio formado por un ama de casa y un maquinista naval de la Marina Mercante. De ese apodo de Socorrín surgiría el futuro seudónimo de  Corín que se haría mundialmente famoso.

Al finalizar la guerra civil en 1939, su padre fue ascendido a jefe de máquinas y destinado a Cádiz, en donde se instaló con toda la familia, cuando Corín tenía 12 años. Allí estudió en un colegio de monjas, en una época en la que ella misma se describe como «muy vergonzosa, muy tímida, ni siquiera jugaba en los recreos«, mientras que alguna de sus compañeras de colegio la recuerdan sin embargo como una adolescente «muy lanzada, que montaba en bicicleta cuando estaba mal visto y que fumaba cigarrillos a escondidas«.

Desde muy joven fue una gran lectora, y dentro de sus preferencias ha comentado en alguna ocasión que se encontraba Pedro Mata Domínguez (Madrid, 1875 – 1946), un autor español que destacó entre otras cosas por sus novelas cargadas de romanticismo que alcanzaron gran éxito durante la 2ª República y que sin duda influyeron en la futura carrera literaria de Corín Tellado.

Como toda buena lectora, tenía una escritora en su interior, pero no fue hasta después de que uno de sus hermanos escribiera una novela cuando decidió que podía hacerlo mejor que él,  y de este modo descubrió que tenía un don para escribir historias.

En 1945 se producen una serie de sucesos encadenados que cambiarían su vida de forma repentina. Su padre fallece y la familia empieza a verse en serias dificultades económicas. El librero de Cádiz que le vendía de forma habitual las novelas, sabedor de las penurias por las que estaban pasando, se enteró de que escribía novelas, y la puso en contacto con la Editorial Bruguera, que estaba en plena expansión y buscaba nuevos autores españoles. El 12 de octubre de 1946 se publicó “Atrevida apuesta”, novela por la que la Editorial Bruguera le pagó 3.000 pesetas, una cantidad muy importante para la época. Como su segunda novela fue rechazada, Corín estuvo a punto de entrar a trabajar como dependienta en una zapatería, pero poco a poco empezó a vender alguna novela más. Comenzó a publicar también novelas para la editorial Cies, y al año siguiente la editorial Bruguera la incluyó en su nómina de escritores, encargándole una novela corta a la semana. La autora  presumía de ser capaz de escribir una novela en poco más de dos días, pero a costa de trabajar de forma incansable. Cada día se levantaba a las 5 de la mañana, gracias a lo cual siempre lograba acabar sus obras mucho antes de los plazos fijados. Desde el principio se dedicó a escribir novelas románticas (tampoco le habrían dejado en esos años escribir otra cosa a una mujer) que fueron recibidas con gran éxito por un importante número de lectores, que poco a poco fueron exigiendo más obras de esta nueva autora. Como pasa con el resto de autores, es prácticamente imposible saber cuanta gente podía leer de media las obras de Corín Tellado, pues la editorial pagaba inicialmente por obra, no por nº de ejemplares vendidos; y además este tipo de novelas eran cambiadas habitualmente en los puntos de venta, por lo que eran leídas por varios compradores.

Alternando su trabajo como escritora empezó a estudiar Psicología, pero no pudo terminar la carrera, debido a la precaria situación de la familia. Es de destacar que una mujer –tan joven además, pues hay que recordar que tenía 19 años- trabajara en estos años, y que encima estudiara en la universidad.

Sobre este punto, me gustaría destacar que siempre que se habla de Corín Tellado se critica que todos sus personajes femeninos eran estereotipos de la clásica mujer sumisa que sólo buscaba casarse con el hombre de turno. Yo no conozco su obra como para poder opinar, pero me ha llamado la atención que   María Teresa González -catedrática de francés en Gijón y autora de un estudio titulado “Corín Tellado, medio siglo de novelas de amor”- destaca que quizás en sus primeros libros sí aparecieran este tipo de personajes femeninos, pero siempre aportaban un punto de rebeldía. Era el tributo que exigía la sociedad y el régimen de la época, y aún así la autora se las apañaba para dotar a sus personajes femeninos de una fortaleza nada habitual en la literatura de esos años.

Esta misma catedrática destaca con buen criterio en su libro un estudio de Amando de Miguel que a mí me parece muy revelador: En los años 50, sólo un 1,8% de las mujeres entre 20 y 24 años estudiaban una carrera superior. Un 21,3% trabajaba y un 76,9% se casaba y no mostraba ningún interés por el mundo laboral. En Estados Unidos, sólo un 3% ejercía la abogacía y no llegaba al 1% el número de mujeres ingenieros. En las novelas de Corín Tellado sus protagonistas siempre van un paso por delante de la sociedad de la época que retratan los libros. En los años 50, hablan idiomas, se interesan por la educación, son secretarias, enfermeras… y después, en seguida, se convierten en profesionales.

«A insinuar me enseñó la censura, porque decía las cosas claras y eso me lo rechazaban. Hubo meses que me rechazaron hasta 4 novelas. Algunas novelas venían con tantos subrayados que apenas quedaba letra en negro. Me enseñaron a insinuar, a sugerir más que a mostrar. Aprendí a contar lo mismo pero con sutileza, así nunca me dejé nada por decir«.

Incidiendo sobre la crítica despectiva que de forma habitual se hace de Corín Tellado –y de la novela romántica de la época en general-  hay que recordar los años en los que nos estamos moviendo. La gente no podía escribir lo que quisiera, y menos si eras mujer. La propia autora afirmaba que su estilo se perfiló gracias a la censura de la España franquista, que expurgó sus novelas de forma inmisericorde; además, todas debían terminar inevitablemente en boda.

Si la censura le prohibía escribir sobre sacerdotes, ella los convertía en pastores protestantes. De todas formas, ubicando sus novelas en el extranjero, Corín logró eludir la acción de la censura, escribiendo sobre abortos, divorcios, madres solteras, y todo tipo de temas que, de haberse situado en España, hubieran supuesto un escándalo mayúsculo.

En 1948 Corín regresa a Viavélez con su madre, y desde entonces vivió en Asturias, aunque en 1951 se trasladó a vivir a Gijón, de donde ya no se movería. Ese año la revista Vanidades, de gran difusión en toda Hispanoamérica, firmó un contrato con Corín Tellado para que le entregara dos novelas cortas e inéditas al mes. La autora siguió escribiendo para Vanidades hasta el final de sus días, con la curiosidad de que para esa revista trabajó muchos años Guillermo Cabrera Infante, que en más de una ocasión confesó su admiración por la obra de la escritora, a la que tuvo que leer a raíz de su trabajo como corrector “por obligación, pero con gusto”.

Otro de los aspectos que más interés ha despertado sobre la escritora es su vida sentimental. Curiosamente, la reina de la novela romántica no tuvo suerte en el amor en la vida real.

En 1959, Corín Tellado tenía 33 años -una edad importante en esa época para estar soltera sin empezar a levantar comentarios-, y era ya entonces una mujer moderadamente rica y famosa, que sostenía económicamente a su madre y a sus cuatro hermanos. Corín, a la que no se le conocía novio alguno, decide casarse por sorpresa con Domingo Egusquizaga Sangroniz. Según ha declarado en diversas entrevistas la propia Corín, se casó por despecho y sin amor, y harta de pagar bodas de familiares.

Según aparece en su biografía escrita por la periodista Blanca Alvarez,  Corín se enamoró sólo una vez y no precisamente de su marido. Una relación de la que le costaba hablar, pues decía « que todos los protagonistas estamos vivos todavía«. Un pretendiente marino, como su padre y como muchos de los personajes de sus libros, que opinaba que el trabajo no era más que un entretenimiento de mujeres solteras, y que exigió a Corín que abandonara la literatura cuando se casaran, a lo que la escritora no accedió. Así que Corín siguió escribiendo, le dejó y, cuando se enteró de su boda con otra, se prometió: «Con el primero que llegue, me caso«. Y pasó Domingo Egusquizaga.

A mí personalmente me suena a una de las historias de sus propias novelas, pero es una opinión personal sin base alguna.

Al año siguiente del matrimonio nació su primera hija, Begoña, y en 1961 su hijo Domingo. En septiembre de 1962 decidió separarse de su marido, de quien dijo que no era un mal hombre. «No era ni mujeriego ni borracho ni un mal amante. ¿Qué pasó?, que no le soportaba. No le quise ni antes ni durante ni después. Siempre fui muy libertaria y siempre hice lo que me dio lo gana. No encajaba con alguien tan estirado y tan tradicional. Pude permitírmelo porque ganaba mi propio dinero pero, de todas formas, tampoco entiendo a las mujeres que aguantan y aguantan. O que no denuncian los malos tratos. Antes prostituirse que permitir un golpe. Eso sí, no me divorcié, simplemente, porque no tenía intención de volver a casarme. No me hacía ninguna falta un hombre»

Resulta llamativo que la reina de corazones de la literatura reconociera abiertamente que jamás comprendió las pasiones de las que ella misma escribía:. «Nunca estuve locamente enamorada. Quise apaciblemente«. “No he sufrido nunca ese amor ardiente y arrebatado».

«Soy realista. Me emocionan las cosas reales, las que palpo, las que tienen vida. No me seducen las puestas de sol, ni las estrellas, ni la luna llena. Yo nunca he dicho te amo, te quiero, o vida mía. Sólo lo sugiero en las novelas para que se emocionen otros. A mí me conmueven los animales, los prados, las personas, la roca viva, los acantilados.”

De cualquier modo, como en las mejores novelas, hay una buena parte de la vida de la autora que probablemente no se sepa nunca: «Hay cosas de mi vida que sólo yo conozco y que nadie sabrá jamás. Mi verdadera vida no se la digo ni se la diré a nadie. A nadie».

Mientras que en el amor Corín no conseguía la felicidad, en el trabajo las cosas le iban cada vez mejor.

En 1962 la UNESCO declaró que Corín Tellado era la autora más leída en castellano después de Cervantes. Ese mismo año firma un contrato en exclusiva con Bruguera por 150.000 pesetas. Los problemas comenzarían poco después.

En 1964 Corín descubre que, a pesar de su gran producción de obras, Bruguera estaba reeditando parte de sus obras cambiando el título de las novelas sin consultarla.

«Esta avalancha de viejas novelas publicadas como si fueran nuevas, cambiándoles el título, me desacreditaba. Algunas lectoras me escribían llamándome estafadora».

Tras un fuerte enfrentamiento por este motivo con la editorial, Corín rompe unilateralmente el contrato de exclusividad y  empieza a trabajar en 1965 para  la Editorial Rollán, que la fichó como la gran estrella que era a bombo y platillo, y comienza a publicar una colección de novelas certificadas como «inéditas». En julio de 1966 muere su madre, y a final de ese mismo año apareció Corín Ilustrada, colección quincenal de adaptaciones a fotonovelas de sus novelas, vendiendo 750.000 ejemplares en una semana del primer título de la colección.

Mientras tanto, continúa el litigio durante estos años con Bruguera, que la había denunciado por incumplimiento de contrato.

En 1973 la Editorial Bruguera gana el contencioso contra su antigua autora, con una sentencia que condena a Corín a pagar una indemnización de 65 millones de pesetas, una auténtica fortuna para la época.

«Nunca lo hice, claro, llegamos a un acuerdo. Fue un pleito en el que nos embarcaron los abogados y, a pesar de todo, yo recuerdo con mucho cariño a Bruguera».

Para evitar el pago de la indemnización, llegó a un acuerdo con Bruguera, merced al cual debía escribir en exclusiva para ellos hasta 1990 en condiciones muy exigentes, pues se veía obligada a entregar un importante número de títulos al mes, e incluso a escribir 26 novelas eróticas bajo el seudónimo de Ada Miller dentro de una colección llamada Especial Venus que pretendía pasar como traducciones del inglés. Esta situación se mantuvo hasta 1984, año que marca el principio del fin de Bruguera, lo que provoca que la escritora no publicara nada durante un periodo de 2 años -aunque nunca deja de escribir-, hasta que en 1986 Corín recupera de forma anticipada la libertad al rescindir el acuerdo con Bruguera, que se disolvió de forma definitiva. Por un tiempo decidió cambiar de registro, escribiendo cuentos de literatura juvenil para las editoriales Júcar y Cantábrico. En 1992 publicó su primera novela larga, “Lucha oculta”, una obra enmarcada en la transición española que la autora consideraba su obra favorita. Posteriormente publicó otra novela larga llamada “Amargos sentimientos”, pero no debió tener mucho éxito, porque la autora se quejó en diversas entrevistas de que le resultaba muy difícil vender obras que no fueran sus habituales novelas rosas cortas.

Las novelas de Corín Tellado tienen algunas características que la distinguen de otras escritoras del género romántico, entre las que destacaría que siempre sitúa la acción en el presente -a diferencia de otras autoras que prefieren ambientar sus obras en el pasado- y que sus protagonistas son mujeres muy adelantadas para la época, con estudios y profesiones que no estaban al alcance de la mayoría de sus lectoras, y con una forma de ser mucho más realisista que lo que era habitual de ver en el género. Eso, sí, siempre en un entorno de lujo que consiguiera hacer soñar a sus lectores, algo que destacó la propia autora: “Una vez escribió una novela protagonizada por pobres, y no se vendió nada bien.”

Otra característica fundamental de la obra de Corín Tellado es su indudable capacidad para adaptarse a los gustos de cada época, lo que explica su eterna permanencia entre los autores más vendidos. Supo interpretar en cada momento las preferencias de los lectores, modificando el tipo de historias y personajes para ajustarlos a la realidad de cada momento, tratando temas con el paso de los años como la independencia económica de las mujeres, el maltrato, la infertilidad o la drogadicción. El fin de la dictadura de Franco abrió un gran abanico de posibilidades a las protagonistas de Corín Tellado, que ya no tenían que enviudar para huir de un matrimonio desgraciado. Desde entonces las mujeres de sus novelas trabajaban, se divorciaban, tenían hijos fuera del matrimonio e incluso se interesaban por el sexo.

«Yo hilvano un argumento en 5 minutos. Las historias de la vida cotidiana me inspiran. Recopilo las vivencias de la calle y las acoplo a mis cosas. Mis personajes tienen una tremenda humanidad. Hay muchas chicas que en la vida real han vivido lo que viven mis personajes. Yo adorno con fantasía las realidades, siempre escribo de gente de la alta sociedad, rodeada de lujos».

Si normalmente es casi imposible conocer el número aproximado de novelas que realizaron los escritores profesionales de literatura popular, en el caso de Corín Tellado es aún más complicado, dada su inagotable capacidad de trabajo. En 1989, un diccionario enciclopédico acreditó que llevaba ya escritas 2.243 novelas, aunque es probable que la cifra real sea prácticamente el doble si se cuentan sus relatos para la revista Vanidades.

En 1995 su salud se ve muy resentida por problemas en un riñón que le obligaron a someterse desde ese momento a tres sesiones de diálisis por semana, lo que no le impidió seguir escribiendo, dictando las obras a su nuera. En el año 2000 publicó su primera obra en Internet, “Milagro en el camino”.

El 11 de abril de 2009 falleció en su domicilio de Gijón, a los 81 años de edad, tras sufrir un infarto cerebral. En un cajón dejó tres novelas inéditas sin publicar, y tan sólo tres días antes había acabado de dcitar su última historia para la revista Vanidades,  como prueba de que cumplió su sueño de morir escribiendo.

He buscado en mi mente la motivación de este afán al trabajo y he de confesarme a mí misma que soy trabajadora de nacimiento, que me gusta lo que hago y que quiera Dios que lo siga haciendo hasta la víspera de mi muerte, o como suele decirse, que me permitan morir con las botas puestas, en este caso será pluma en ristre, para inventar una historia nueva.”

Pues lo hizo.

Me gustaría destacar un tema del que ya hablé en otra reseña de este blog dedicado a las escritoras de novela popular, y no es otro que el desprecio con el que se habla de la novela rosa al referirse a la literatura romántica popular. En mi opinión, la histórica visión negativa de este género tiene su origen en que siempre se ha identificado como un género exclusivo de las mujeres, tanto como lectoras como escritoras. En los años de oro de la literatura popular parecía incluso mal visto que una mujer leyera cualquier cosa que no fuera novela rosa, no fuera a ser que sus frágiles cerebros no pudieran soportar la acción y violencia que se podían encontrar en el resto de géneros, aunque hubo algún intento de alguna editorial como Rollán para intentar atraer al público femenino a sus colecciones policiacas, con anuncios que prometían que encontrarían en ellos “más emoción y sentimientos que en la mejor de las historias románticas”. Desde el punto de vista como escritor, ya comenté en su día que las editoriales recurrieron a las mujeres únicamente para cubrir las necesidades de demanda de género romántico, pues no había escritores masculinos suficientes dispuestos a  dedicarse al mismo, aunque hubo algunos que lo hicieron de forma casi exclusiva, como Pedro Mata, o Carlos Santander; y algunos de los habituales de otros géneros aportaron su granito de arena, como Jesún Navarro Carrión, Francisco Gónzález Ledesma, Juan Gallardo Muñoz, o Enrique Jarnés, entre otros.

A su vez, las mujeres de la época que querían dedicarse a escribir se veían prácticamente obligadas a hacerlo dentro del género romántico, pues los editores veían complicado que los hombres compraran obras de género policiaco, bélico, terror, o ciencia ficción que fueran escritos por mujeres, motivo por el que las pocas que lo lograron lo hicieron con seudónimos masculinos.

Ese encasillamiento de la mujer en el género rosa no era más que otra forma de desprestigiar la labor de las pocas mujeres que se dedicaron a la literatura popular de forma habitual, a las que se miraba de forma condescendiente por considerar que lo que hacían podía hacerlo cualquier hombre sin ninguna dificultad. Era un entretenimiento para mujeres solteras que servía para que otras mujeres pasaran los ratos libres que les dejaban las tareas del hogar.

Y Corín Tellado es la reina indiscutible de esta supuesta novela rosa, a pesar de que ella misma no consideraba que escribíera «novela rosa» o romántica.

«Ni soy romántica ni escribo novelas románticas. Soy positiva y sensible, y escribo novelas de sentimientos, que no es lo mismo. Para mí, la novela puede ser sentimental, no me molesta que me encasillen en la novela rosa, pero es evidente que muchos ignoran que la denominación rosa procede de cuando las tapas de la novela eran de ese color. El amor nunca pasa de moda y aunque mis novelas puedan parecerse entre sí, todas son diferentes. El desamor es lo que más está presente en ellas».

Durante toda su vida la escritora tuvo que soportar las destructivas críticas  –incluyendo las de muchos compañeros de profesión-  que despreciaban abiertamente su obra, por considerar que lo que hacía era poco menos que basura que cualquiera podría escribir. Sobre estos escritores que no paraban de atacar a la autora, supongo que afectados por el éxito de ventas de Corín, la escritora escribió lo siguiente:

«Me dio igual, muchos autores de mi generación se quejaban de que el franquismo los ahogaba. Terminó el franquismo y continuaron sin escribir un pimiento. Yo me adapté a los tiempo y creo que sigo haciéndolo»

“Dicen que no es fácil vivir de la literatura, pero en cambio yo llevo 53 comiendo de ella; para bien o para mal, soy una autora que cuenta historias, con amor, con desamor, con tragedias, con lágrimas o con risas, siempre he buscado la mejor forma de entretener al público lector, ese gran público como se le suele llamar, que es el que nos alza o nos mengua, porque según les agrademos, así se multiplican las ventas.”

En una entrevista pocos años antes de su muerte, la autora comentó lo siguiente a la periodista:

«Ay, los dichosos tópicos. Procuro recordarle a mi hija que el día que me muera tiene que escribir en la lápida: Ahí te vas con tu sambenito. Siempre he creído en la igualdad de oportunidades. Nosotras hemos avanzado, aunque serán las hijas de mis nietas quienes ocupen el mismo lugar que los hombres. No es fácil. ¿Cuántos siglos llevan dominándonos? Ellos con el látigo en la mano y nosotras con la venda en los ojos. Digamos que soy feminista, aunque no milite».

Investigando para la realización de este artículo, me encontré con una sorprendente publicación en apariencia irreverente, pero que en el fondo no deja de ser un halago a la figura de Corín Tellado, que se ha covertido sin lugar a dudas en todo un símbolo de la cultura popular. Se han publicado al menos dos vólumenes de un libro titulado Corín Tellado Revisited, con 110 relatos incluidos en cada volumen. Los autores de este libro se proponen un juego literario en apariencia absurdo, pero que a mí me ha parecido fascinante, siempre y cuando se haya realizado con cariño y respeto a la autora. El experimento consiste en tomar como base los títulos de la amplia obra de la escritora, y a partir de ahí escribir los relatos que dichos títulos les sugieran, añadiéndoles ilustraciones gráficas y -¡Ojo!- a un ritmo de tres relatos semanales. Por lo que he podido leer en la publicidad de estas obras, se pueden encontrar relatos de todo tipo, a cual más estrafalario: el último vasco sobre la faz de la Tierra, una antigua pareja que se daña a través de los años y los planetas, un pintor de cámara neandertal, un náufrago con amnesia, la Muerte escondida en un altillo, una pareja de recién casados que huye de una horda de muertos vivientes, una cuidadora de marcianos, un boxeador con acondroplasia y su chófer gaditano, un vikingo con problemas matrimoniales, un mosquito enamorado, un hipster del Born, un vengativo viajero del tiempo, un albatros con serios problemas de fidelidad, una misteriosa mujer de rojo o un aviador tan célebre como infame. Dios sabe qué títulos de Corín Tellado habrán inspirado estos relatos…

He de confesar que no he tenido oportunidad de leerlos -y ganas no me han faltado-, pero he querido hacer referencia a este fascinante experimento para poner en valor hasta qué punto Corín Tellado es ya un icono popular de la cultura española; una mujer que es un género en sí misma, y de la que todo el mundo ha hablado en un momento u otro, sin necesidad de haberla leído.

Para acabar, quisiera reivindicar la importancia de esta escritora en la historia de la literatura popular en nuestro país. Todas aquellas personas que no se sientan atraídos por las novelas que escribía Corín Tellado –entre las que me incluyo- lo tienen muy fácil, pues no hay ninguna obligación de leerlos, del mismo modo que al que no le guste el género de Terror, o la ciencia ficción. Pero eso sí, no se puede juzgar a la ligera ni negar su lugar a alguien que consiguió vivir de la literatura y que hizo que miles de mujeres –y unos cuantos hombres que jamás lo reconocerán-  leyeran en una época en la que no les resultaba nada fácil el acceso a la cultura; ni se debe criticar a las personas que leen este tipo de literatura, cuyo objetivo final es entretener. Tal vez a partir de estas lecturas dieran el salto a obras de mayor calado.

Por mi parte, Corín Tellado, una autora por la que reconozco que yo sentía ciertos prejuicios, me ha sorprendido gratamente, y ha despertado todas mis simpatías como persona y como autora. Mis respetos.

Alberto Sánchez Chaves. Febrero 2022

LA SOLEDAD COMPARTIDA

Cualquiera que esté paseando por Roma puede encontrarse por casualidad con una pequeña estatua en un escondido rincón de la diminuta Piazza de Pasquino, muy cerca de la famosa Piazza Navona. La insignificante estatua en cuestión, llamada il pasquino por los romanos, probablemente pase desapercibida para el turista acostumbrado a las continuas maravillas que se encuentra en cada esquina de esta inigualable ciudad, pero como suele ocurrir en muchas ocasiones, no es el objeto en sí lo que resulta interesante, sino la historia que atesora sobre sus envejecidos hombros teñidos de verdín.

LA ESTATUA DE IL PASQUINO

Si finalmente el caminante decide acercarse a la mencionada estatua, descubrirá que normalmente está literalmente rodeada de pequeños papelitos doblados cuidadosamente, o de notas adhesivas tipo post-it acumuladas sobre su base.  En ellas, los habitantes de la ciudad -los verdaderos romanos-, dan rienda suelta a su malestar con diversas personas (generalmente políticos locales), siguiendo una tradición que se remonta al siglo XVI, cuando tras un decreto por el que subió desmesuradamente el precio del pan, los romanos comenzaron a desahogarse dejando junto a la estatua todo tipo de escritos críticos y satíricos (a veces en verso) contra los poderosos de la época: pontífices, nobles y ricos en general.

Yo personalmente he tenido la ocasión de cotillear algunos de esos anónimos mensajes-protesta, y te puedes encontrar desde insultos contra el dueño de un restaurante quejándose del mal servicio, hasta comentarios despectivos acerca de algún vecino ruidoso. Todo tiene cabida a los pies de Pasquino, auténtico tablón de anuncios artístico, que, por cierto, no es la única estatua “parlante” de Roma (Marforio, Madame Lucrezia…), pero sí la que se emplea de forma más habitual para dejar estos mensajes de desahogo.

Y el lector pensará, ¿para qué sirve protestar por escrito, dejando las quejas frente a una estatua en la calle, cuando probablemente nadie vaya a leerlo? Sencillamente, está en la misma esencia del ser humano la necesidad de compartir con los demás sus inquietudes, incluso aunque se piense que nadie va a escucharle, ya sea pintando, escribiendo, hablando o por cualquier otro medio imaginable. Desde la prehistoria el ser humano se ha dedicado a pintar bisontes en una cueva sin aparente utilidad, y hoy en día los jóvenes exponen públicamente los detalles más nimios de sus vidas a través de las redes sociales, a sabiendas de que probablemente no interesen a casi nadie. Incluso, hay gente que escribe blogs que apenas se leen. Los medios cambian, pero la necesidad de expresarse permanece.

En este blog he escrito todo tipo de cosas relacionadas con el mundo del bolsilibro: sus colecciones, autores, editoriales, géneros, y cualquier cosa que se os pueda ocurrir, pero este artículo trata precisamente de la necesidad humana de compartir sus más profundos sentimientos.

Todo el que coleccione o lea de forma habitual bolsilibros se habrá encontrado más de una nota escrita a mano en los espacios en blanco de las novelas: las habituales dedicatorias, números de teléfono del fontanero, críticas a la novela, advertencias a los lectores, listas de la compra, recordatorios de citas con el médico, hasta declaraciones de amor. El bolsilibro puede ser hoy en día un objeto de coleccionismo, pero en su génesis estaba pensado para ser desechado tras su lectura, lo que lo convertía en muchas ocasiones en provisionales blocks de notas, cuando no un lienzo sobre el que pintar bigotes y garabatos en su portada.

Sin embargo, en ocasiones uno se encuentra con reflexiones que van mucho más allá; pensamientos plasmados por escrito que transforman un simple libro de usar y tirar en la botella en la que los náufragos envían una llamada de auxilio, sin saber si alguien llegará a leer su mensaje. De esto va este artículo, escrito a raíz de tener conocimiento de uno de esos mensajes que me impactó y entristeció enormemente. Debo agradecer a Alberto Cabrera que compartiera públicamente esta anécdota. Él encontró la botella de este náufrago, y yo he sentido la necesidad de compartirlo, por mucho que comprendo perfectamente que este artículo se aleja del tipo de artículos que suelen aparecer en el blog.

Reproduzco a continuación el mensaje manuscrito en un ejemplar de la novela policiaca Cita con el horror, de Alar Benet. El título de la novela no puede ser más premonitorio. Lo reproduzco tal cual está escrito -faltas de ortografía incluidas-, repartido entre varias páginas de la novela, aprovechando huecos en blanco. No sé cuánta gente podrá haber leído directamente el mensaje a lo largo de los años, pero seguramente que habrán sido muchas, dado que este tipo de novelas entraban habitualmente en un circuito de cambio de novelitas, lo que hacía que un mismo libro pasara por muchas manos, y cuando digo muchas, estoy hablando de más de 500 personas, por lo que pudo contarme el propietario de uno de esos quioscos que se dedicaban al cambio de novelitas, jubilado hace ya muchos años.

Aquí dejo el mensaje. Cuando aparece sigue (tal cual figura en el original) significa que la carta continúa en el próximo espacio en blanco de la novela.

“Hola, soy una señora de 59 años, busco una persona mayor que le gusten los perros y que viva solo o sola y que tenga piso propio y que se encuentre solo o sola y que necesite que le acompañen

                                                                                                                                  Sigue

día y noche. No busco sexo. Solo busco cariño y dar cariño si estás enfermo o enferma, nos cuidaremos los dos, si eres anciano y ves que tu familia te rechaza y te quieren meter                                                                            Sigue

en una residencia llamarme, yo seré como una hija para ti, no te encontraras mas solo o sola.

yo tengo familia pero es como si no la tuviera, estoy a punto de que me hagan el desaucio del piso donde vivo y como tengo 2 perros son pequeños estoy sufriendo por ellos pues no quiero que se los lleven                 Sigue

a la perrera.

También, me tienen que operar y por los perritos no me opero pues no tengo con quien dejarlos y los médicos me dicen que piense en mi, que si me muero los perritos se van a quedar solos y que si me descuido me operaran a vida o muerte.                                                                                    Sigue

Si os intereso vuestro piso tiene que tener ascensor o ser casa vivienda de planta baja. Me llamo XXXXXXX, soy valenciana, estoy rellena o gruesa pero si no                                                                                                                              Sigue

gusta que lo esté puedo adelgazar, me gusta mucho ver la televisión y leer novelas policiacas también de amor y alguna del Oeste, también salir a pasear, y sobre todo tener un hogar donde pueda vivir a gusto y tranquila sin miedo a quedarme en la calle,                                                                    Sigue

esto que me pasa es urgente pues el desaucio es en seguida si os intereso, mi teléfono es XXXXXXXX también me podéis mandar mensajes ¡solo personas españolas                                                                                    Sigue

de 60 años en adelante! Si estas jubilado mejor todavía. Hasta pronto.

Yo soy española de la provincia de Valencia, pero vivo en l´hospitalet provincia de Barcelona Catalunya”             

Debo reconocer que es probablemente lo más triste que he leído en mi vida, no tanto por la situación en la que se encontraba la protagonista -que ya es suficientemente grave-, sino por la desesperación que debe sentir alguien para enviar este tipo de mensaje a través de un librito, con la esperanza de que cualquier desconocido atienda su llamada de auxilio. Puedo imaginarme a nuestra protagonista llevando de vuelta la novela con su mensaje manuscrito al quiosco o librería dónde la compró, cual Robinson Crusoe acercándose a la orilla, a sabiendas que tarde o temprano su mensaje llegaría a otras manos, y con la esperanza de dar con la persona adecuada.

No es un caso único, pero sí el más llamativo que me he encontrado hasta la fecha, tanto por la extensión del mensaje, como porque la protagonista da todo tipo de datos personales (nombre y teléfono incluidos, que no he reproducido por motivos obvios).

Por si no os parece suficiente, en otra novela encontré hace años -esta vez en la última página del libro- una inquietante nota, muy escueta, escrita a lápiz con tanta fuerza que atravesó el papel, que decía lo siguiente:

No puedo más, vivo solo y nadie me escucha. No quiero seguir viviendo

Desconozco cuando fueron escritos estos dos mensajes, ni el destino final de sus protagonistas. En un mundo menos imperfecto que el que nos ha tocado vivir, me gustaría pensar que los dos personajes de esta historia lograron ponerse en contacto gracias a la desesperada nota de ella. Quiero creer que un día, el anónimo protagonista de la escueta nota de suicidio abrió la puerta de su casa, para encontrarse a la anónima desahuciada, con su maleta en la mano y sus dos perritos esperando a entrar en su nuevo hogar.

Alberto Sánchez Chaves.

Febrero de 2022.

LA FASCINACIÓN POR EL MAL: LA COLECCIÓN CRÍMENES CÉLEBRES

Nº 1 de la colección

En una de esas incoherencias tan características del ser humano, es innegable que, en mayor o menor medida, la mayoría sentimos una irresistible atracción por los sucesos truculentos. Un crimen nos horroriza, es cierto, pero también despierta en nosotros una insana curiosidad por conocer en profundidad cualquier mínimo detalle del mismo. Los periódicos, la radio y la televisión han cubierto desde que existen este tipo de sucesos, buscando dar a su público toda la carnaza que demandan, traspasando en muchas ocasiones las líneas rojas de la decencia y de la ética. Todo vale mientras el público siga (sigamos) mirando, algo que tal vez debería hacernos pensar.

El extremo de esta fascinación por el mal sería la hibristofilia (atracción de naturaleza sexual por una persona que ha cometido un delito o que puede ser potencialmente peligroso), término acuñado por el psicólogo John Money y que probablemente sea más conocido como el Síndrome de Bonnie y Clyde. Creo que todos recordamos los casos de Ted Bundy o Charles Manson, auténticos monstruos que recibían en prisión cientos de propuestas de matrimonio por parte de mujeres rendidas a sus supuestos encantos.

Ya he comentado en ocasiones que considero la literatura de quiosco como uno de los mejores medios de entender la sociedad de cada época, y con el tema de la fascinación por el mal, vuelve a ser un reflejo de la realidad. Incluso hoy en día, cuando los quioscos no tienen ni de lejos la importancia de años atrás, es prácticamente imposible no encontrarse en los mismos con alguna colección de libros sobre criminales o crímenes famosos (eso que llaman ahora true crime), una muestra clara del interés que este tipo de sucesos sigue despertando en el público, y eso a pesar de que en la actualidad cualquier persona puede acceder de forma permanente a todo tipo de informaciones gracias a la televisión y a internet, algo que no era posible hace 30 años.

Ya he hablado en el blog de la colección Galería Siniestra de Rollán, en la que se narraba de forma novelada la vida de algunos de los mayores criminales de la historia, así como de otras colecciones que incluyeron entre sus títulos biografías de este tipo de personajes (Celebridades de Editorial Dólar, la colección Pulga…).

En abril de 1986, cuando la literatura de quiosco estaba en fase terminal, Bruguera lanza a los quioscos Crímenes Célebres, una curiosa colección en forma de cuadernillo (tapa blanda con formato 22,5 X 15 cm, 64 páginas a doble columna) cuyos números incluían tres historias independientes entre sí que narraban de forma novelada diversos crímenes que en su momento fueron objeto de interés por parte de la prensa. A día de hoy, algunos de estos crímenes han pasado a la historia, y otros han sido completamente olvidados.

Con un precio de 110 pesetas (125 a patir del nº 6), y con una periodicidad semanal, la colección se alejaba mucho de lo que era la novela popular de quiosco más tradicional (el bolsilibro), tanto por el formato como por el tipo de narración, pues, aunque eran historias noveladas, la colección tenía un registro casi periodístico. Salvando las distancias, la colección recuerda a la obra de Alejandro Dumas de mismo título (Crímenes célebres), en la que, a lo largo de 18 libros publicados entre 1839 y 1841 , el autor se dedicó a reconstruir de forma fidedigna algunos de los más macabros y horrendos sucesos de la historia (Los Cenci, La Marquesa de Brinvilliers, La marquesa de Ganges, Murat, Los Borgia…). Por cierto que en una de sus magníficas ediciones, Valdemar publicó una recopilación con 4 de estos sucesos en el nº 7 de su colección Gótica. Un Alejandro Dumas que venía a ser en su época algo mucho más parecido a los autores de novela española de quiosco que se tratan en este blog de lo que puede pensarse a simple vista: recordemos que fue autor de una obra ingente (cerca de 300 obras) que trabajaba a destajo, y del que aún se sigue poniendo en duda su calidad literaria, especialmente en lo que se refiere a la profundidad de sus personajes. Hoy Alejandro Dumas es un clásico, y sólo cabe preguntarse si dentro de 200 años autores como Curtis Garland, Peter Debry, José Mallorquí y tantos otros no serán objeto de constantes reediciones, y parte de la historia de la literatura española.

El mismo año 1986, con la editorial dando sus últimos coletazos, Bruguera hizo un intento desesperado de revitalizar las publicaciones de quiosco, lanzando al mercado otras colecciones con el mismo formato estilo cuadernillo que la de la colección objeto de este artículo: Los basureros del espacio, una breve serie de 13 números de ciencia ficción); y El agente de la National, 12 números de género policiaco. En ambos casos se alternaban texto e historieta tipo cómic, buscando alcanzar un público más amplio.

Por desgracia, la colección de Crímenes célebres sólo logró llegar al nº 8. Recordemos que Bruguera cerró sus puertas ese mismo año (1986), cuatro años después de haber entrado en suspensión de pagos y con una deuda acumulada que hacía inviable su continuación. El hecho de que la colección se lanzara al mismo tiempo que la compañía se estaba hundiendo hizo que tuviera una distribución muy deficiente. Una pena, porque merecía un destino mejor.

Estos son los números publicados, con detalle de su contenido:

AUTORCONTENIDO
1Curtis Garland (Juan Galardo Muñoz)Landrú y Petiot
Crimen en el expreso de Andalucía
Cadáveres de conserva
2Curtis Garland (Juan Galardo Muñoz)Jack, el destripador
Del asilo a la eternidad
La cabeza viajera
3Curtis Garland (Juan Galardo Muñoz)El caso Lindbergh
Descuartizador en Zaragoza
El club de los corazones solitarios
4Curtis Garland (Juan Galardo Muñoz) La agencia Pinkerton investiga
La viuda alegre
Cocida y bien cocida
5Curtis Garland (Juan Galardo Muñoz)El vampiro de Düsseldorf
El suministrador de cadáveres
Guiso de niña con zanahorias
6Juan Luis GonzálezEl crimen de Cuenca
Pascua Roja
Asesinato en el paraíso
7Ralph Barby (Rafael Barberán)El Estrangulador de Boston
Vendedor de carne humana
El astrólogo y sus descuartizadas
8Curtis Garland (Juan Galardo Muñoz)Vidocq, de criminal a policía
Asesinato victoriano
Una huella imposible

Como podemos ver, la colección contó con un interesantísimo equipo creativo, con Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz) llevando el gran peso, con 6 de los 8 títulos a su cargo.  La mera presencia de Curtis Garland es un sinónimo de calidad asegurada, algo que yo mismo puedo confirmar, pues he leído la mayor parte de los relatos que escribió para la colección.

Ralph Barby (Rafael Barberán) aportó el número 7, con su versión sobre el célebre estrangulador de Boston, y de otros dos casos criminales que yo al menos no conocía.

El otro autor de la colección -y el único que aparentemente no emplea seudónimo- es Juan Luis González, un desconocido para mí del que no he logrado obtener ninguna información, y del que no tengo constancia de que estuviera detrás de alguno de los pseudónimos habituales en la literatura popular. Cabe la posibilidad de que se trate de Juan Luis González-Ripoll (1925-2001), un autor especializado en temática de la naturaleza que llegó a ser finalista del premio Nadal en 1981 con El dandy del lunar; Juan Luis González Gómez, autor de obras de índole científico y político, entre las que destaca Años de sueño y plomo; o incluso he llegado a pensar en Juan Luis González Caballero, uno de los editores de Valdemar. Por desgracia, no he podido obtener información alguna, así que de momento será un misterio más sin resolver.

Entre las tres historias que componen el título a su cargo, yo destacaría Asesinato en el paraíso, sobre el asesinato de Harry Oakes, uno de los hombres más ricos del mundo de su época, íntimo amigo del Duque de Windsor, que fue brutalmente asesinado en las Bahamas el verano de 1943, donde apareció muerto en extrañas circunstancias, hasta el punto que los detalles que rodearon a su muerte nunca han sido determinados por completo.

Se sabe que murió a causa de las heridas provocadas por una especie de punzón detrás de la oreja, que su cuerpo fue parcialmente quemado en cara y gemitales, y que apareció con el cuerpo cubierto de plumas, lo que en un principio apuntaba a un ritual vudú.

El yerno de Oakes fue juzgado por el asesinato, pero resultó inocente para el jurado. A día de hoy sigue siendo un crimen sin resolver. Un caso muy interesante.

Para finalizar, y para entender la clara intención de esta colección en atraer nuestra parte más morbosa, esta es la forma en que se publicitaba:

Crímenes Célebres

Donde la realidad supera a la ficción

Tiene usted en sus manos una fascinante colección de cuadernos semanales, con los casos más espeluznantes y sangrientos, los golpes más audaces y espectaculares de la historia del crimen. Una sensacional galería donde, semana tras semana, los más despidados asesinos, los más osados atracadores, los más hábiles malhechores, estafadores y timadores aparecen reflejados con todo su impresionante verismo a fin de que pueda ud. coleccionarlos en su biblioteca.

Hechos que parecen increíbles y que, sin embargo, fueron realidad, aparecen aquí recreados en forma de novela. Apasionantes casos donde la fascinación de lo macabro y de lo estremecedor prenden en el lector, desde la primera línea hasta su final.

No podrá dejar estos cuadernos ni un instante. Los leerá de principio a fin, devorando su crudo realismo y su descarnada dureza, a veces no exenta de negro humor.

Y al final esperará impaciente el siguiente cuaderno, donde nuevos y apasionantes crímenes volverán a sumergirle en un mundo alucinante de horror y sangre”.

Desde mi punto de vista, y a pesar de que ni el formato ni la ausencia de las habituales portadas de la literatura popular invitan al coleccionismo, considero que nos encontramos con una gran colección que nos permite descubrir algunos fascinantes crímenes hoy en día olvidados. Y ahora, acomódense en el sofá para disfrutar de cada pequeño detalle.

ALBERTO SANCHEZ CHAVES. ENERO 2022

AL ABORDAJE: LA PIRATERÍA COMO GÉNERO POPULAR

Resulta curioso que un acto tan deleznable como es la piratería haya conseguido instalarse en la cultura popular como una figura heroica que goza de todas las simpatías del público. Ese hombre apuesto y gentil con un pañuelo en la cabeza, maestro en el arte de la esgrima, y que abordaba barcos en los que encontraba a una encantadora jovencita que siempre se enamoraba de él, nada tiene que ver con una realidad plagada de sanguinarios asesinos sin escrúpulos que se dedicaban al saqueo, y en muchas ocasiones al esclavismo.

A primera vista uno podría pensar que los grandes culpables de esto son sin duda alguna la literatura y el cine, que una vez más habrían logrado traspasarnos una versión idealizada de algo que en realidad no deja de ser un hecho histórico terrorífico, y por supuesto que son los principales responsables, pero tampoco debemos perder de vista que determinados países intentaron dulcificar la figura del pirata, dado que su figura fue empleada en muchas ocasiones de forma más o menos extraoficial  como arma contra los navíos de potencias enemigas. La imagen que un español tiene de Francis Drake no tiene nada que ver con la de un inglés.

Aunque en tiempos de Cervantes la literatura ya había tratado el tema de la piratería (el autor fue preso de piratas berberiscos, y en el mismo Quijote hay un capítulo en el que se habla de un cautivo de los piratas), tenemos que esperar hasta el siglo XVIII para encontrar las primeras novelas protagonizadas de forma exclusiva por estos mercenarios del mar, con Daniel Defoe y sus libros Vida, aventuras y piratería del célebre capitán Singleton (1720), una prodigiosa novela de aventuras que para mí está a la altura de su célebre Robinson Crusoe,  e Historias de piratas (1724-1728). Aunque posiblemente sea la primera vez que se presenta la figura del pirata como protagonista de una novela de aventuras, aún carece de esa aura romántica que cuajó posteriormente entre el gran público, pero sí es cierto que empieza a forjarse esa visión paradójica del pirata como un símbolo de la libertad absoluta precisamente por su condición de marginado de la sociedad.

El 1814 el poeta inglés Lord Byron da un giro radical a la figura del pirata con El Corsario (libro del que se vendieron el año de su publicación más de 10.000 ejemplares) y en 1836 es José de Espronceda quien hace lo mismo en la famosa La canción del pirata. La figura del pirata aparece de repente con las características que lo distinguirán en el futuro: un héroe al margen de la ley, seductor irresistible, símbolo de libertad…, pero en ningún caso podemos considerarlas novelas de aventuras, debido a que se trata de dos obras poéticas.

En 1822 Walter Scott -uno de los primeros autores de la historia que podría ser considerado como un autor de best-sellers, dada la difusión de su obra-   publica El Pirata, una interesante novela ambientada en una isla de Escocia protagonizada por dos piratas (Mertoun y Cleveland) que ya se hace eco de la visión romántica aportada por Byron (algo habitual por cierto en toda la obra de Walter Scott). Por cierto, en la novela se hacen varias referencias al Quijote.

El inmortal Julio Verne (1828-1905), maestro de la literatura de aventuras, regala al mundo el personaje del Capitán Nemo, una especie de pirata (se dedica a hundir navíos que lleven la bandera de Inglaterra) que a bordo del Nautilus protagoniza 20.000 leguas de viaje submarino (1869), y que también aparece tangencialmente en La isla misteriosa (1874). Resulta muy curioso que en diversas publicaciones literarias que pretenden ser serias se describe al Capitán Nemo como una versión moderna de Sandokán, cuando Nemo es un personaje anterior a este último.

Julio Verne tocó el tema de la piratería de forma más directa en alguna novela posterior como Los piratas de Hallifax (1903), para mí una de las obras menores de Verne, en la que los piratas son malvados sin matices.

En 1881 Robert Louis Stevenson (1850-1894) escribe la que es sin lugar a duda la novela de piratas más famosa de todos los tiempos, y una obra maestra de la literatura en general: La isla del tesoro. En el libro, una historia de aventuras en mayúsculas sobre la búsqueda de un tesoro oculto, un chico llamado Jim experimentará en primera persona las dos caras de la piratería (el bien y el mal), gracias a la figura de los piratas Pew y Long John Silver. La novela se publicó originalmente por entregas en la revista infantil Young Folks entre 1881 y 1882 con el título de The Sea Cook, or Treasure Island, y en 1883, dado su enorme éxito, se integró en un solo volumen, alcanzando, sin saberlo, la inmortalidad. Aprovecho desde aquí para recomendar la lectura de esta obra a todos aquellos afortunados que aún no la hayan disfrutado, probablemente porque ya conocen la historia gracias a las múltiples versiones cinematográficas. Si es uno de los libros que más veces ha sido reeditado es por algo. También me gustaría recomendar la lectura de Regreso a la isla del Tesoro (2014), de Andrew Motion, novela a la que me acerqué con todo tipo de prejuicios, y que me sorprendió gratamente.

Tan sólo unos años más tarde, y contagiado del espíritu de La Isla del Tesoro, el escritor Emilio Salgari (1862-1911) se hacía popular con sus novelas de aventuras, entre ellas las dedicadas a los piratas asiáticos y a los del Caribe: Los piratas de Malasia (1896), El corsario negro (1898), Sandokán (1900) o Los últimos piratas (1908) dieron forma a un nuevo género literario en el que se marcaban las características que debían tener a partir de entonces los piratas de novela. Todas las novelas de Salgari tienen como protagonistas a héroes románticos y atrevidos que luchan por un ideal en exóticos escenarios, y eso establecía la pauta a seguir a partir de entonces.

A principios del siglo XX el género de aventuras protagonizado por piratas experimenta su edad dorada,  con obras de gran calidad a cargo de autores como Joseph Conrad con Lord Jim (1900) y su posterior El pirata (1923); Jack London (Los piratas de la bahía de San Francisco , de 1905 y La expedición del pirata, 1916); Nathaniel Hawthorne (Relato de un corsario Yanqui, 1926); o el propio James Matthew Barrie (1860-1937), con su prodigiosa Peter Pan y Wendy (1911) basada en su obra de teatro de 1904, que servía para presentar al temible capitán Hook, némesis de Peter Pan que era presentado como el único hombre a quien John Silver tuvo miedo.

Pero el éxito no se consigue tanto por la calidad de las obras como por la cantidad de lectores a los que consigues llegar, y ahí es donde aparece la figura de Rafael Sabatini (1875-1950), autor de obras tan emblemáticas como Scaramouche, El halcón de los mares (1915) o El cisne negro (1932), donde se nos presenta el personaje del capitán Blood, que Errol Flynn se encargaría de popularizar a través de la pantalla. Sabatini transformó definitivamente al pirata en el icono popular actual. En este mismo blog se puede leer un artículo sobre este autor.

También Arthur Conan Doyle (1859-1930) ―ya inmensamente famoso gracias a Sherlock Holmes― escribió Cuentos de piratas y del agua azul en 1922; Edgar Rice Burroughs, al que el público adoraba gracias a Tarzán, escribe Piratas de Venus en 1932, dando quizás una de las primeras muestras de fusión del género de piratas y ciencia ficción, algo que repetirían muchos autores posteriormente, entre los que yo destacaría a Isaac Asimov (1920-1992) y su obra Los piratas de los asteroides (1953).

Otro ejemplo de fusión temprana de géneros es la de William Hope Hodgson, que en Los piratas fantasmas (1909), mezcla piratas y terror, algo que también será un tema recurrente y que acabaría llegando al cine con películas míticas como La Niebla (1980), de John Carpenter. El origen de las historias de piratas fantasmas probablemente habría que buscarlo en la leyenda del Holandés errante, iniciada en el siglo XVII a partir de la figura del marino Bernard Foke y que gracias a las obras de autores como Edgard Allan Poe (Aventuras de Arthur Gordon Pym, 1838), el Capitán Frederick Marryat (El buque fantasma, 1837), Washington Irving (El Holandés errante, 1855), o William Clark Russell (El barco de la muerte,1888), ha perdurado hasta nuestros días. Por no mencionar por supuesto la inmortal ópera de Wagner dedicada al ilustre fantasma.

El caso es que, con estos antecedentes literarios, en el siglo XX Hollywood se encargará de popularizar las ya descritas características del pirata “moderno”, transformando definitivamente al pirata en un rebelde que lucha contra la injusticia, algo que insisto nada tiene que ver con la realidad. No creo conveniente por motivos de espacio ponerme a relacionar películas de piratas, pero creo que a todos se nos viene a la cabeza la figura de Errol Flynn como el gran icono del pirata cinematográfico (protagonizando El Capitán Blood, El Halcón del Mar, y La isla de los Corsarios), con permiso de las nuevas generaciones, a las que se les vendrá a la cabeza la imagen de Johnny Deep encarnando al emblemático Capitán Sparrow.

Y llegamos por fin a la literatura popular española, y su visión de la piratería. Como era de esperar, la novela de quiosco no podía dejar de lado un fenómeno tan popular, y se sumaría a esa moda temporal con gran fuerza.

Durante el auge del folletín, el género de piratas fue uno de los de mayor éxito entre el público, y prueba de ello es el gran número de títulos dedicados al mismo. Citaré algunos de ellos, sin pretender hacer un listado exhaustivo:

Fanet, aventuras de un intrépido grumete, es un folletín publicado en los años 20 por El Gato Negro (precursor de Bruguera) en el que los piratas tuvieron una importante presencia a lo largo de sus 40 números.

Esta misma editorial simultaneó gran número de colecciones protagonizadas por el mundo de la piratería a lo largo de los años 20 y 30: Gong, el emperador pirata, alcanzó los 14 números en los años 30; Sansón, rey de los mares, grandiosas aventuras de un pirata de 19 años; Barbarroja, la fiera del mar (15 números a lo largo de 1931); Drack, el rey de los piratas (28 episodios publicados en 1925); o Sin miedo, el demonio de los mares (50 números).

Otras editoriales menos recordadas en la actualidad también se volcaron en el género de piratas, como en el caso de La vida de un pirata (o el grumete de la nave negra), un folletín de 36 números publicado por la editorial Carceller; La reina de los piratas, de la editorial Guerri, que alcanzó la nada desdeñable cifra de 305 números y que coincide en el título con una novela de mi admirado Miguel Mª Astraín (MIkky Roberts); Montbars el pirata (el pabellón de la muerte), que alcanzó los 59 títulos; o Botalón, el pirata fantasma (12 números publicados por la editorial Vincit).

Una vez que el fenómeno del folletín pierde fuerza, y coincidiendo con el parón editorial que supuso la guerra civil española, el género de piratas parece quedar aparcado a la espera de vientos más favorables, con la excepción de las traducciones de clásicas historias de piratas de Karl May, Sabatini, E.V. Timms y otros autores que la editorial Molino seguía publicando en sus diversas colecciones de aventuras desde Argentina; o con esporádicas apariciones en otras colecciones menos conocidas, como en el de la colección de aventuras Hércules, de editorial Vives, con títulos tan sugestivos como Los piratas de la mano roja (nº 7) o Los malditos del mar (nº 1), en ambos casos obra de un tal Maurice Lenoir, autor desconocido al menos para mí y del que no he encontrado información.  

La primera de estas obras era por cierto la recopilación de una serie al más puro estilo Pulp que ya había sido publicada en España en 1934 por publicaciones Pocholo dentro de la colección Popular de aventuras en 6 cuadernillos por entregas quincenales: El Barco del Terror, Chacales del desierto, Tras la cautiva, La venganza del pirata, Miedo en los ojos, y La última lucha. Los seis títulos fueron publicados con el sobrenombre de Los piratas de la mano roja, y en las que consta que son traducciones a cargo de Antonio Torralbo Marín. Este hecho es interesante porque Antonio Torralbo Marín figura acreditado como autor de al menos una novela (Aventurero a la fuerza, nº 147 de la serie azul de la Biblioteca Oro de Molino, 1943), amén de una larga serie de obras dirigidas a un público infantil. Antonio Torralbo Marín no era más que un pseudónimo del periodista José María Huertas Ventosa (Barcelona, 1907 – Barcelona, 4-12-1967), del que sabemos que publicó al menos otra novela de aventuras (Bha, nº 212 de la serie azul de la Biblioteca Oro Molino), esta vez con el pseudónimo de J.V. Travesi.

Con su nombre verdadero publicó cuentos infantiles, diversas adaptaciones biográficas (la zarina Alejandra Feodorovna en la colección Vidas extraordinarias, El Cid campeador, Sigfrido, Juana de Arco…) y multitud de guiones de tebeos de la época.

El hecho de no encontrar información alguna sobre el tal Maurice Lenoir, sumado a la presencia de Antonio Torralbo (que encima es un seudónimo) como traductor, despierta en mí la teoría de que detrás del tal Maurice Lenoir podría ocultarse en realidad José María Huertas Ventosa, del que además sabemos que trabajó para la misma editorial donde se publicó la serie de Los Piratas de la Mano Roja como autor acreditado de guiones de tebeos. No tengo certeza  sobre el tema, así que como suele ocurrir en el mundo de la novela popular, probablemente sea otro enigma más sin resolver.

El final de la guerra civil supone el pistoletazo de salida para el resurgimiento de la novela popular con más fuerza que nunca, ante una población necesitada de entretenimientos que les permitan olvidar las difíciles circunstancias que les tocó vivir tras la guerra. La situación sin embargo había cambiado en lo que respecta a los gustos del público, pues Hollywood había dejado de lado las historias de piratas para centrarse en otro tipo de géneros, especialmente el western y el policiaco, y esa corriente se trasladó a España.

Los quioscos se inundaron de colecciones del Oeste, policiacas, románticas, y de aventuras, pero todo lo relacionado con piratas parecía haber pasado definitivamente de moda, si exceptuamos ocasionales apariciones en colecciones ajenas al género de piratas, como por ejemplo el nº 6 de Yuma (editorial Molino, 1943) El pirata fantasma, de Rafael Molinero, y sobre todo una curiosa colección que tan sólo alcanzó 8 títulos, llamada Colección Juan Gallardo. Esta casi desconocida colección de autor anónimo, publicada supuestamente en 1944 por Hispano Americana de ediciones (una editorial especializada en el mundo del tebeo) al precio de 4 pesetas, narraba las peripecias de un pirata justiciero de origen español llamado Juan Gallardo a mediados del siglo XVII. Como curiosidad, en varias de las novelas de la serie aparecen referencias a La Canción del Pirata, de José de Espronceda, el célebre poema que seguro que todos los que leen este blog han tenido que recitar en algún momento en el colegio, lo que supone un anacronismo imperdonable si tenemos en cuenta que la obra de Espronceda se publicó en 1835, casi 200 años después del momento en que se desarrolla la acción de las novelas.  

Sobre esta colección (como pasa casi siempre en el mundo de la novela popular) hay una gran confusión respecto a cuándo se publicó y respecto a la autoría. Algunas fuentes -como por ejemplo Fernando Eguidazu en su monumental historia de la novela popular española- indican que la colección se publicó en 1954, mientras que Jorge Tarancón en su imprescindible blog noveladeaventuras.blogspot.com nos remite a 1944. Yo me inclino por 1944 por el precio de las novelas, ya que las 4 pesetas se corresponden con el precio habitual de este tipo de publicaciones en esa fecha.

Otra polémica es la autoría de las novelas. El título de la colección ha provocado confusiones haciendo pensar que el autor pudiera ser nuestro admirado Juan Gallardo Muñoz, más conocido como Curtis Garland, pero insisto que el autor es desconocido, y por las fechas en que se publicó la colección es imposible que fuera nuestro Juan Gallardo. Pudiéramos estar ante una obra colectiva, pero veo complicado llegar a tener más datos al respecto.

Dado que es una colección bastante desconocida, adjunto los títulos que la componen:

TITULO
1El pirata justiciero
2Suplicio
3Entre el amor y el odio
4La capitana de bucaneros
5Mujeres piratas
6Una treta ingeniosa
7Traición y castigo
8En las garras del tirano
Colección Juan Gallardo

Esta era la situación de la literatura popular de piratas en España hasta mediados de los años 40.

Hasta que llega El Pirata Negro.

En 1946 la editorial Bruguera publica el primer número de El Pirata Negro, titulado La espada justiciera, bajo la autoría de un tal Arnaldo Visconti, que no es otro que Pedro Víctor Debrigode, un autor del que hemos hablado en múltiples ocasiones en este blog, y al que yo al menos considero uno de los mejores escritores de literatura popular de nuestro país sin ningún lugar a dudas. Un escritor con mayúsculas.

Esta novela, publicada en el popular formato tipo revista que imperaba en la época (tamaño 20×15, con texto a dos columnas, similar al de El Coyote), presentaba la figura de Carlos Lezama, un clásico justiciero acusado de forma injusta siempre dispuesto a acudir en defensa del más débil.

Las aventuras del pirata negro se extenderían a lo largo de 85 títulos, todos ellos con portada del gran Jaume Provensal, desde 1946 hasta 1949, en una colección que supuso un éxito sin precedentes, casi a la altura de El Coyote de José Mallorquí, y que fue traducido incluso al alemán. Si hoy en día apenas es recordado por el gran público es porque, a diferencia del mencionado Coyote, no ha habido ninguna reedición de su obra, a excepción de algún esporádico y valiente intento por parte de editoriales como la extinta Darkland, que por desgracia no obtuvo continuidad ante la falta de ventas. Una verdadera lástima, pues El pirata negro nada tiene que envidiar a obras para mí inferiores en lo que a calidad se refiere, como por ejemplo las de Emilio Salgari, que son reeditadas una y otra vez, logrando de esta forma permanecer en la memoria del gran público. Podéis llamarme loco, pero es lo que pienso.

En 1952 Debrigode retomó brevemente las aventuras de Carlos Lezama como parte de la colección Iris de Bruguera, en un intento fallido de la editorial de volver a reflotar el género de aventuras.

De cualquier forma, no me extiendo sobre la colección de El Pirata Negro, a la que me gustaría dedicar un artículo en exclusiva, principalmente porque para mí es la mejor colección de la historia de la novela popular española.

En 1949, atraída por el imparable éxito de El pirata negro, la editorial Clíper lanza al mercado El corsario azul, bajo la autoría de J. León (Jacinto León Ruiz de Cárdenas) y con portadas de Francisco Batet. Esta serie narra las aventuras de Don Diego de Villegas, un valiente español que a bordo de El Antillano se dedica a limpiar los mares de piratas. A pesar de la buena calidad y de sus vibrantes historias, la colección tan sólo alcanzó los 12 títulos. En el blog se puede encontrar un artículo sobre este interesante autor para el que quiera más información sobre esta serie.

También en este mismo blog se puede encontrar un artículo dedicado a El Capitán Pantera, otra colección de aventuras de Debrigode ambientada en el mundo de los piratas, escrita supuestamente hacia 1946, en la que se nos narran a lo largo de 10 números las andanzas de un aventurero llamado Ross Maloney, un personaje que por cierto aparecería en otras novelas de Debrigode que nada tenían que ver con el Capitán Pantera. Al artículo os remito.

El mismo Debrigode (firmando de nuevo como Arnaldo Visconti) retoma poco después el mundo de la piratería en Pabellón Negro, colección publicada por Toray en 1950 que por desgracia sólo alcanzó los 8 números, posiblemente porque la distribución de Toray no tenía el mismo alcance que Bruguera, y porque el hecho de que la serie fueran historias independientes sin relación entre sí, no acabó de convencer a un público que buscaba personajes a los que pudiera seguir semana a semana. Insisto que es una pena porque la calidad de la colección merecía un recorrido mucho mayor.

A principios de los años 50, la edad de oro de la novela popular española, los quioscos de prensa comienzan a inundarse de colecciones de bolsilibros (formato 10×15) de todo tipo de géneros: romántico, oeste, policiaco, bélico, ciencia ficción…. pero ni rastro de piratas. El espacio dedicado por los lectores al género de aventuras parecía haber sido ocupado de forma casi absoluta por el Oeste, en línea con lo que estaba ocurriendo en el mundo del cine.

Los tiempos habían cambiado. El propio Debrigode arría la bandera pirata, apartando a un lado el género de aventuras para centrarse en otro tipo de historias, especialmente policiacas, donde por supuesto también destacó con luz propia. Aun así, se nota que le costaba desprenderse definitivamente del parche y la pata de palo, con títulos entre sus obras como Piratas de frac (Servicio secreto nº 202), o Piratas de puerto (Servicio secreto nº 375), ambas obras policiacas firmadas como Peter Debry; o incluso Costa Bárbara (Servicio secreto nº 204), única novela policiaca/espionaje del autor en la que volvió a emplear el pseudónimo de Arnaldo Visconti, y en la que hay constantes referencias a piratas del pasado.

Una interesante rareza de los años 50 en la que encontramos piratas de los de verdad es la colección Celebridades, de la editorial Dólar, una serie de 100 novelas en las que se novelaban algunas de las más importantes figuras históricas -algunos de ellos de discutible importancia-, mezclando personajes reales y ficticios (impagables las biografías de Sherlock Holmes, Fantomas, Nick Carter, Arsenio Lupin, Raffles, Sandokan y otros cuantos personajes novelescos que son tratados como si hubieran existido realmente). Pues bien, entre los personajes históricos encontramos las biografías del Capitán Kidd (Nº 19 de la colección, del escritor Red Lowel), y de Francis Drake (nº 33 de la colección, narrada por John Ruzakosta), y el pirata Barbarroja (nº 88 de la colección, de F.G. Rich).

No espere el lector un sesudo tratado histórico sobre los personajes objeto de la colección, y mucho menos imparcialidad sobre los hechos históricos, pero es un interesante ejercicio su lectura que nos enseña mucho sobre cómo puede desvirtuarse la historia. Y además, entretiene.

Para que podáis haceros una idea del tono de la colección, os transcribo el prólogo de Drake el Pirata, nº 33 de la colección, escrito según consta en el mismo desde París por John RuzaKosta (pseudónimo de Juan José Ruiz Acosta) en 1952:

“He aquí la biografía novelada de Francis Drake.

Cuando la editorial Dólar me encargó escribirla, comprendí que era una tarea poco fácil.

Sabido es que en Inglaterra Drake es un personaje de la historia: almirante, descubridor, predilecto de la reina Isabel, héroe del Mar Caribe… y un sinnúmero de adjetivos más.

Pero yo no soy inglés y no puedo sentir por él simpatía, ni tampoco repudia como en varios países le tienen. Soy neutral y creo haber hecho justamente lo más equilibrado. Si bien es cierto que fue almirante, no lo es menos que fue pirata. Si los escondidos documentos que encontré me han demostrado que Drake tuvo una infancia hermosa, como todas las infancias, otros me han revelado su condición de criminal, de asesino de fraile y de profanador de templos.

Drake, de niño, socorrió a varios pobres, Era bueno, estudioso, obediente, humano. En su pubertad tuvo deseos de abandonar tan borrascosa existencia, y aún de mayor, cuando ya sus manos estaban tintas de sangre, cada vez que recordaba a su madre y a uno de sus amigos de la infancia, las lágrimas acudían a sus pardos ojos. Pero también Drake mató, incendió, profanó, fue la causa de miles de desgracias. Fue el ladrón que con orden o sin orden de la reina se apoderó de un galeón español con las pagas de los ejércitos de Felipe II en Flandes.

Incendió Cartagena, Las Palmas, Cádiz, y atacó cobardemente a la Escuadra Invencible, cuando ésta luchaba con los elementos desencadenados.

No es mi intención herir susceptibilidades. No hice más que recopilar datos, huyendo de las opiniones apasionadas de unos y otros historiadores. Yo no he opinado. Sólo creo haber dado forma a la Historia para que, de una manera amena, llegue a los selectos lectores de la colección Celebridades la vida y aventuras de este personaje.

Como siempre, agradezco de antemano, a todos, el cariño que me demuestran leyendo mis originales, y por medio de estas líneas envío un efusivo saludo a Editorial Dólar, cada día más superada y mejor dirigida.

París, 24 de Junio de 1952.”

Impagable prólogo, que viene a decirnos que la mayor parte de los datos que figuran en la novela son inventados, y que la imparcialidad brillará por su ausencia, especialmente en las partes en que Drake se enfrenta a los españoles. Frases como “¿No habría aprendido aún Francis Drake que un español vale más que mil ingleses?, se preguntaba el mundo”, no dejan lugar a dudas acerca de la imparcialidad del autor.

Volviendo a tema principal, a partir de aquí, y durante casi 50 años, la sequía en lo relativo al género de piratas es casi absoluta, si exceptuamos los inevitables homenajes que esporádicamente aparecen en novelas de distintos géneros, como Los piratas del espacio, de Alf Regardie (Luchadores del espacio nº 18), Piratería sideral, de Van S. Smith (Luchadores del espacio 212); Piratas espaciales, de Ralph Barby (La conquista del espacio nº 565); o Los piratas de Korgia, de A. Thorkent (Héroes del Espacio nº 103, 1982), por citar tan sólo alguna, que por supuesto no son en ningún caso novelas de piratas al uso, pero al menos intentaron dar un enfoque más moderno al tema como parte de una trama de ciencia ficción.

El motivo por el que los piratas parecían haber perdido el favor de público no deja de ser un misterio; probablemente al igual que el género de capa y espada, era algo repetitivo, y resultaba totalmente anacrónico para un público que buscaba nuevas emociones. Tampoco era algo exclusivo de la literatura, pues en el cine ocurría algo muy similar, con muy pocas incursiones en el género, y con sonados fracasos que invitaban a no arriesgar al respecto. Recordemos por ejemplo Piratas (1986), de Roman Polanski; Hook (1992), de Steven Spielberg (aunque no fue un fracaso de taquilla fue despedazada por la crítica); o La isla de las cabezas cortadas (1995), de Renny Harlin; tres intentos fallidos de resucitar el género que se estrellaron de forma estrepitosa en taquilla, haciendo que los productores se lo pensaran dos veces cada vez que alguien les hacía llegar un guion que oliera a piratas. Tan sólo parecía aceptarse a los piratas en películas de terror de bajo presupuesto, como La Niebla (1980), de John Carpenter, o siendo parte secundaria de una trama, como en el caso de Los Goonies (1985), de Richard Donner. El éxito de Jack Sparrow y sus piratas del Caribe aún quedaba muy lejos, y probablemente sólo logró triunfar porque supo dar con la mezcla exacta de espectacularidad, humor y fantasía, y gracias a una interpretación que transformó al clásico caballero pirata en un sinvergüenza sin escrúpulos. De haber seguido la habitual línea de las películas de piratas clásicas, seguramente se hubiera convertido en un nuevo fracaso.

Curiosamente en 2001, un genio de las letras españolas tuvo la misma idea que haría triunfar a Disney dos años más tarde con su saga de Piratas del Caribe: fusionar el género de piratas con todo tipo de géneros, buscando dar un nuevo enfoque al tema.

De este modo, cuando el mundo del bolsilibro daba ya sus últimos estertores, nace la original colección Piratas en la editorial Astri, una colección mítica de 12 títulos a cargo de Donald Curtis (Juan Gallardo Muñoz), para mí todo un ejemplo de lo que debe ser la literatura Pulp (imaginación y diversión desbocadas), pero que por desgracia contó con lo que probablemente sean las portadas más feas de toda la historia de la novela popular en España, amén de una infame edición plagada de errores ortográficos -algo habitual en Astri-, lo que hace que como objeto de coleccionismo pierda casi todo el interés.

Mi recomendación es que os olvidéis del envoltorio y disfrutéis de una lectura que, seguro que os sorprenderá con su mezcla de piratas clásicos y todo tipo de elementos históricos, fantásticos y hasta terroríficos, con el habitual buen hacer de un autor que destaca de forma especial en el mundo de los pastiches. Afortunadamente Matraca Ediciones ha reeditado recientemente toda la colección en 4 volúmenes, así que supongo que no será complicado acceder a su lectura. Además, la edición de Matraca incluye en cada volumen un cuento inédito sobre el tema escrito por estudiosos y amantes de la novela popular que suponen un valor añadido a la obra original.

Esta es la relación de títulos de la que a buen seguro fue la última colección de piratas de la novela popular española:

TITULO
1El corsario de oro
2El galeón negro
3Halcones sobre Jamaica
4El bucanero fantasma
5Máscara de terror
6La dama en la niebla
7Bajo bandera negra
8La isla de las tinieblas
9Tesoro sangriento
10El corsario escarlata
11Con la muerte a bordo
12Mar de naves perdidas

Y sin más, en estos tiempos convulsos, recordad, que “si tenemos la fortuna de ser impelidos por viento favorable, arribaremos pronto a la isla y nos llevaremos el más fabuloso de los tesoros” (La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson).

Ojalá que cada uno de vosotros acierte a descubrir el tesoro que debe buscar.

Alberto Sánchez Chaves. Enero de 2022

EL CALDITO

Media gallina, una patata, una zanahoria, un puerro y un hueso de jamón. Esa, exactamente esa, es la receta de mi madre para hacer lo que ella denominaba un “caldito”; receta que, por cierto, no se sabe cómo, conseguía colar en cualquier conversación, algo que siempre era motivo de risa para sus nietos, que esperaban expectantes el momento en que su abuela acabara sacando el tema. Si le hablabas del último Barca-Madrid de liga, todo  derivaba  en que Cristiano Ronaldo había estado un poco flojo, problema que claramente se hubiera solucionado si hubiera tomado un caldito antes del partido. Ẹlla lo hacía con media gallina, una patata, una zanahoria, un puerro, y un hueso de jamón.

Daba igual que el tema fuera la prima de riesgo, la guerra de Irak, o el resultado de las últimas elecciones; la única preocupación de mi madre era encontrar el momento exacto para soltar a traición la receta del caldito. Hablando del accidente nuclear de Chernobyl, ella empezaba a comentar que dónde estaba eso, que qué chapuzas eran los rusos, que qué buena está la ensaladilla rusa, que si murió mucha gente, que si en España teníamos centrales de esas -Ay Dios que miedo-, y preguntaba y preguntaba en busca de la ocasión perfecta, y cuando ya te había vuelto loco y le estabas explicando que para mantener fríos los núcleos de las centrales se  sumergían en una gran piscina de agua, ella te soltaba de golpe y sin cambiar el gesto que, como la piscina estaba tan calentita, si le hubieran echado media gallina, una patata, una zanahoria, un puerro y un hueso de jamón, hubieran tenido un caldito. A lo mejor había que echar un poco más, eso sí, que era mucha agua.

Y tú, con cara de portero goleado, ya podías maldecir protestando que qué leches tenía eso que ver con una catástrofe nuclear, que a ella le daba igual. Ya te la había colado. Objetivo cumplido.

El motivo por el que viene al caso esta anécdota es que en muchos casos el proceso de creación de los bolsilibros seguía el mismo esquema que el caldito de mi madre.

Sabido es que los saturados autores de los que habla este blog tomaban prestadas ideas de todas partes -cine, literatura, comics, e incluso sucesos de los periódicos-, pero hasta eso a veces resultaba insuficiente, nada raro si consideramos que gran parte de ellos debían entregar un nuevo original con una periodicidad semanal.

Invito a los lectores del blog a intentar, no ya escribir, sino tan sólo pensar el argumento de una novela cada semana, y así durante años y años. Esto provocaba que en ocasiones los escritores montaran una trama en torno a cualquier anécdota aparentemente intrascendente. Tal era el oficio de estos autores que estoy convencido que Curtis Garland o Adam Surray hubieran sido capaces de escribir una terrorífica novela partiendo de la receta del caldito, o que mi querido Joseph Berna habría desarrollado una de sus hilarantes y disparatadas historias alrededor de la sencilla receta de mi madre.

Como muestra de lo que digo, voy a contar una anécdota sobre una novela de Ray Lester (Juan Mora Gutiérrez), uno de esos olvidados autores objeto de este blog al que en su momento dedicaré un artículo, y del que por cierto la Asociación ACHAB dedicó uno de sus estupendos volúmenes recopilatorios.

Toni Mora Díaz, hijo del escritor, recuerda cuando su padre estaba escribiendo la novela Telefonistas agresivas (nº 731 de Punto Rojo, Bruguera, 1976):

Pues resulta que mi tía (hermana de mi padre) trabajaba en telefónica y tenía un grupo de amigas que eran de miedo. Imaginaros que allá por los 70 viajaban solas por Europa en un 600 que llevaba mi tía y que cuando paraban y salían parecía que entraban por una puerta y salían por la otra de lo apretadas que iban.

Yo era un niño y me gustaba cuando me lo explicaban porque reíamos mucho de las aventuras y desventuras que les pasaban. Mi padre se inspiró en ellas, que andaban como locas de verse reflejadas en los personajes. Tenían entre 25 y 30 años, y con lo que cobraban en telefónica se lo pasaban bomba”.

Una vez que conocemos este detalle, podemos comprobar que la novela -una convencional historia policiaca-, no es más que una excusa para que el autor incluya una serie de anécdotas basadas sin duda en los personajes citados por su hijo.

Un auténtico especialista en esto era Silver Kane, autor al que he dedicado un buen número de reseñas en el blog, que estructuraba tramas policiacas o de terror a partir de cualquier cosa que en un momento dado pudiera haberle llamado la atención, muchas veces artículos de sucesos de cualquier diario. Se nota que hay ocasiones en las que Kane orquesta la historia con la única finalidad de comentar algo que le resultara curioso, incluyendo notas a pie de página tan características de su obra, pero es tal el oficio del autor, que suele integrar de forma más que aceptable este tipo de cuestiones.

Este artículo está dedicado a mi madre Lucía, y al resto de madres que ya no están con nosotros.  Vosotras sois y seréis las que hacéis girar el mundo.  Quién me iba a decir lo que iba a echar de menos oír la receta del caldito.

Alberto Sánchez Chaves. Agosto 2021.

¿A QUÉ HORA LE MATARON, MR. LUGER?

Aunque ya he dedicado en el blog diversas reseñas de obras de Keith Luger (Miguel Oliveros Tovar, La Coruña, 17-3-1924 – Madrid,  16-11-1971), lo que me permite ahorraros los habituales datos biográficos, creo que es una buena oportunidad para profundizar un poco más en la obra este autor, uno de los más reconocibles por el gran público, y uno de los de mayor éxito de ventas en su época si nos atenemos a la cantidad de reediciones que se realizaron de sus obras (de los 206 títulos policiacos que publicó en Bruguera, se reeditaron 137, y posiblemente en el género del oeste el porcentaje sea similar).

Para esta ocasión he optado por comentar una curiosa tetralogía cuyo nexo en común es que los títulos de las novelas comienzan por la enigmática pregunta ¿A qué hora le mataron? (en el caso de las mujeres les tutea, y la pregunta es ¿A qué hora te mataron?), dedicada en cada título a un famoso personaje distinto que murió asesinado, algo curioso pues según parece el autor considera entonces que la muerte de Marilyn Monroe no fue accidental.

Sin más preámbulos, la supuesta tetralogía estaría formada por los siguientes títulos:

TÍTULOCOLECCIÓN/NºAÑO
¿A qué hora te Mataron, Marilyn Monroe?Servicio Secreto/ 1.1021971
¿A que hora te mataron, Sharon Tate?  Servicio Secreto/ 1.0181970
¿A que hora le mataron, Míster Lutero King?  Servicio Secreto/ 953 Punto Rojo/ 864 (Reed.)1968  
¿A que hora le mataron, Mr. Kennedy?  Punto Rojo/ 3191968

Como puede verse, los personajes seleccionados por el autor no son poca cosa. Marilyn Monroe falleció en 1962 víctima de una sobredosis de barbitúricos, en un supuesto suicidio que a día de hoy sigue dando lugar a todo tipo de especulaciones; Sharon Tate, esposa de Roman Polansky y embarazada de 8 meses y medio, fue una de las cinco víctimas de los salvajes asesinatos de 1969 perpetrados por “la Familia”, la secta de Charles Manson; Martin Luther King fue asesinado en 1968, oficialmente por el segregacionista blanco llamado James Earl Ray, pero es otro de esos casos en los que siempre ha habido una sombra de sospecha; y finalmente, qué decir de John Fitzerald Kennedy, asesinado en 1963 por Lee Harvey Oswald, en el que es probablemente el crimen que más teorías conspiratorias ha generado a lo largo de la historia.

Pues bien, de todos estos sucesos Keith Luger nos aporta su particular versión de bolsillo de estas muertes, en una serie de novelas en las que se palpa que el autor puso un especial interés, y el resultado se nota.

Quiero reiterar que estas novelas suponen una rareza dentro del mundo de la novela popular, pues no es fácil encontrar ejemplos de tramas montadas a partir de hechos históricos, y menos tan bien documentadas como en estos casos. Estoy convencido de que cualquier lector disfrutará enormemente de esta magnífica saga.

TITULO: ¿A QUÉ HORA TE MATARON, SHARON TATE?

AUTOR: KEITH LUGER

SERVICIO SECRETO 1.018. EDITORIAL BRUGUERA

1ª EDICIÓN SEPTIEMBRE 1970

PORTADA: DESCONOCIDO

La novela comienza un 11 de Agosto de 1969, con el detective privado Paul Forrest hablando con su abogado, que le ha llamado para decirle que su esposa Judy ha presentado una demanda de divorcio contra él.

Judy abandonó a Paul justo dos días antes, después de tirarle a la cara unas comprometidas fotos suyas junto a una despampanante pelirroja. Un día difícil de olvidar, pues ese mismo día se produjo el horrible asesinato de Sharon Tate y sus cuatro invitados, una noticia que inundaba las portadas de todos los periódicos.

Justo en ese momento llaman a la puerta de Paul, y resulta ser un periodista llamado Jack Drake, un tipo por el que Paul no siente ninguna simpatía, pero que tiene para él un trabajo por el que le ofrece nada menos que medio millón de dólares por una investigación relacionada con el asesinato de Sharon Tate.  Sin querer escuchar más detalles, Paul manda a Drake a freir espárragos, pues no confía en absoluto en él, y además en esos momentos su única preocupación es que su mujer va a dejarle.

Poco después Paul se entera casualmente de que Drake ha contratado como segunda opción a Mark Price, otro investigador privado de turbia reputación que en su día fue amigo suyo, y al rato recibe la llamada de una tal Clara Allen, amiga de Price, y le dice que Mark quiere que se encuentre con él, por un asunto de vida o muerte. Por lo visto Mark llevaba horas intentando ponerse en contacto con él sin éxito, y al parecer temía gravemente por su vida.

De este modo nuestro protagonista se verá envuelto de lleno en uno de los asesinatos más famosos de la historia, en un momento en que todavía no se había oído hablar de Charles Manson y su extravagante “familia”.

El autor nos muestra una sorprendente versión alternativa sobre el asesinato de Sharon Tate que descolocará a más de uno. Recordemos que hasta finales de Noviembre de 1969 no se supo nada de los autores reales de los asesinatos, cuando Susan Atkins alardeó desde la cárcel de haber matado a Sharon. A partir de ahí se empezó a tirar del hilo, hasta que la investigación condujo hasta la secta de Charles Manson. El juicio contra Manson y compañía comenzó en Junio de 1970, y no fueron condenados hasta el 25 de Enero de 1971, unos meses después de la publicación de la novela de Luger (Septiembre de 1970). Esto quiere decir que es más que posible que la novela fuera escrita sin que el autor hubiera oído hablar de Charles Manson, y se basara únicamente en el mar de especulaciones informativas que inundaron la prensa durante los meses siguientes al asesinato. Recordemos que en Estado Unidos el asesinato provocó una auténtica ola de terror, especialmente entre los ricos y famosos, que de repente se sintieron amenazados.

Debe destacarse que la novela aporta detalles que se ajustan perfectamente a los días que siguieron al asesinato. Por poner tan solo un ejemplo, se menciona que la prensa publicó tres días después de los horribles crímenes que los asesinos podían ser invitados a la fiesta que tras ingerir todo tipo de drogas iniciaron un ritual satánico con los cinco asesinados (de los que también se da un exhaustivo informe en la novela). Esta noticia es cierto que se publicó inicialmente, basándose en los horribles detalles de los crímenes, aunque luego se demostró totalmente falsa.

La historia contiene elementos fascinantes, y el único pero que le pongo es que la historia secundaria que supone la inestable relación entre Paul y su esposa Judy ocupa demasiado espacio, alejando en ocasiones al lector de la trama principal, e incluso llegando a resultar irritante por sus inaceptables tintes machistas. Es de esas historias (algo común por otra parte en los bolsilibros) que requieren que el lector respire profundamente y vea la historia con ojos de los años 60. Recordemos que el divorcio no era legal en España, y la mentalidad de los hombres era que la mujer es una posesión más de sus maridos.

Como muestra de lo que digo, creo que basta con esta breve conversación:

“—¿Qué me hiciste, Paul? ¿Qué me hiciste?

—Lo que un marido tiene derecho a hacer con su mujer.”

Como suele ser habitual en el autor, hay una buena cantidad de referencias y homenajes cinematográficos, y por supuesto, toques de humor que suponen una de las principales señas de identidad de la obra de Keith Luger.

TITULO: ¿A QUÉ HORA TE MATARON, MARILYN MONROE?

AUTOR: KEITH LUGER

SERVICIO SECRETO 1.102. EDITORIAL BRUGUERA

1ª EDICIÓN SEPTIEMBRE 1971

PORTADA: JORGE NÚÑEZ

Con un retrato de la mítica Marilyn Monroe se abre al lector esta fascinante versión de Keith Luger sobre la fatídica muerte de esta leyenda del cine. Una historia a la que no le falta de nada: homenajes constantes al cine, misterio, acción, e incluso nostalgia, y sorprendentemente, un relato muy alejado del habitual y característico sentido del humor que tanto abunda en otras obras del autor. Una gran novela, la verdad, para mí la mejor de las que componen este artículo.

Alex Carrigan es un joven periodista del Star, el típico rebelde rompecorazones pero con buen fondo que se verá envuelto en una historia que puede suponer la noticia del siglo. Un detalle muy curioso es que el personaje de Alex Carrigan volvería a aparecer en al menos otra novela del autor: Las hijas de Neptuno (Punto Rojo nº 489, también de Septiembre de 1971), que reseñaré en otro artículo del blog.

Cuando Alex está a punto de abandonar los Estados Unidos temporalmente debido a un lío de faldas con la hija del embajador ruso, recibe la llamada de Spencer Holden, un periodista que en su época dorada ganó el Pulitzer, pero que con los años se ha ido hundiendo en un pozo sin fondo, víctima del alcoholismo; un despojo humano que de vez en cuando llama a Alex para que le preste algún dólar.

El caso es que Spencer se encuentra muy agitado, y asegura que tiene pruebas de lo que puede ser la noticia del siglo: Marilyn Monroe está viva.

Convencido de que Spencer ha enloquecido definitivamente, Alex le ignora y se dirige rumbo a su destierro en Noruega, pero el destino quiere que tenga que ver cómo Spencer es asesinado de tres disparos en el propio aeropuerto.

Afligido por la culpa de no haber hecho caso a su amigo, decide suspender su viaje, para investigar su muerte hasta las últimas consecuencias, con la inestimable ayuda de la bella secretaria de su jefe, Joan Foster. Las primeras pistas le llevan al club La Orquídea, donde contacta con Frank Oliver, un transformista que se gana la vida imitando a Raquel Welch, Rita Heyworth, Marilyn Monroe y otras celebridades de la época. Un personaje por cierto muy llamativo por el respetuoso trato que le da el autor, algo francamente extraño en el año 1971, momento en el que la homosexualidad y el travestismo se veían en nuestro país como una desviación.

A partir de aquí, Alex irá atando cabos en una investigación que le irá conduciendo hasta el descubrimiento de una historia increíble, y que por supuesto no desvelaré para no arruinar la lectura de una obra que aporta una magnífica versión de la muerte de Marilyn, y que considero imprescindible para cualquier amante de la novela de quiosco.

La historia es un constante homenaje al mundo del cine. Los nombres de todos los personajes (Norman Burton, James Fonda, Spencer Holden, Tony Harris, Frank Oliver, Clark Malden…), son una clara referencia a famosas figuras del cine por la combinación de nombres y apellidos, pero además a lo largo de la novela se van dando interesantes detalles de la vida y filmografía de Marilyn Monroe que harán las delicias todos los apasionados del séptimo arte.

TITULO: ¿A QUÉ HORA LE MATARON, MISTER LUTERO KING?

AUTOR: KEITH LUGER

SERVICIO SECRETO 953. EDITORIAL BRUGUERA

1ª EDICIÓN SEPTIEMBRE 1968

PORTADA: DESCONOCIDO

Con un tono muy diferente de la novela antes reseñada, nos encontramos sin embargo con otra fascinante versión de un crimen; en este caso el asesinato de Martin Luther King, abatido de un tiro en la cabeza por un francotirador mientras saludaba a sus seguidores desde el balcón de la habitación nº 306 del motel Lorraine de Mempkis el 4 de abril de 1968 (tan sólo 5 meses antes de la publicación de la novela de Luger).

El asesinato de King, que sólo tenía 39 años al morir, fue atribuido a un tirador solitario, un hombre llamado James Earl Ray que aceptó declarase culpable para evitar la pena de muerte, siguiendo los consejos de su abogado, lo que le supuso una condena de 99 años de prisión (acabarían siendo 100, porque se fugó de prisión en 1977, pero le pillaron a los tres días aumentándole la pena 1 año más). El caso es que Ray (que falleció en prisión en 1988) se pasó toda su vida defendiendo que él no había matado a King, y la propia familia del reverendo siempre estuvo convencida de que nunca se detuvo al verdadero culpable.

La novela de Luger –en la que esta vez sí que aparece su humor característico- está protagonizada por Bruce Frazer, el típico investigador privado duro como el mármol, pero con principios irreductibles.

Estamos en Abril de 1968. Bruce está investigando la desaparición de una joven negra llamada Martha Monroe, y todas las pistas le han conducido hasta un mafioso llamado Charles Larkin. Tras recibir una terrible paliza por parte de dos de los matones de Larkin, Bruce regresa al día siguiente acompañado de su fiel Luger (arma que suele aparecer siempre en las novelas del autor) para devolver las caricias del día anterior, encontrándose el cadáver de Larkin, con tan mala suerte que se convierte  en el principal sospechoso de su asesinato, pues todo apunta en esa dirección.

La situación obliga a Bruce a descubrir al verdadero asesino para poder limpiar su nombre, pues está en busca y captura, y la única pista de la que dispone es que Larkin estaba chantajeando a un tal Farrell exigiéndole el pago de 100.000 $ por su silencio.

A partir de aquí conoceremos a Jeanne Logan, una inocente corista aficionada a la lectura, y a un buen montón de gángsters sin escrúpulos que acaban conduciendo a Bruce a Memphis, justo el 3 de abril de 1968. En este momento Bruce descubre que la intención de Farrell y sus matones es matar a Luther King, y quieren usarle a él como chivo expiatorio. A pesar de que Bruce avisa de forma anónima a la policía del próximo asesinato, nadie parece creerle, lo que le obliga a ir en persona al hotel Lorraine para intentar avisar al propio King en persona.

En la novela se dan todo tipo de detalles reales sobre lo que estaba haciendo King en Memphis, y donde se alojaba (incluso el nº de habitación).

La novela de Luger tiene un trasfondo social muy por encima de lo que era habitual en la literatura popular, pues aprovechando el asesinato de Luther King (al que se cita constantemente, incluyendo algunas de sus más célebres frases)  se aborda el tema del racismo en diversas ocasiones. A modo de ejemplo reproduzco una conversación entre dos gángsters:

“- Escucha lo que dice ese Martin Luthero King: he leido en alguna parte que todos los ciudadanos de color tienen libertad de palabra. He leído en alguna parte que cualquier ciudadano de color tiene libertad de expresión. He leído en alguna parte que cualquier ciudadano de cualquier color tiene derecho a manifestarse.

Si los dejásemos manifestarse nos pisarían el cuello”.

Queda pendiente en este artículo la reseña de la cuarta obra que compone esta inusual tetralogía. En cuanto pueda, colgaré la reseña de ¿A qué hora le mataron, Mr. Kennedy?

TITULO: ¿A QUÉ HORA LE MATARON, MR. KENNEDY?

AUTOR: KEITH LUGER

PUNTO ROJO 319. EDITORIAL BRUGUERA

1ª EDICIÓN 1968

PORTADA: DESCONOCIDO

Próximamente

LA NOVELA POPULAR Y EL ESPIRITISMO

Probablemente cualquiera que lea este artículo haya soñado en algún momento de su vida con la idea de comunicarse con los espíritus, bien como resultado de una morbosa curiosidad, o incluso como una necesidad de contactar con algún ser querido que ya no está entre nosotros.

El caso es que el espiritismo, que nació como una corriente pseudo-científica, desde el punto de vista literario ha acabado siendo un recurso más dentro del género del terror. Si alguien contacta con el Más Allá, siempre hay un precio a pagar. Hay consecuencias, y casi nunca son agradables.

El espiritismo ​ es una doctrina originada en Francia a mediados del siglo XIX, cuyo máximo exponente fue Allan Kardec (1804-1869). Esta doctrina establece como principios fundamentales la inmortalidad del alma, lo que da pie a la existencia de los espíritus, que pueden relacionarse con los hombres con la ayuda de diversos médiums. De estos espíritus se podrían obtener grandes enseñanzas sobre diversos aspectos actuales, e incluso sobre el futuro.

Kardec definió al espiritismo como la ciencia que estudia la naturaleza, origen y destino de los espíritus, además de su relación con el mundo corporal y como filosofía, ya que estudia las consecuencias morales que resultan de esas relaciones.

El espiritismo se puso de moda en la era victoriana, convirtiéndose en un pasatiempo para las clases altas británicas y, entre sus ilustres practicantes, podemos encontrar -por citar a algunos- a Arthur Conan Doyle, Charles Dickens, Leon Tolstoi, y al mismísimo Victor Hugo, que pasó una larga temporada en Gran Bretaña cuando decidió exiliarse a la isla de Jersey después de haber publicado un panfleto contra Napoleón III.

Precisamente de Victor Hugo se publicó en Francia en 1964 “Lo que dicen las mesas parlantes”, un libro que no es más que la supuesta transcripción realizada por el propio autor de las comunicaciones que a lo largo de diversas sesiones tuvo con los espíritus de Shakespeare, Platón, Galileo, Jesucristo, Napoleón, Aristóteles o incluso con entes como el Drama o la Muerte. En 2014 por fin se publicó en castellano.

Afectado por la muerte de su hija Leopoldine, Victor Hugo decidió probar a pesar de su escepticismo inicial el tema del espiritismo gracias a la mediación de la poetisa Delphine de Girardin, ilusionado con la idea de poder comunicarse con su hija. Poco a poco Victor Hugo fue obsesionándose con el tema, disminuyendo el tiempo entre sesión y sesión hasta hacerlas casi diariamente, hasta el punto de que llegó a creer que los espíritus le dictaban algunas de sus obras. El propio autor duda en alguno de sus poemas de su capacidad como escritor, preguntándose si es un poeta o un mero profeta, en una interesante reflexión que nos recuerda a la intervención de las musas de la cultura griega.

Hoy en día hay todo tipo de teorías sobre si Victor Hugo creía realmente o no en los espíritus, y hay quien dice que padecía parafrenia fantástica, un trastorno mental que se manifiesta por lo general antes de los 30 años, con síntomas como la inquietud o la ansiedad y que progresivamente va avanzando hacia las ideas extravagantes y las alucinaciones, no solamente acerca de la relación del sujeto con su entorno sino también sobre todo tipo de elementos, como los conflictos políticos y, sobre todo, las fuerzas del más allá.

El caso de Leon Tolstoi no merece demasiada atención, pues, aunque recoge episodios de sesiones espiritistas en algunas de sus obras más conocidas como Anna karerina o Resurección, parece ser que se limitó a narrar algo que estaba de moda entre la clase alta de la época como parte de las tramas, pero al menos que yo sepa, a título personal no era un creyente del espiritismo.

En el polo opuesto, es más que conocida la relación de Arthur Conan Doyle con el espiritismo y con el mundo de lo sobrenatural en general. El autor de Sherlock Holmes afirmaba haber hablado con su hijo fallecido en multitud de sesiones de espiritismo, e incluso tenía supuestas fotos suyas desde el más allá, algo muy común en esa época (un fraude fotográfico, por supuesto), y cuyo ejemplo más conocido tal vez sea una fotografía del espíritu de Abraham Lincoln abrazando a su viuda, y que reproduzco en este artículo. Para el que no conozca a fondo el tema, y por no extenderme demasiado, recomiendo buscar información sobre el suceso de las hadas fotografiadas, un misterio que Doyle defendió a capa y espada, y que acabó demostrándose que tal sólo era un vulgar fraude, para decepción del escritor, que aún así siguió creyendo firmemente en los espíritus.

Para mi gusto lo más fascinante que podemos encontrar relativo a Doyle y el espiritismo es todo lo que atañe a su relación con Houdini. El rey de los magos y Doyle eran buenos amigos, y éste último le introdujo en el mundo del espiritismo cuando Houdini mostró su interés por contactar con su madre muerta. En medio de una sesión espiritista organizada por Doyle, Houdini entendió que todo era un fraude cuando la médium le entregó un mensaje escrito por su madre ¡en inglés!, un idioma que ella nunca había hablado. Por mucho que Doyle intentara convencer a su amigo de que su madre podía haber aprendido inglés en el cielo, la realidad es que esa sesión llevó a Houdini a convertirse en una especie de justiciero que se dedicaba a desenmascarar a médiums que se aprovechaban de la buena fé de la gente desesperada que intentaba contactar con un ser querido fallecido. Las opiniones enfrentadas de ambos amigos -uno un firme defensor del mundo de lo oculto, y el otro un detractor que veía que todo era una patraña- hizo que su amistad acabara rompiéndose.

El final del enfrentamiento entre los antiguos amigos no tuvo tampoco desperdicio. En 1925 una médium pronosticó durante una sesión el fallecimiento de Houdini a finales de año. El 31 de octubre de 1926, con un poco de retraso respecto a la predicción, Houdini fallece de forma trágica y prematura. Su esposa Bess cumplió con el plan que había acordado con su marido tiempo atrás: habían creado un código secreto (diez palabras secretas extraidas curiosamente de una carta de Conan Doyle) que guardaron celosamente, con el fin de que el superviviente de la pareja contactara con el otro en una sesión de espiritismo, y el espíritu debía decir las diez palabras. Lo extraño del caso es que Bess contó para llevar a cabo la tarea con Arthur Conan Doyle, que en esos tiempos ya tenía un enfrentamiento público con Houdini.  El final de la historia nunca ha quedado muy claro. Según algunas versiones, el médium, un hombre llamado Arthur Ford, logró descifrar el código y Bess terminó por creer en la existencia del más allá. Otras versiones afirman que Bess destapó que Ford usó una serie de engaños en el supuesto mensaje desde el Más Allá de su marido, y demostró que todo era falso. Por otro lado, Conan Doyle se fue a la tumba muchos años después (el 7 de julio de 1930) totalmente convencido de que el mundo de los espíritus era real.

Para hecernos una idea de la importancia que Conan Doyle tenía sobre el movimiento espiritista, el día de su muerte, una multitud de unos 8 mil espiritistas se reunieron en el Royal Albert Hall de Londres para homenajear al escritor. Entre la multitud, una famosa medium inglesa llamada Stelle Roberts dijo que vio entrar a Conan Doyle a la sala y sentarse junto a ella.

Los meses posteriores, muchos mediums aseguraron haber entrado en contacto con el escritor; sin embargo, tuvieron que pasar cuatro años para que, finalmente se realizara una sesión espiritista multitudinaria con la finalidad de escuchar lo que sir Arthur Conan Doyle tenía que decir desde el más allá.

El 28 de abril de 1934, un medium llamado Noah Zerdin invocó a Arthur Conan Doyle en medio de una multitud en Aeolian Hall de Londres y, con ayuda de un fonógrafo, grabaron la voz del escritor (o al menos eso decían ellos). Para los muy curiosos, se puede encontrar en internet la supuesta grabación de esa sesión.

El caso de Charles Dickens es algo distinto, pues realmente en el escritor confluían el escepticismo y la curiosidad por el mundo de lo sobrenatural; una curiosidad que le llevó a obsesionarse con el tema, algo por cierto muy habitual, y que estoy convencido más de uno de los que lean este artículo habrán experimentado de jóvenes si es que en algún momento tuvieron una época de participar en Ouijas.

Dickens asistió a numerosas sesiones de espiritismo organizadas por El Club de los Fantasmas (una sociedad fundada en Londres en 1862 dirigida a investigar fenómenos paranormales, y de la que formarían parte años después Arthur Conan Doyle, el poeta W.B. Yeats, o Algernon Blackwood entre otros), con la intención de convencerse de que todo era un fraude, pero lo cierto es que en su interior quería creer que ese mundo existía.

El Club de los fantasmas sigue existiendo en la actualidad, por cierto.

Lo paranormal es de hecho un elemento muy importante en la carrera literaria de Dickens. A lo largo de su vida escribió más de dos docenas de historias de fantasmas, muchas de ellas pequeños relatos incluídos dentro de novelas más extensas, como Los papeles póstumos del Club Pickwick (mi obra favorita de Dickens), Nicholas Nickleby, o Casa desolada, aunque probablemente sus historias fantasmales más conocidas sean sin duda Un cuento de Navidad y El guardavía. En el primer capítulo de la novela David Copperfield se dice que el niño nació un viernes a las doce de la noche y que podía ver fantasmas.

Como curiosidad, de todos es conocido que Charles Dickens falleció en 1870, dejando inacabada su obra El misterio de Edwin Drood, una de esas obras malditas sobre las que se han escrito miles de teorías.  Pues bien, en 1872 comienza a circular una historia según la cual el fantasma de Charles Dickens habría contactado con un médium americano llamado Thomas P. James, para dictarle el final de El misterio de Edwin Drood. El propio James afirmaba haber sido un incrédulo del mundo del espiritismo (algo que se demostró que era falso, pues asistía regularmente a sesiones), hasta que un día asistió casualmente a una sesión y cayó en trance, y con un lapicero empezó a escribir una extraña comunicación que le transmitía el propio Dickens, diciendo que desde el mismo día de su muerte había buscado a un médium para dictarle el final de su novela, y que por fin había encontrado uno adecuado. Además, el escritor le habría propuesto que le dedicara horas, y que Dickens se encargaría de ir dictándole el final de la novela. Cumplió el mandato que recibió y según algunas versiones el resultado de fue asombroso, pues aseguran que el estilo con el que finalizó la novela era tan parecido al del propio Dickens que parecía que el final de la obra había sido escrito por el propio autor desde el otro mundo. Yo personalmente me he negado siempre a leer cualquiera de las múltiples versiones que existen sobre el final de la obra incabada de Dickens, así que no puedo opinar al respecto.

Me gustaría aprovechar para recomendar desde aquí la lectura de La Soledad de Charles Dickens, una infravalora novela de Dan Simmons en las que se nos ofrece una interesante versión de los últimos días de Charles Dickens a raíz de un accidente ferroviario que le cambió la vida, y en la que se presenta una fascinante explicación sobre el misterio de Edwin Drood.

¿Y qué pasa con el espiritismo en la literatura española? Hay que tener en cuenta que el espiritismo ha sido considerado durante muchos años un tema tabú en sociedades como la española, fuertemente influenciadas por la religión católica, ya que el mundo de los espíritus choca frontalmente con las premisas de la religión.

Aún así, en consonancia con lo que estaba pasando en el resto de Europa, llega en 1853 a España el fenómeno de las mesas giratorias, con toda la parafernalia habitual de la época, y entre abril y julio de ese mismo año se desata una auténtica epidemia espiritista, que llama la atención incluso de la prensa médica y científica de la época.

La propia reina, Isabel II, acompañada del resto de la familia real, se deja seducir por el fenómeno, y celebra en su residencia de Aranjuez una sesión, contando con la presencia de una familia vecina de la localidad, famosa por sus dotes como mediums.

Por supuesto Su Majestad y el resto de la familia real permanecen ajenos físicamente al experimento, manteniéndose observantes a distancia, haciendo que participen directamente sus criados, oficiales y caballerizos.

A nivel literario, podemos encontrar rastros del espiritismo en la mayor parte de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), en cuya obra el mundo no visible tiene una constante presencia, y del que hay indicios de que podría haber participado directamente en sesiones espiritistas que estaban comenzando a celebrarse en España. Posteriormente, autores como Valle-Inclán (1866-1936), especialmente en La Lámpara Maravillosa y en Ligazón; o Eduardo Zamacois (1873-1971), que, sobre todo en su fascinante “El Otro” (1910), también deja muestras del mundo del espiritismo en su obra. En esta terrorífica novela, Adelina y su amante Juan Enrique Halderg, asesinan al doctor Riaza, el impotente y sádico marido de Adelina. Al recomponer sus vidas juntos, comienzan a sentir una presencia acechante que a mi me recuerda a la figura del Horla de Guy de Maupassant. La sombra del muerto, del otro, parece interponerse entre su amor, hasta el punto de convertirse en un íncubo que va reconquistando a la viuda y debilitando la virilidad del amante, que poco a poco va enloqueciendo y acaba suicidándose después de haber matado a Adelina. Una fascinante novela que invita a que el lector se plantee diversas cuestiones sobre el más allá.

Otra autora que se tomó muy en serio el tema fue Carmen de Burgos (1867-1932), más conocida como Colombine, pionera del periodismo y de los derechos de la mujer, publicó en 1922, “El Retorno: novela espiritista”, en la que recoge sus experiencias espiritistas vividas en Portugal, narradas en un tono serio que en ocasiones parece una novela de terror. No es la única obra de Colombine relacionada con el mundo del Más Allá, como ocurre también en “La voz de los muertos” o en “Los endemoniados de Jaca”. Otra de esas autoras totalmente borradas de la historia a raiz de la irrupción del franquismo que merece la pena recuperar.

También me gustaría mencionar la visión de la literatura más bohemia sobre el fenómeno del espiritismo, que en ocasiones no se tomaba demasiado en serio el fenómeno.  Pío Baroja confesó haber asistido a varias sesiones espiritistas, que suelen tener como resultado, según recuerda en sus Memorias, “que alguna criada quede misteriosamente encinta, a resultas de sus supuestos encuentros con los espíritus”.

Por supuesto otro caso similar es el de mi admirado Emilio Carrere, que en novelas como El Sexto sentido o Un crimen inverosímil da muestra de su interés por el tema, pero no parece acabe por tomárselo demasiado en serio; y qué decir de Pedro Muñoz Seca, que en La Plasmatoria (1935) resucita a Don Juan tenorio en una desternillante parodia de una sesión espiritista.

Para terminar esta “breve” introducción, me gustaría mencionar la figura de Amalia Domingo Soler (1835-1909), la gran dama del Espiritismo español, y que fue en su momento la máxima defensora de un movimiento que no se limitaba únicamente al terreno de lo sobrenatural, sino que acabó convirtiéndose en todo un movimiento político. Como prueba, en un congreso espiritista internacional celebrado en Barcelona en 1888 y del que Amalia fue vicepresidenta, se aprobaron una serie de principios del movimiento, y que en esos momentos resultaba absolutamente revolucionario. Por citar tan solo algunos de estos principios, se incluían la Reinvindicación de la igualdad entre géneros y liberación de la mujer; Enseñanza laica; la abolición completa de la esclavitud; la supresión gradual de las fronteras políticas o el desarme de los ejércitos, sin olvidar que se pedía la Interpretación del espiritismo en calidad de religión laica, antiautoritaria, igualitaria y socializadora.

Creo importante destacar el peligro que la Iglesia católica vio en el creciente interés por el espiritismo, en tanto en cuanto podía suponer una grave competencia, y de hecho en España se produjeron constantes enfrentamientos que ahora no viene al caso detallar.

La Carta Encíclica del Santo Oficio del 1856 alertó contra la evocación de las almas de los difuntos, así el 4 de agosto de 1856, vista la difusión del fenómeno del Espiritismo, el Santo Oficio declaró “ilícita, herética y escandalosa, la práctica de evocar las almas de los muertos, y recibir sus respuestas”.

El 1 de febrero de 1882, la Sacra Penitenciaría declaró ilícito incluso tan sólo asistir a las sesiones y a los juegos espiritistas.

El Catecismo de S. Pío X de 1905 recoge que “Todas las prácticas del espiritismo son ilícitas porque son supersticiosas y no están inmunes de la intervención diabólica, y por eso fueron justamente prohibidas por la Iglesia”.

Lógicamente, la guerra civil española y el inicio de la larga dictadura de Franco supusieron un parón en seco del incipiente movimiento espiritista en España.  La Iglesia católica veía en este tipo de movimientos un enemigo claro, y dada la estrecha relación Iglesia-Estado que se estableció durante la dictadura de Franco, el espiritismo desapareció, al menos oficialmente. Todos los libros espiritistas fueron prohibidos, y retirados de las librerías.

Este folletín, de principios del siglo XX, no sería posible tras la guerra civil

El 1 de marzo de 1940, apenas un año después de acabar la guerra civil, apareció la “Ley sobre la Represión de la Masonería y el Comunismo”, que extendía todos sus preceptos a otras organizaciones como la espiritista. Aunque esta Ley no consideraba la pena de muerte, establecía penas de cárcel de hasta treinta años de cárcel, destierro, y la inhabilitación perpetua y absoluta para cargos de dirección de empresas y organismo públicos y privados.

La censura empezó a actuar, de modo que ninguna nueva publicación pudiera incluir entre otras cosas, ningún aspecto que supusiera una defensa del espiritismo.

Con este marco jurídico y social, ya podéis imaginar el margen que tenía la novela popular de posguerra para incluir cualquier referencia al espiritismo, que solo podría aparecer para ser ridiculizado y siempre asociado como un elemento oscuro o terrorífico. Precisamente, uno de los logros de la Iglesia católica a lo largo de este gris periodo de la historia de España fue lograr que la gente viera el espiritismo -que recordemos que nació curiosamente como una corriente científica y como un movimiento casi filosófico- como un fraude que podía poner en peligro nuestras almas.

Como suele ser habitual en este tipo de artículo que se centran en un tema concreto, no pretendo bajo ningún concepto el realizar una relación exhaustiva de novelas en las que aparezca el espiritismo. La novela popular es sencillamente inabarcable, y por ello únicamente quiero dar unas pequeñas pinceladas de cómo se trataba el tema.

Aunque siempre ha sido habitual en la novela popular la presencia de fantasmas, la censura no permitía la aparición de elementos espiritistas, entendiendo como tal la convocación voluntaria de los espíritus para hacerles preguntas. Tan sólo a partir de los años 70, con la dictadura dando sus últimos coletazos y la censura ya muy suavizada, es cuando podemos encontrar referencias claras al espiritismo en la novela popular de quiosco, y como es lógico, de forma casi exclusiva en el género de terror, pues en este momento la imagen del espiritismo ya era la de algo clandestino y terrorífico.

En mi búsqueda sobre novelas populares que traten el espiritismo, he localizado bastantes referencias, de las que sólo mencionaré unas cuantas, intentando recoger el mayor número posible de autores, entre los que encontraremos a Curtis Garland, Silver Kane, y, sobre todo, Ralph Barby, sin lugar a dudas el autor que en más ocasiones recurre a este tema, que intuyo conocía muy bien.

Por lo que he podido saber, gracias a la propia hija de Curtis Garland (muchas gracias, Mercedes), Juan Gallardo Muñoz, acompañado de su esposa Teresa, tuvo de forma ocasional contacto con el mundo del espiritismo, al participar en varias sesiones que imagino que en aquellos años debían practicarse en domicilios particulares de forma clandestina. Por lo visto, lo dejaron porque se estaba convirtiendo en algo muy intenso, una sensación que creo que puede entender perfectamente todo el que de joven haya participado alguna vez en sesiones similares o con la célebre Ouija. Algo que empieza como un juego, puede convertirse en una peligrosa obsesión. Para todos los que conocemos mínimamente la obra del autor, no sorprende descubrir el hecho de que se interesara en un momento dado por el espiritismo, en una persona de amplia cultura que aparentemente sentía curiosidad por absolutamente todo lo que le rodeaba. Mercedes me comentaba que pensaba que su padre tenía para muchas cosas una mentalidad de finales del siglo XIX, momento en el que el espiritismo experimentó su mayor auge. Yo simplemente creo que era un genio atemporal.

Lo que daría yo por conocer a fondo los detalles de esas sesiones de espiritismo en las que participó Curtis, y saber a quién se invocaba.

El caso es que la experiencia debió dejarle huella, pues es bastante frecuente encontrar referencias al espiritismo en sus obras, y aunque trata el tema desde un punto de vista terrorífico, al menos en sus novelas no resulta ser un fraude, y se nota que dominaba la materia por la cantidad de detalles que aporta.

Ya en la primera novela que publicó para la colección Selección Terror (Anoche salí de la tumba, nº2, 1973), hay una escena al respecto, con la esposa de un hombre recién fallecido haciendo una sesión espiritista para contactar con su marido. En ella aparecen todos los elementos típicos de una sesión de este tipo, con el círculo de manos, la médium, e incluso la mención a un espíritu burlón.

En Viaje hacia el horror (Selección Terror nº 187, 1976), se hace mención a realizar una sesión de espiritismo a bordo del Sally Ann, uno de esos barcos malditos de los que ya hablé en una reseña de este mismo blog dedicado al Terror en alta mar.

En Morgana (Selección Terror Extra nº 18, 1983), la histortia gira alrededor de Morgana de Wilders, una mujer acusada a finales del siglo XIX de practicar espiritismo y convocar a los muertos. Durante la novela se produce alguna sesión de espiritismo, con un interesante comentario de uno de los protagonistas: “Hacer una sesión de espiritismo no es delito aquí, salvo para el reverendo Moore”, en referencia a la visión de la Iglesia sobre el tema.

En Dinastía diabólica (Selección Terror nº 487, 1982), el autor nos ofrece una curiosa visión científica del espiritismo que no chocaría con la religión:

Si existen los espíritus, es que existe otra vida. Si esa otra vida existe, es que existe Dios. Y si existe Dios, existe el demonio, del mismo modo que, si existe el Bien, tiene por fuerza que existir el Mal.

Una conjetura fría y lógica —aceptó el regente de Morgenstein—. Pero yo no digo que los espíritus sean obra simplemente de la existencia de otra vida ultraterrena, sino que pueden materializarse, quizás, a través de nuestra propia mente.

—Ya veo. El espiritismo, según eso, seria simplemente un fenómeno parapsicológico, creado por la mente humana.

—Es posible científicamente, ¿no?

—Por supuesto. La ciencia sólo admite esa clase de fenómenos como resultado de una sugestión o de un hecho parapsicológico, obra del propio ser humano. Pero la ciencia no siempre lo explica todo.”

Permítanme que no me extienda más con Curtis Garland, para dar paso a otros autores.

Un caso muy interesante es el de la novela Sonata maquiavélica (Punto Rojo nº 258 de Bruguera, 1967), de Frank Caudett (Francisco Caudet Yarza), un autor que era íntimo amigo de Juan Gallardo Muñoz, así que cabe la posibilidad de que compartieran en algún momento afición por el mundo del espiritismo.  Lo interesante de esta novela es que se publicó en 1967, en medio de la dictadura de Franco, aunque es cierto que en estos años la censura ya no era tan incisiva como unos años atrás.

En la novela, en la que por cierto aparece un personaje llamado Kent Davis (uno de los pseudónimos de Juan Gallardo Muñoz), dos mujeres que no se conocen entre sí reciben una misteriosa llamada telefónica en las que les aseguran que pueden contactar con sus maridos, recientemente asesinados y decapitados, a través de una médium, y para ello les invitan a que acudan clandestinamente a un viejo caserón aparentemente abandonado, con la amenaza de que, si se lo cuentan a alguien, se reunirán con sus maridos en el Más Allá.

Una interesante premisa no tan bien desarrollada en la que el espiritismo y la Sonata pathétique n° 8 de Beethoven tienen un protagonismo decisivo, y en la que, como no podía ser de otra forma en esos años, se muestra una imagen del espiritismo como un fraude para sacar dinero a la gente.

En Yo volví del más allá (Punto rojo nº 1.119 de Bruguera), de Rocco Sarto, se nos presenta a Elmer Fallon, considerado el mejor médium de Nueva York, un hombre que ha recibido un mensaje de los espíritus en el que le avisan de que va a ser asesinado. A través de Fallon se manifiesta una tal Gloria Mendoza, un espíritu que vuelve del Más Allá para vengarse, ordenando a tres hombres que atraquen un banco…

Lou Carrigan nos presenta al principio de Juegos de Cementerio (Selección Terror nº 440, 1981) a ocho personas que se encuentran alrededor de una mesa realizando una sesión de espiritismo, haciendo las clásicas preguntas que el espíritu responde dando un golpe en la mesa cuando la respuesta es afirmativa. Los protagonistas de la sesión se la toman a modo de broma, haciendo preguntas absurdas y aprovechando para meter mano a la chica que tienen al lado. Se presenta por tanto el espiritismo como un juego de mesa más, sin ningún viso de verdad. A partir de aquí la novela toma derroteros distintos, muy interesantes, en una historia que perfectamente podría haber sido adaptada para un episodio televisivo de Alfred Hitchcok presenta. Muy representativa esta novela para reflejar esa visión del espiritismo como un juego, que tan de moda se puso en los años 70 y 80 en España. Por lo que he podido leer de Lou Carrigan en el género del terror, es un autor que huye de los argumentos sobrenaturales, posiblemente porque considera este tipo de elementos un mero fraude, y por ello recurre con frecuencia al típico Mad Doctor en sus argumentos.

Silver Kane recurre al espiritismo en Tres noches con los espíritus (Nº 333 de Punto Rojo de Bruguera), una novela supuestamente policiaca, pero que podría haber sido publicada perfectamente en Selección Terror, algo que ya he comentado en otras ocasiones. En la novela, la clásica historia sobre una herencia con cláusula excéntrica, los herederos se ven obligados a pasar 3 noches en una siniestra mansión, en la que no se les ocurre otra cosa que celebrar una sesión de espiritismo. Nuevamente vuelve a recurrirse al tema como un elemento terrorífico.

El siempre interesante Burton Hare también nos deja una interesante historia de espiritismo en Cita con los espíritus (Selección Terror nº 197, 1976). Una historia que se desarrolla en una mansión del siglo XVIII llamada Shadow House ya promete de antemano. Allí ha decidido ir a vivir un millonario espiritista llamado Robert Huntsville con su nueva y flamante esposa, Eva Allen, y con ellos se encuentra temporalmente de visita su prima Patricia, una periodista que quiere escribir sobre la siniestra casa. Una noche, Patricia cree sentir una extraña presencia en su habitación, y tras comentárselo a sus anfitriones, su primo Robert decide realizar una sesión de espiritismo en la casa esa misma noche junto con un matrimonio amigo de Eva que también está de visita. Robert intenta convocar el espíritu de su fallecido hermano George, dando lugar a una terrorífica trama que no destriparé.

El caso es que vuelve a emplearse el espiritismo como algo siniestro, ofreciendo esa visión de que el intentar contactar con los difuntos siempre trae consecuencias funestas.

Del mismo Burton Hare nos encontramos con La venganza de los espíritus (Selección Terror nº 580, 1984), donde volveremos a tener otra terrorífica sesión de espiritismo en una noche de tormenta dirigida por Amos Lundgrem, con el habitual círculo de manos alrededor de una mesa redonda que se mueve sola. Amos Lundgrem invoca a su fallecido hermano Geoffrey. Pues bien, puedo confirmar que La venganza de los espíritus no es más que la reescritura de Cita con los espíritus. Se han cambiado los nombres de todos los personajes, y se ha hecho una nueva redacción, por lo que en apariencia son dos novelas diferentes, pero el argumento es prácticamente idéntico en ambos casos.  Aquí la casa se llama Black House en lugar de Shadow House, pero se repite lo de la prima viviendo con el matrimonio reciente, el millonario espiritista, la sesión en la que se invoca al hermano muerto, y el desenlace de la historia. Los autores de bolsilibros eran unos genios en esto de colar obras antiguas como nuevas, aunque hay que reconocer que en este caso el engaño no es tan evidente como en otros que hemos analizado en este mismo blog, y en los que apenas se cambiaba nada.

Ada Coretti, reina del Gore (con permiso de mi admirado Adam Surray), también nos regala una peculiar sesión de espiritismo en Los muertos quieren vivir (Selección Terror nº 556, 1983), una historia en la que no faltan las habituales escenas truculentas de la autora y en la que una especie de mago llamado Orson Wyn, que dice tener entre otros poderes el de devolver la vida a los muertos, organiza una sesión para invocar el espíritu de una joven muerta recientemente con la intención de resucitarla. Sin ser exactamente una sesión espiritista de las que estamos analizando, en el libro sí se hace mención al espiritismo más convencional, aunque de una forma superficial que denota que no es un tema que dominara la autora.

El autor que he dejado para el final es Ralph Barby, que probablemente sea el que más títulos tiene relacionados con el espiritismo, y que demuestra conocer el tema en profundidad.

En Pensión de París (Selección Terror nº 189, 1976) tienen gran protagonismo Marguerite y Hortense Magenta dos ancianas hermanas que regentan una pensión parisina, y que comparten una gran afición por el espiritismo, que practican con unos extraños instrumentos.

En Foto Sex (Selección Terror nº 173), la joven Lumiére asiste aterrada a la horrible e inexplicable muerte de su anciana tía, que está a su cuidado, y acaba encerrada en un centro psiquiátrico. Al poco tiempo la dejarán salir al no haber pruebas en su contra y un joven policía encargado del caso intentará ayudarla a investigar la extraña muerte de su tía, de la que el principal sospechoso es un misterioso espiritista llamado Joverek.

En Regresa a tu sepulcro (Selección Terror nº 397,  1980) un grupo de personas deciden realizar una sesión espiritista en la Maison des Arbres, una vieja casa de huéspedes a la que han llegado de forma accidental,  y deciden contactar con el espíritu más cercano. El autor da todo tipo de detalles sobre el desarrollo de una sesión espiritista, con las habituales palabras de invocación, y el código de golpes para las respuestas del espíritu invocado (Tres golpes es presencia, un golpe, sí; dos, no), demostrando una vez más que conoce bien el tema.

El caso es que a la invocación responde una joven llamada Aurore, que dice no estar en paz en el mundo del Más Allá.

En la novela Alguien pintó el mal (Selección Terror nº 425, 1981), el juez Cunning saca de forma clandestina durante la noche a Dorothy Ambross con la complicidad de la enfermera Laura Berner. Los tres se dirigen a una pequeña isla, donde son recibidos por Aldo Wassermann, sobrino de Florence Wassermann, en el único caserón que ocupa la isla. El motivo de tan extraña reunión: celebrar una sesión de espiritismo en el caserón, que tiene fama de estar encantado, y el motivo de llevar a Dorothy es que supuestamente es una médium extraordinaria. El plan es celebrar la sesión para contactar con una tal Natalie Norton, para descubrir al hombre que la asesinó dos años atrás.

En el libro toma un gran protagonismo el espiritismo, y se hace referencia a temas como los supuestos poderes de Hitler como Medium, o al empleo del espiritismo en la resolución de ciertos crímenes.

En Profesor de espiritismo (Selección Terror nº 348, 1979) nos encontramos con un moderno edificio de oficinas llamado Midas Buiding en el que se están produciendo una serie de extraños sucesos sobrenaturales de los que parece ser responsable un horrendo fantasma. Los dueños del Midas Building recurren al profesor Wassermann, catedrático universitario, experto en espectrología, ocultismo y otras ramas de la paraciencia, para que intente resolver el misterio, y por supusto tendremos una sesión de espiritismo clásico, con su círculo, médium, y toda la parafernalia habitual. Ralph Barby vuelve a dar muestras de conocer perfectamente el mundo de la parapsicología y del hipnotismo, y nos obsequia con la siguiente reflexión de boca de uno de los protagonistas de la novela:

El espiritismo no es una afición para quien cree en ello, sino una doctrina, aunque para la mayoría de la gente sea una estupidez y un engaño. Claro que muchos de los que pueden decir tales cosas sobre los espiritistas no irían con uno de ellos a un cementerio y de noche

Esta novela es un perfecto ejemplo de algo que no habría sido posible publicar durante la dictadura, dado que da una visión del espiritismo casi como una rama científica, algo impensable unos años atrás.

Otra muestra más que prueba el amplio conocimiento de Ralph Barby en temas parapsicológicos es Mis amigos los muertos (Selección Terror nº 320, 1979), en la que, aparte de múltiples referencias al espiritismo, adquieren una gran importancia en la trama las psicofonías.

En Oui-ja para Recordar (Selección Terror nº   609) Nadia Darwis, una mujer con un trauma infantil oculto, acaba de salir de un hospital psiquiátrico, donde ha permanecido ingresada durante dos meses por orden judicial tras haber sufrido un extraño accidente. Al reincorporarse al trabajo, empieza a rehacer su vida con un grupo de nuevas amistades, a los que les ofrece pasar un fin de semana en una alejada casa de montaña propiedad de sus padres que se encuentra en Black Hills, cerca de un lugar que llaman el cementerio de los gambusinos. La intención de Nadia es afrontar sus traumas infantiles, que sospecha están asociados con esa casa familiar, pues allí murió su hermano Louis ahogado cuando tan solo tenía 8 años. De este modo, Nadia y sus nuevos amigos Maxwell, Micky, Sheila, Peter, Arthur, y Lizzy, inician un viaje que tendrá funestas consecuencias, pues cuando están allí, Sheila propone jugar a la Ouija, lo que, como ya os podéis imaginar, no acabará nada bien. Otra gran historia de Ralph Barby que consigue momentos verdaderamente inquietantes a lo largo de la trama, especialmente la sesión de ouija, que a mi al menos me causó auténtico miedo.

Es interesante el tratamiento que se da a la Ouija en la novela, pues coincide con la imagen popular que existe sobre la misma. Lo que supuestamente no es más que un simple juego, acaba siendo una prueba individual para todos aquellos que presumen interiormente de no creer en el Más Allá. Si me atrevo a jugar con la Ouija, me demuestro a mi mismo que todo eso no son más que tonterías. El problema es que casi todo el mundo se da cuenta de que en el fondo no tiene tan claras sus ideas al respecto.

No quiero extenderme más, porque hay muchas más novelas de Raph Barby en las que emplea el espiritismo como un recurso importante dentro de sus tramas (Las maravillas de ultratumba, Carta a los espíritus de los muertos, Tengo miedo, ayúdame…).

Debo destacar que el propio Ralph Barby confirmó haber investigado durante un tiempo diversos temas relacionados con la parapsicología, entre los que por supuesto se encontraba el espiritismo. Al margen de consultar libros sobre el tema, asistió a seminarios de los parapsicólogos y científicos Óscar González Quevedo y Linares de Mulas, entre otros expertos sobre el tema.

Es una lástima que no puedo comentar una novela de la colección Easa Terror llamada Ouija (nº 208 de la colección), obra de Russ Tryon, seudónimo de Francisco Cortés Rubio, más conocido en el mundillo de la novela popular como Frank McFair, un autor que me interesa especialmente y del que me hubiera encantado mostrar su visión del espiritismo. Por desgracia, no dispongo de un ejemplar de la novela.

Y sin más, queridos lectores, tras haberos invocado, apago las velas, y rompo el círculo de manos.

Alberto Sánchez Chaves. Abril, 2021.

LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN (IV): RICHARD SHARPE SHAVER Y LOS MUNDOS DE LA LOCURA

Supongo que los lectores de este blog entienden perfectamente la diferencia entre fantasía y realidad, a pesar de vivir en un mundo en el que la sobreinformación a la que estamos expuestos nos haga a veces imposible distinguir dónde se encuentra la frontera entre lo real y lo imaginario.

Pues bien, voy a exponer un curioso caso en el que una famosa revista Pulp hizo creer a sus lectores que una serie de fantásticos relatos eran completamente reales.

La mítica Amazing Stories fue la primera revista estadounidense que se dedicó de forma exclusiva a publicar relatos de ciencia ficción. Lanzó su primer número en abril de 1926, publicada por la editorial Experimenter Publishing, propiedad de Hugo Gernsback. Antes de su aparición ya se publicaban relatos de ciencia ficción en otras revistas, pero Amazing fue la primera en dedicarle un espacio exclusivo, lo que contribuyó a consolidar el género dentro de la literatura Pulp, en la que hasta entonces reinaban el western, la aventura, y el género policiaco.

El hecho es que Amazing Stories se convirtió en una revista de referencia mundial, logrando sobrevivir a todo tipo de incidencias y cambios hasta su definitiva desaparición en el año 2005.

Precisamente uno de los mayores cambios que experimentó la revista se produjo por la súbita aparición de Richard Sharpe Shaver. En septiembre de 1943, un lector de Amazing, comenzó a mantener correspondencia con Raymond A. Palmer, el editor de la revista desde 1938. Este lector no era otro que Richard Shaver, que en sus cartas narraba una serie de fantásticos hechos que aseguraba haber vivido en primera persona. Tan fascinantes resultaron ser sus narraciones, que Palmer acabaría convenciéndole para que escribiera algo para la revista, con la peculiaridad de que decidió darse un giro editorial de 180 º al empezar a venderse los relatos publicados como hechos reales.

Richard Shaver, a principios de los 70´

¿Pero quién era Richard Sharpe Shaver?

Richard nació el 7 de octubre de 1907 en Virginia, ciudad en la que pasó sus primeros años hasta que su familia se traslada a Berwick (Pensilvania), en el año 1910. Cuarto hijo de cinco de Ziba y Grace Shaver, sobre su infancia y juventud no hay demasiados datos, aunque por lo visto, el hecho de que su madre escribiera posesía y que su hermano mayor ya vendiera desde muy joven diversos cuentos a publicaciones de poca monta, le inculcaron desde muy pequeño el interés por la literatura. Resulta inquietante que, según comentó el propio Richard en una carta, desde muy pequeño tenía dos amigos imaginarios -uno bondadoso y otro malvado-, con los que hablaba constantemente.

Dibujo de Sphie Gurvitch
Dibujo de Sophie Gurvitch

En 1929 se traslada a Detroit con su familia, ciudad en la que empieza a buscarse la vida, en labores tan dispares como hacer de modelo posando desnudo en clases de pintura, o fabricando alcohol en la bañera de su casa en plena ley seca. En 1930 se introdujo brevemente en una organización comunista, y comienza a dar clases de pintura en una escuela en la que acaba conociendo a Sophia Gurvitch, una mujer cuatro años mayor que él, de ideología comunista y nacida en Ucrania con la que contrae matrimonio en 1932 (el 29 de junio, para ser precisos). A finales de ese mismo año nace su hija Evelyn Ann Shaver. Según relata el propio Shaver, en 1932 empieza a trabajar en una fábrica de coches, lugar donde empieza a experimentar una serie de sucesos inexplicables que acabarían narrados en la revista Amazing Stories. Según contaba Shaver a Palmer en sus cartas, “empezó a notar que una de las pistolas de soldar de su lugar de trabajo, debido a algún fenómeno extraño de sintonía en torno a la bobina, le permitía escuchar los pensamientos de los hombres que trabajan a su alrededor”.  No sólo eso, sino que días más tarde empezó a oír telepáticamente cómo una serie de entidades malignas en profundas cavernas del interior de la tierra sometían a alguien a horrendas torturas. En cartas posteriores Shaver ofreció todo tipo de detalles de cómo de cómo decidió abandonar su trabajo en la fábrica para convertirse en un vagabundo durante unos años, hasta que en su peregrinaje descubrió por primera vez el mundo de las cavernas ocultas de la mano de una mujer ciega llamada Nydia.

Eso es lo que Shaver contaba en sus cartas a Palmer.

La realidad es que, como podéis imaginaros, Shaver desarrolló un problema de salud mental y en 1934 se produjo una grave crisis: en febrero de ese mismo año murió de una neumonía su hermano mayor, Taylor Victor Shaver (Tate), al que estaba muy unido, lo que posiblemente influyera en un empeoramiento de la enfermedad de Richard. A partir de ahí empezó a decir que su hermano había sido asesinado, fruto de una conspiración.

Para ser más precisos, Richard estaba convencido de que un demonio llamado Max era el responsable de la muerte de Taylor, e incluso aseguraba que la cosa que le mató -y que ya habría matado a mucha más gente-  le perseguía desde entonces y hablaba con él constantemente.

El 16 de julio de 1934, lo llevaron a la sala de emergencias del Detroit Receiving Hospital, donde dijo que sentía que lo vigilaban y lo seguían y que temía que los médicos lo envenenaran. El 27 de julio, su esposa solicitó que lo ingresaran, y el 17 de agosto fue admitido en el Hospital Estatal de Ypsilanti, una institución que en aquellos años lo mismo funcionaba como residencia de ancianos que como manicomio.

Aunque en la mayor parte de los sitios que pueden consultarse siempre se lee que el paradero de Shaver en los siguientes ocho años es un misterio, la verdad es que sí hay bastante documentación al respecto. La confusión viene porque Ray Palmer expresó en una entrevista en 1977 y en su obra autobiográfica The Secret World, que Shaver había pasado este tiempo en un estado catatónico en una institución psiquiátrica.  La realidad es que Shaver efectivamente ingresó en el hospital estatal de Ypsilanti en 1934, pero fue dado de alta en 1936.

Ese mismo año, poco antes de que Shaver saliera del hospital, su esposa Sophia, que tenía tan sólo 33 años, murió electrocutada en su apartamento. En ese momento su marido seguía ingresado en un hospital mental, y su hija, que tenía tan solo dos años, estaba hospitalizada en el Herman Kiefer Hospital, con escarlatina. Dos hombres la encontraron muerta en la bañera, con un calentador eléctrico dentro del agua. Oficialmente se consideró un accidente. Su hija fue acogida por sus abuelos maternos, quienes también recibieron la custodia en 1937, dado el estado mental de Richard.

Podemos imaginarnos a Shaver, recién salido del hospital, encontrándose con la muerte de su esposa, y con unos abuelos maternos que posiblemente le culparían de la muerte de su hija, y que bajo ningún concepto querían que se acercase a Evelynn, convencidos de que estaba completamente loco.

Evelynn vivió por tanto con sus abuelos, que le dijeron que su padre había muerto. De este modo creció sin un recuerdo de su padre, y ni tan siquiera su apellido, pues se crió como Evelyn Ann Gurvitch y más adelante pasó a ser Evelyn Ann Bryant, tras adoptar el apellido del hombre con el que se casó, y con el que se fue a vivir a Israel. Nunca volvió a ver a su padre en vida, aunque acabó sabiendo toda la verdad, y en 2003 visitó su tumba, donde reposa junto a su última esposa, Dorothy.

La horrenda situación que se encontró Richard al salir del hospital le hizo enloquecer completamente, y acabó huyendo, deambulando por todo el país como un vagabundo, víctima de todo tipo de visiones, trabajabando aquí y allá en cualquier chapuza que le saliera, y finalmente, metiéndose en problemas con la ley, pues fue detenido en 1937 en canadá, donde fue sorprendido como polizón en un barco mercante.

A principios de 1938 fue deportado desde Canadá y enviado al Grafton State Hospital en Massachusetts (de donde por lo visto intentó fugarse para ir a ver a su hija), y posteriormente transferido al Ionia State Hospital para criminales mentales en Michigan, donde permaneció otros 5 años, y donde por lo visto recibió sesiones de electroshock, algo que por cierto explicaría en parte sus visiones de los Deros torturando a humanos con avanzadas tecnologías. En mayo de 1943 fue dado de alta, y nada más salir comenzó a enviar las primeras cartas a Amazing Stories.

Durante este período de confusión, en el que apenas podía distinguir el sueño de la realidad, es cuando Shaver imagina su contacto con la niña ciega Nydia, y su visita al mundo subterráneo de Lemuria, con sus avanzadas máquinas de tiempos pasados ​​y los siniestros habitantes que aún acechaban por allí.

El caso es que cuando Richard escribió su primera carta a Amazing Stories en 1943, vivía con sus padres en Barto (un pequeño pueblo de Pensilvania), trabajando como operador de grúa en Bethlehem Steel. El 10 de junio de ese mismo año fallece su padre Ziba, en una muestra más de que la desgracia parecía acompañar a Richard.

En el número de enero de 1944, Amazing Stories publica una carta de Richard -apenas media página-, en la que éste aseguraba haber descifrado un lenguaje ancestral que él mismo bautizó como Mantong, y que resultaba ser en su opinión una prueba definitiva de la existencia de Atlantis. Intrigado por esta rocambolesca carta, fue el propio Palmer el que solicitó a Shaver más información al respecto, a lo que éste respondió con una serie de cartas en las que narraba sucesos cada vez más extraordinarios.

Se ve que Palmer se aficionó a mandar cartas, y no sólo a las revistas, pues el 29 de enero de 1944 se casa en segundas nupcias con Virginia Fenwick, una mujer de Brownsville, Texas, a la que conoció precisamente en un intercambio de correspondencia.  Virigina era una mujer polifacética (pianista, escritora, y cantante) que pensó haber encontrado un alma gemela en Richard, especialmente por el amor que ambos compartían por la literatura. En el anuncio de su boda Richard se presentaba como escritor, e incluso especificaba que su último trabajo, «Warning to Future Man» (el embrión original de I Remember Lemuria) acababa de ser aceptada para su publicación en una popular revista de ficción.

El matrimonio con Virginia fue muy efímero, y duró apenas unos meses. Supongo que Virginia descubriría muy pronto la cruda realidad de la enfermedad mental de Richard.

Virginia Fenwick, la segunda esposa

La historia narrada por Richard en sus cartas a Amazing, haría pensar a cualquier persona cabal en la existencia de un trastorno mental, pero parece ser que donde la mayoría de nosotros ve una enfermedad, Palmer vio una oportunidad, y convenció a Richard de que escribiera su historia para publicarla en Amazing. Lógicamente Palmer tuvo que retocar la historia de Shaver dotándola de una estructura más literaria y eliminando ciertos pasajes que resultaban demasiado estrafalarios o simplemente inaceptables para la época en lo referente a escenas de sexo, sadismo y antropofagia.

Dicho y hecho. En marzo de 1945 se publica en la revista Amazing Stories el relato I Remember Lemuria, primera entrega de lo que vendría a conocerse como The Shaver Mistery, toda una serie de relatos en las que el autor narraba su terrorífica experiencia personal con una antigua civilización que escondía una avanzada tecnología en las más profundas cavernas bajo la superficie de la tierra. El origen de dicha civilización se encontraba en los antiguos titanes y atlantes, que mucho antes de la aparición del hombre ya habitaban un mundo subterráneo que fue abandonado tras la desaparición de los continentes de Lemuria y la Atlántida. Una raza extraterrestre colonizó posteriormente este mundo primitivo, pero también tuvieron que abandonar la Tierra por el efecto de las radiaciones solares, dejando tras de sí unas criaturas que acabarían evolucionando en dos especies diferentes: una bondadosa llamada Teros, y otra maligna a la que Shaver bautizó como Deros, a los que consideraba responsables de la mayoría de las catástrofes y enfermedades a las que se enfrentaba la humanidad.

Insisto en que lo chocante del tema es que estas historias eran presentadas como historias reales (muy reales para Shaver, que siempre defendió que todo era cierto, pero que tuvo que suavizar el relato porque la verdad era demasiado espantosa), algo que supuso un cambio radical en una revista que hasta la fecha vendía sus publicaciones como ciencia ficción.

El caso es que esta aparente locura supuso un gran éxito de ventas, iniciando una corriente que acabaría denominándose “Shaverismo”, y que incluso hoy en día sigue vivo en algunos exóticos movimientos, como el nuwaubianismo, una particularísima secta religiosas supremacista negra fundada por Dwight York con creencias tan originales como que Hollywood narra eventos reales en todas las películas de ciencia ficción, aunque disfrazados para que nadie crea a quienes saben la verdad; o que los blancos hacen que las bebidas alcohólicas sean baratas para que los negros puedan acceder a ellas y de esa manera sus órganos puedan preservarse mejor para ser usados posteriormente en trasplantes para blancos. Simplemente fascinante. De verdad que recomiendo al lector ampliar información sobre el nuwaubianismo porque sus directrices ideológicas no tienen desperdicio.

Tras la publicación en 1945 de I Remember Lemuria, Amazing Stories continuó publicando un relato de Shaver mensualmente, siempre con la etiqueta de mezcla de realidad y ficción, comenzando así una espiral de éxitos que culminaría en una edición especial en junio de 1947 dedicada exclusivamente al Shaver Mystery. Para hacernos una idea del bombazo que supuso el Shaverismo, Amazing Stories pasó de recibir 40 o 50 correos de lectores al mes, a una media de 2.500 (la mayoría de ellos de gente que aseguraba haber pasado por experiencias similares a las de Shaver), y la revista llegó a alcanzar una tirada de más de 50.000 ejemplares.

El mítico I Remember Lemuria

La explicación de este éxito es en realidad muy sencilla: el hecho de que se presentara la historia de Shaver como cierta supuso un alivio para miles y miles de personas que oían voces en su cabeza, en una época en la que apenas se sabía nada de los trastornos mentales. Si la historia de Shaver era real, eso significaba que no estaban locos, que era como se consideraba en esos años a una persona que oyera voces.

El problema es que el éxito económico fue acompañado de una feroz crítica por parte del resto del sector editorial, que comenzó a ridiculizar a la revista y a todos los lectores que realmente pensaban que detrás del Shaverismo había algo real. Dos demoledores artículos de burla publicados en 1946 en Life y Harper’s, hicieron que el propietario de la editorial exigiera a Palmer -que acabaría siendo despedido- que limitara la cantidad de material relacionada con Shaver en la revista, lo que provocó que el exótico autor acabara despareciendo de Amazing Stories, y que la revista volviera a su senda original de publicar historias de ciencia ficción. Tras ser despedido, Palmer funda en 1947 por su cuenta Clark Publications, editorial desde la que lanzaría la revista Fate en 1948, para seguir publicando relatos que se intentaban hacer pasar como ciertos, especialmente sobre supuestos avistamientos de Ovnis, un fenómeno que se puso muy de moda a partir de 1947, en una clara prueba de que Palmer en realidad era un oportunista que supo ver las posibilidades comerciales de este tipo de relatos. De hecho, ya fuera de Amazing Stories, Palmer continuó publicando algunas historias de Shaver en diversas revistas de su nueva editorial, pero con una repercusión mucho menor de la que logró en años anteriores.

Afortunadamente para los lectores actuales, La Biblioteca del Laberinto publicó en 2010 por primera vez en España un compendio de los relatos pertenecientes al ciclo de los Misterios de Shaver, con el título Recuerdos de Lemuria, en una de esas maravillas a las que nos tiene acostumbrados esta valiente editorial. Por lo visto, en el nº 4 de la revista Delirio, del año 2009, Oscar Mariscal publicó un artículo sobre el Shaverismo, pero por desgracia no he podido conseguirlo. Sabiendo de dónde procede, estoy convencido de que aportará una información mucho más completa y jugosa que la que aparece en este artículo.

¿Y qué pasó con Richard Shaver?

El diagnóstico clínico de Shaver nunca ha quedado claro, pero todo parece indicar que padecía algún tipo de esquizofrenia o trastorno bipolar, y que probablemente no siguiera un tratamiento adecuado en su vida.

Tras salir del hospital psiquiátrico, inicia la mencionada etapa como autor para Amazing Stories, al amparo de su gran valedor, Raymond A. Palmer, un periodo que. como ya hemos indicado, dura hasta 1947. En los siguientes años, Shaver siguió publicando relatos Pulp más convencionales en otras revistas, e incluso alguna nueva entrega de los misterios de Shaver en las publicaciones de la nueva editorial de Palmer. De los primeros, he tenido oportunidad de leer “La ciudad de los hielos”, coescrita junto a Chester Geier (1921-1991), una historia ambientada en el continente antártico que reincide en las habituales obsesiones de Palmer: mundos subterráneos, y civilizaciones olvidadas cuyos descendientes han evolucionado a dos razas antagónicas (una bondadosa y sabia, y la otra, hacia la maldad más pura).

A finales de los años 50 la figura de Shaver cae prácticamente en el olvido, a pesar de que Palmer seguía haciendo de vez en cuando referencia a su obra desde la revista Fate, ligando en ocasiones el fenómeno Ovni con el Shaverismo.

A mediados de 1960, Shaver se mudó a Summit (Arkansas) con su tercera esposa, Dorothy (1911-1985), una mujer de la que no he podido obtener información alguna,  y con la que siguió viviendo hasta el final de sus días. Shaver afirmó en esta época haber descubierto una evidencia física clara de la existencia de extraterrestres en lo que él denominaba “libros de piedra”, que no eran más que unas piedras que consideraba que habían sido creadas por antiguas razas avanzadas, y en las que podían encontrarse incrustadas imágenes y textos legibles que sólo él parecía entender. Estaba convencido de que estaba logrando descifrar lo que consideraba era una auténtica biblioteca atlante prehistórica.

Uno de los cuadros de Shaver

Además de escribir sobre estos “libros de piedra”, realizó una serie de pinturas basadas en las imágenes de las rocas, y más tarde se pasó a la fotografía (la gente le acusaba de que sus pinturas eran una libre interpretación de las piedras), todo ello porque le desesperaba que los demás no conseguían ver lo mismo que él.

El 5 de noviembre de 1975 muere Richard Shaver. Fue enterrado en el cementerio de Layton en Yellville, condado de Marion, libre por fin de las voces que le persiguieron hasta el fin de sus días.

Tras su muerte, Shaver ganó cierta reputación como artista y sus cuadros y fotos se acabaron exhibiendo en Los Ángeles, Nueva York, y otras importantes ciudades de Estados Unidos, alcanzado su obra precios nada desdeñables.

Su esposa Dorothy, con la que en apariencia vivió un feliz matrimonio, falleció en 1985. 

Me gustaría dedicar este artículo a un amigo llamado Sergio, que, por desgracia, ya no está entre nosotros.

A ti, Sergio, y a todos los que como tú han oído alguna vez en su vida voces que nadie más podía oir.

Para todos los que recordáis Lemuria; tal vez los locos seamos el resto.

Alberto Sánchez Chaves. Abril, 2021

FRED HERCEY: ¿TERROR EN EL FBI?. UN RETRATO DE FERNANDO ORVISO HERCE

El blog vuelve a centrarse en lo que considero debe ser su principal objetivo, que no es otro que facilitar información de autores de novela popular de los que se habla muy poco, por no decir que han sido prácticamente olvidados. En este caso centro mi atención en Fernando Orviso Herce, un escritor sin grandes pretensiones que firmó una nada desdeñable producción de novelas populares (más de 500 títulos) del Oeste, policacas, bélicas, terror, o incluso románticas, bajo los pseudónimos de Fred Hercey (principal nombre empleado para sus novelas en Rollán), Alex Colins, y los menos conocidos Fred H. Collins (empleado exclusivamente en la colección Los Intocables) y Eduardo de Rioja (en las pocas incursiones que realizó en la novela romántica, de las que sólo escribió tres títulos).

Fernando Alejandro Orviso Herce nació en Logroño en 1926, ciudad en la que también falleció a los 81 años de edad en 2007.

Como es habitual en los autores de los que habla este blog, le tocó vivir tiempos difíciles. Quedó huérfano de padre con tan sólo 2 años, y de madre con 8, lo que provocó que unas tías suyas se hicieran cargo de él y de sus dos hermanos (la mayor, Carmen, y Eduardo, que fallecería en Rusia enrolado en la División Azul). En tan difíciles circunstancias no pudo terminar ni siquiera los estudios primarios, pues tuvo que ponerse a trabajar de carpintero con tan sólo 13 años.

Algo muy importante en la vida de Fernando es que sus tías eran taquilleras en un teatro y un cine de Logroño, lo que hizo que prácticamente cada día al salir del colegio acabara viendo una película tras otra esperando a que sus tías finalizaran su jornada laboral. El propio autor reconoció en una entrevista para ETB la importancia vital del cine en su posterior obra literaria. “Cuando tendría 7 u 8 años recuerdo haber visto Doctor Frankenstein en el cine y que luego me dejaron mis hermanos solo en casa”. También recordaba haber visto el estreno de King Kong y Tarzán de los monos, así que podemos hacernos una idea del tipo de películas que marcaron la infancia del autor.

Siendo todavía muy joven (desconozco si sus tías fallecieron o eran demasiado mayores), Fernando va a vivir con su hermana Carmen y su marido Miguel, que se hacen cargo de él hasta que el autor se casa con Matilde Fernández, con la que acabaría teniendo dos hijas. A sus nuevos padres adoptivos dedicó su primera novela: “A mis queridos hermanos Carmen y Miguel, con mi más profundo cariño”.

Volviendo a la carrera profesional de Fernando Orviso, empieza a trabajar de carpintero con 13 años, aunque el oficio sólo le dura dos meses, tras ser despedido al plantear una reivindicación salarial. Consigue entrar en una ebanistería como aprendiz, y poco después en una fábrica de conservas donde estuvo dos años haciendo prácticamente de todo, para terminar en una fábrica de radiadores de automóviles, donde consiguió la categoría de especialista, y donde permaneció durante 22 años hasta que decide dedicarse en exclusiva a la literatura a principios de los años 60, en un momento en el que el mercado de la novela popular estaba a pleno rendimiento y se podía ganar bastante dinero. 

No le duró demasiado la alegría, pues hacia mediados de los años 70 la novela popular empieza su declive, y Fernando tiene que volver a un trabajo más tradicional, primero en una fábrica de muebles, y finalmente en una bodega de denominación de origen, donde acabaría prejubilado a los 58 años de edad (en 1984), como consecuencia de una fuerte artrosis, lo que no impidió que continuara escribiendo durante un tiempo. Hacia 1974, Plaza & Janés le encargó la redacción de una historia de la Guerra Civil española, y pasó a escribir un tipo de literatura muy diferente del que venía practicando, inclinándose por la investigación histórica. La realidad es que muchos de esos nuevos proyectos –entre ellos la historia de la Guerra Civil- no vieron finalmente la luz. Entre estos proyectos destaca “Páginas Negras de la Historia”, que a causa de la censura franquista (que por entonces daba sus últimos coletazos) no fue publicada.

Respecto a cómo se introdujo en el mundo de la literatura una persona que ni siquiera terminó los estudios primarios, comenzó escribiendo durante su servicio militar en Burgos para el periódico El Escopín, y como se vio que le cogió el gustillo, escribió tras licenciarse una primera novela en 1944 (con tan sólo 18 años), que fue rechazada por la editorial: “No está mal, pero es preciso ir al grano. Sin grandes parrafadas ni encendidas retóricas”. Esa novela, “Falsos cadáveres”, sería reescrita por el autor varias veces, hasta que finalmente fue publicada por Rollán en 1959 (supuestamente en FBI, pero no he localizado el número, aunque fue reeditada en 1960 en Selecciones FBI en su nº 67).

Lejos de desanimarle, esas palabras hicieron que el autor siguiera escribiendo, intentando corregir los errores de ese primer intento, y así consigue publicar su primera novela en 1945, firmada como F. Orviso, con tan sólo 19 años: Jinetes del destino, número 29 de la colección Texas de la barcelonesa editorial Ameller.

A partir de su entrada en la por entonces poderosa Rollán, comienza a publicar de forma regular, primero de forma más espaciada (recordemos que alternaba la escritura con su trabajo en la fábrica de radiadores), hasta que consigue contratos para escribir por encargo hasta dos novelas por semana, momento en que decide dedicarse en exclusiva a escribir.

En esos momentos, el autor cobraba un fijo de 2.500 pesetas por novela del Oeste y 3.000 por policiaca, además de un 5% del porcentaje del total de ventas, por lo que de media acababa cobrando unas 10.000 pesetas por novelita. El hecho de que las ventas influyeran de forma directa en el dinero que el autor acababa cobrando provocaba que los mismos autores se preocuparan por calar los gustos de los lectores. El propio Fernado Orviso aseguró que realizó una encuesta entre el publico, para llegar a la conclusión de que los lectores preferían en el género policiaco no saber quien era el asesino hasta el final.

La mitad de las novelas del autor son del género del Oeste –el propio autor dijo en una entrevista que era el que más le gustaba-,  que además era el más demandado por las editoriales en esos años. Aún así, tengo la sospecha de que el autor empezó a sentir una cierta preferencia por el policiaco (género que empezó a publicar a finales de los años 50) y el terror (a partir de 1972), supongo que cansado de escribir tantas novelas del Oeste, y muy influido sin duda por sus largas sesiones de cine en su infancia.

Reconozco que no he podido leer ninguna novela del oeste del autor, pero me ha llamado la atención que él mismo decía que sus protagonistas siempre salían en defensa de los oprimidos, en particular de los negros y de los indios, algo que resulta cuando menos sorprendente para esos años.

Desconozco el motivo de la elección de sus seudónimos de Fred Hercey (Rollán) o Alex Colins (Bruguera), pero el caso es que el propio autor explicó en una entrevista que eran las editoriales las que le pedían que firmara con un seudónimo.

La mayor parte de su obra se publicó en Rollán y en su sucesora Andina (ahí publicó 5 títulos nuevos, y le reeditaron dos novelas ya publicadas en Terror Rollán), con el pseudónimo de Fred Hercey, y ocasionalmente como Fred H. Collins, aunque también publicó un total de 82 títulos en Bruguera firmando como Alex Colins.

Fernando supo entender muy bien el mensaje que le habían trasladado al rechazar su primera novela: Las historias debían transcurrir de forma rápida, estaban dirigidas a un lector no culto y buscaban el único fin de la diversión, de la evasión de la vida cotidiana, de sus problemas, sus presiones y sus carencias.

Por mucho que se critique desde ciertos ámbitos la literatura popular por su ausencia de calidad (algo que tampoco es cierto en todos los casos), no debemos olvidar que efectivamente iba dirigida a un tipo de público muy diferente del actual, y en un marco educativo que aún estaba muy lejos del grado de alfabetización del que gozamos hoy en día (aunque a ratos parezca que hemos dado un paso atrás). Se buscaba un objetivo muy definido, que no es otro que entretener. Gracias a ello, miles de españoles se introdujeron en el mundo de la lectura, y posteriormente darían el salto a otro tipo de literatura más elaborada. En la mayoría de los casos, esas novelas se maltrataban, se tiraban o se cambiaban por otras, pero la realidad es que lo que está claro es que se compraban para ser leídas. Aunque suene absurdo, no todos los libros tienen esa finalidad tan clara. Pensad en cuantos libros tenéis en casa que no habéis leído, y que probablemente no leeréis nunca. Con estas novelas, eso no pasaba: la comprabas, la leías, y a por otra.

Fernando Orviso Herce, un hombre sin apenas estudios, supo captar muy bien ese espíritu, conectando con el gran público a través de un estilo sencillo, pero muy ágil y con argumentos que enganchaban al lector desde las primeras páginas.

Afortunadamente, Fernando Orviso explicó brevemente de dónde sacaba las ideas para sus novelas, y la forma en que moldeaba las tramas. Nunca salió de España, así que no conocía de primera mano las localizaciones donde situaba sus historias. Su inspiración venía del cine y de otros libros, y de la documentación que amablemente le envió la embajada de EEUU (un ejemplar de la Constitución y un mapa detallado con los parques naturales y las reservas indias). “Te informabas un poco, no ibas a decir que en Montana había indios Sioux, porque eso no era así, o que en Texas había cheyennes, porque no era así”. Otras veces se basaba en experiencias personales, cambiando lugares y nombres: “El río Ebro, con el monte Cantabria, ha aparecido en más de una novela que he escrito, pero con otro nombre. Y también algún personaje, como Juanito el Manco, que tiene un bar y que ha salvado a mucha gente de morir ahogada en el Ebro”.

Hasta tal punto llegaba el tema, que él mismo decía que “El 20% son personajes ficticios, de la imaginación, y el 80% son amigos, vecinos, compañeros de trabajo o personas que has conocido alternando por ahí. Si a alguno le tienes inquina, le pones el personaje de malo o lo ridiculizas. A esos personajes es mejor dejarlos vivos, así sufren más”.

Una cosa muy llamativa de este autor es que –según decía él mismo-, al margen de su círculo más estrecho, siempre mantuvo en secreto que se dedicaba a la novela popular. Explicaba que le encantaba cuando iba a a un quiosco y veía a alguien comprando o cambiando sus novelas, o cuando iba a Barcelona y veía gente leyéndolas, aunque “nunca confesó ser su autor a aquellas personas que le leían por la calle, en los bares y en los trenes: Quizá yo sea muy sencillo pero me parecía una fanfarronada abordarla y decir que el autor de esa novela era yo”.

Esa humildad se dejaba ver también cuando hablaba de su falta de formación académica: “Yo reconozco que no tengo capacidad para intentar cosas más profundas. Pero yo quería escribir y ver mi obra en una librería”. A mi personalmente me parece una actitud para quitarse el sombrero, y cada vez me repele más cuando leo en algún sitio críticas feroces contra este tipo de autores o de literatura. Una cosa es que no guste, que lo entiendo, y otra muy distinta es que se falte al respeto a unas personas que lo único que pretendían era entretener y de paso ganarse la vida haciendo lo que les gustaba. ¿Podemos decir todos lo mismo?.

En una entrevista concedida al programa Detrás del Sirimiri de la televisión autonómica vasca, el autor pronunció unas palabras que para mi definen perfectamente a muchos de los autores de novela popular en España: “Todos nacemos para la aventura en la realidad, aunque no la hagamos nunca”. Porque seamos sinceros, la mayoría de estos escritores tuvieron que enfrentarse a tiempos muy difíciles, y tuvieron que adaptarse a lo que se les viniera encima. Que gente sin estudios como puede ser el caso de Fernando Orviso acabaran haciendo leer a millones de personas escribiendo cientos de títulos en periodos de tiempo ridículos, es, más que una aventura, un milagro.

Y volviendo al título del artículo, alguno se preguntará del porqué ese ¿Terror en FBI?. La explicación es que una de las principales características de la colección FBI de Rollán es que tenía una estructura narrativa muy clásica y definida. Las historias debían estar protagonizadas por un agente del FBI y debía predominar la acción sobre cualquier otro aspecto. Podía haber un componente de misterio, pero sin presencia de lo sobrenatural en los argumentos, a diferencia de otras colecciones como Punto Rojo o Servicio Secreto de Bruguera, donde es relativamente fácil (sobre todo en Punto Rojo) encontrar fusiones de géneros, especialmente del policiaco y del terror, incluso sugiriendo componentes sobrenaturales en las tramas.

Eso hasta que a raíz de la elaboración de este artículo me encontré con El hombre lobo, de Fred Hercey (Nº 699 de FBI, 1964). Tanto el título como la sugerente portada de Prieto Muriana invitaban a hacerse ilusiones, pero la realidad es que en esta colección ya había encontrado casos similares que acababan resultando ser tradicionales novelas sin rastro de terror en sus páginas, como por ejemplo El hombre de Whitechapel, de O. C. Tavin (nº 115 de FBI), en la que soñaba con encontrar a Jack el Destripador, sin éxito.

El caso de El hombre Lobo es completamente diferente. En la historia la presencia de un  hombre lobo es crucial, y no sólo eso, sino que hay otros elementos sobrenaturales presentes en la trama, como el fantasma sin rostro de un soldado confederado, un siniestro manicomio sobre el que parece girar toda la trama, o una supuesta maldición que afecta a la familia Garland…

La novela comienza con el agente federal Hen en busca del rastro de otro agente llamado Hardestey, del que no hay señales de vida desde que fuera enviado a investigar a varias personas acusadas de diversos fraudes, todas ellas desaparecidas en las cercanías del manicomio de Foot Hill. El caso es que la investigación de Hen le lleva a bucear hacia una gruta submarina donde encuentra el cadáver de Hardestey flotando atado a un bloque de cemento, y, lo peor de todo, a un hombre lobo y a un esqueleto vestido con el uniforme confederado que acaba disparándole, hiriéndole de muerte. Tras salir a duras penas de la gruta, acaba falleciendo, no sin antes comunicar su descubrimiento a sus superiores del FBI.

El agente Zachary Hume es enviado para intentar desentrañar tan extraño misterio, en una trama en la que pronto se verá envuelto en la maldición del último de los Garland, que incluye la presencia del fantasma de un soldado confederado, y del hombre lobo que le asesinó.

Lógicamente esta historia de corte sobrenatural, en la que se deja ver claramente la inspiración cinematográfica que comentaba al inicio de este artículo, ha llamado mi atención, y ha provocado que me fije en otras novelas del autor en FBI y Agente Federal, cuyos títulos o portadas invitan a pensar que tal vez El Hombre Lobo no sea una excepción. Terror en Madison City, El lago de la muerte, La casa de las montañas, o El último de su promoción son algunas de estas novelas que espero ir descubriendo poco a poco. Si alguien las ha leído, le invito a que comente de qué van. Tal vez nos encontremos con alguna que otra sorpresa.

Tras la lectura de esta novela, está claro que el autor no es literariamente Cervantes, ni tampoco de lo mejor que he podido leer en este tipo de literatura, con un estilo excesivamente sencillo y directo, pero la realidad es que sabe captar la atención del lector desde las primeras páginas, cumpliendo a la perfección con su objetivo, que no es otro que entretener.

No quisiera acabar este breve retrato de Fernando Orviso Herce sin dar las gracias a los periodistas que en su día publicaron diversas entrevistas con el autor, y que han sido la fuente de este artículo, que no ha tenido más mérito que hacer un compendio de aquello que he considerado más interesante, a fin de hacer más accesible la información biográfica sobre el autor.

En particular, muchas gracias a Julia Cibrián por su artículo publicado en el diario Nueva Rioja en 1974, a Miguel Ángel Rojo por su artículo de 1981 publicado en El Correo Español, y a Antxon Urrusolo por otro artículo del mismo diario publicado en 1986. Sin ellos, probablemente no habría llegado a saber nada de la persona que estaba detrás de Fred Hercey.